¿RECONOZCO
A JESÚS COMO MI SALVADOR?
“Sólo
en Jesús hay salvación, porque Dios no nos ha dado a conocer el nombre de ningún
otro en el mundo por el cual podamos ser salvados” (Hch 4, 12)
Y
sin embargo, aunque hace mucho que Jesús nació en Belén y murió en la cruz,
es posible que para ti no haya llegado el Salvador. Porque Jesús no llega a ti
sino el día en que, de una manera consciente, adulta, sincera y definitiva, lo
aceptas en tu vida como tu Salvador personal.
Esto implica un encuentro verdadero, por medio de la fe, con la persona misma de Jesús resucitado, porque la salvación brota de Jesús mismo, como de su fuente única. Dice san Lucas que "Salía de Jesús una fuerza que sanaba a todos" (Lc 6, 19) Y los enfermos acudían a tocarlo y quedaban sanos. Ahora bien Jesús "esta con nosotros hasta el fin de los siglos" según su promesa. (Mt 28, 20). Y es indispensable que, por medio de la fe, lo encuentres, y lo toques, y te quedes a vivir con El. Porque Jesús no dijo: les voy a enseñar un camino, sino "Yo soy el camino". No dijo: les voy a enseñar unas verdades, sino "Yo soy la verdad". Y dijo también: "Yo soy la vida”, "Yo soy la luz del mundo', "Yo soy la puerta del redil", "Yo soy la vid cuyas ramas son ustedes", "Yo soy la resurrección". Y dijo: "Sin Mi, nada pueden hacer ustedes" (Jn 14,ó 15,1).
Esto
quiere decir que aunque aceptes una doctrina, y pertenezcas a una iglesia, y
cumplas unas practicas religiosas, y recibas unos sacramentos, si Cristo mismo
no esta contigo y vive en ti, no encontraras salvación alguna. Claramente lo
afirma san Juan: "El
que tiene al Hijo, tiene la vida. El que no tiene al Hijo, no tiene la
vida" (1 Jn 5, 11). Puede suceder que sepas mucho de religión, y
hasta des clases de teología, y no tengas al Hijo». Una cosa es saber mucho de
religión, y otra cosa es vivir con Jesús. Una cosa es estar bautizado y
catequizado, y otra cosa es hacer de Jesús el centro de tu vida, el motivo de
tu esperanza y el imán definitivo de tu corazón.
El
Nuevo Testamento abunda en testimonios que nos hacen comprender como solamente
el encuentro directo con Cristo en persona produce la salvación:
Saulo
se dirigió a Tarso para encarcelar cristianos. Por el camino, una fuerza
invisible lo derriba, y ve a Jesús lleno de gloria y majestad.
-
¿Quién eres?
-
¡Soy Jesús de Nazaret a quien estás persiguiendo!
-
¿Que quieres que haga, Señor?...
Y
este encuentro con Jesús mismo cambia en un momento el corazón de Saulo, y de
perseguidor se convierte en discípulo y luego en apóstol. Nada ni nadie
hubiera sido capaz de cambiar a ese judío fariseo, celoso y tenaz como pocos.
Nadie más que Jesús en persona. Y lo mismo sucede contigo.
Zaqueo
tiene ganas de ver a Jesús, que va a llegar a Jericó. Allí vive Zaqueo,
dedicado a cobrar el impuesto para los dominadores romanos. Es un traidor a su
patria, roba a sus propios hermanos, nada le importa sino enriquecerse. Todos lo
odian: ¡Es un publicano!
Ya
viene Jesús, pero Zaqueo es muy bajito, y no alcanza a verlo por el gentío, así
que se adelanta y se sube a un árbol que esta en la calle por donde Jesús ha
de pasar. El Señor llega ahí. Se detiene, busca a Zaqueo entre las ramas y le
dice sonriendo: "¡Eh Zaqueo, baja
de ahí que ahora mismo voy a tu casa! Y Zaqueo siente una simpatía
enorme por aquel profeta que sabe su nombre, y le ha mostrado amistad y
confianza. Recibe a Jesús con alegría, y a media comida, se pone de pie y le
dice a Jesús delante de todos:
“¡Te prometo que les daré a los pobres la mitad de lo que tengo, y a los que les he robado les devolveré cuatro veces más!”
Jesús
le responde:
“Hoy llegó la salvación a tu casa. Ahora eres un verdadero hijo de Abraham.”
Nadie
hubiera podido cambiar a Zaqueo, ese judío ambicioso, cínico, y lleno de
rencor contra todos. Nadie sino Jesús en persona. Pues lo mismo sucede contigo
y con todos los hombres. Sólo un encuentro con Jesús transformó el corazón
de la Magdalena, de Mateo, de la mujer adúltera. Cambió sus vidas y fue el
origen de su salvación.
Lo
mismo tiene que sucederte a ti, hombre del siglo veintiuno. Porque Jesús no es
una quimera, sino una gloriosa realidad. A partir de su glorificación, Jesús
resucitado superó los límites del tiempo y del espacio para ser el Salvador de
todos, en todas partes y en todos los tiempos. Por eso ahora tú puedes tener un
trato personal y un constante dialogo con Cristo mismo. El te asegura que si lo
amas:
"....vendrá
a ti, hará en ti su habitación permanente" (Jn
14,23)
Hace
mucho que Jesús quiere tener ese encuentro definitivo contigo. Sólo falta que
tú aceptes.
"He
aquí que estoy a la puerta y llamo, dice el Señor, si alguno escucha mi voz y
me abre su puerta, entraré en su casa, y cenaré con él, y
él conmigo"
(Ap 3, 20)
¿Qué
piensas sinceramente? ¿Es Jesús tu Salvador?
Extractada
del libro “¡Buenas Noticias!” de Ricardo
Zimbron Levy, M. Sp. S. Editorial “La
Cruz”, México 1994.