LA REALEZA DE CRISTO

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¡Mirad cómo viene entre las nubes! Todos lo verán,
incluso quienes lo traspasaron, y las razas todas de la tierra
tendrán que lamentarse por su causa.
Así será. Amén.

«Yo soy el alfa y el omega - dice el Señor Dios - el que Es,
el que Era y el que está a punto de llegar, el Todopoderoso».

Apocalipsis 1,7-8

Estos versículos, tomados del prólogo del Apocalipsis, presentan la realeza de Jesucristo como la realeza del Hijo del hombre («viene entre las nubes»). En cuanto Resucitado, es arquetipo de una nueva estirpe destinada a la vida eterna. Por último, es «soberano de los reyes de la tierra», porque ha venido a traer a la tierra el Reino de Dios al que todos estarán sometidos al final.

El Hijo del hombre, Jesús, es el crucificado, «traspasado» por la incredulidad y por la violencia de muchos. Y precisamente de este modo ha manifestado su amor por nosotros y nos ha liberado de los pecados, dándonos la posibilidad de que se cumpla la antigua promesa:

«Si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa» (Ex 19,6).

Cuando llegue la hora siempre inminente de su venida gloriosa, hasta los que le han rechazado deberán reconocerle y comprender el mal que han cometido. Ahora bien, los que desde ahora acogen el señorío de Cristo en su vida participan de su función real y sacerdotal. De este modo entran en comunión con Dios, principio y fin de todo lo que existe, origen eterno del tiempo, que, sin embargo, viene a la historia para asumir la fatiga de todas las criaturas y llevarlas con el poder del amor a la libertad y a la salvación.

En aquel tiempo,  dijo Pilato a Jesús:
- ¿Eres tú el rey de los judíos?
« Jesús le contestó:
- ¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí? 
Pilato replicó:
-¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y los jefes de los sacerdotes los que te han entregado a mí.
¿Qué es lo que has hecho?
Jesús le explicó:
- Mi Reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo cayese en manos de los judíos. Pero no, mi Reino no es de este mundo.
Pilato insistió:
- Entonces, ¿eres rey?
Jesús le respondió:
- Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso nací y para eso vine al inundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz.
Juan 18,33b-37

El relato del proceso de Jesús ante Pilato tiene un gran relieve en el evangelio de Juan. La reflexión sobre el tema de la realeza está presente en todo el episodio, incluso en la declaración de Pilato: «¡Aquí tenéis a vuestro rey!». Ahora bien, la «pretensión» de ser Hijo de Dios es demasiado elevada para los judíos; ellos prefieren que este Mesías sea crucificado, y, obrando de este modo, reniegan de la historia de Israel y de sus mismas expectativas: «No tenemos otro rey que el César».

Esta selección del Evangelio de Juan, representa el centro teológico de su relato. Se confrontan aquí conceptos muy diferentes de realeza: Pilato tenía el concepto político-militar que se podía hacer un romano, pero aparece también el teocrático y a la vez político de los judíos; sin embargo, la realeza de Jesús pertenece a otra esfera: «no es de este mundo»; más aún, puede dejarse aplastar por éste y resultar, de todos modos, vencedora.

Jesús es verdaderamente rey, pero no «de aquí abajo». Ha venido a este mundo a traer su Reino sobrenatural sin imponer su absoluta superioridad, asumiendo nuestra condición («para eso nací y para eso vine al mundo») para iluminarla con la luz de la verdad y hacer al hombre capaz de elegir el Reino de Dios.

La venida de Cristo obra, por consiguiente, una discriminación entre los que acogen su testimonio y los que lo rechazan. Es un testimonio verdadero sobre Dios - cuyo rostro revela Jesús en sí mismo - y, al mismo tiempo, sobre el hombre, tal como es según el designio del Padre; acogerlo significa entrar ya desde ahora en su Reino. En cambio, el que lo rechaza se somete al príncipe de este mundo, pues no es posible mantenerse en un escepticismo neutral, como intenta hacer Pilato.

Quien reconoce a Jesús como rey, no se preocupa de triunfar en este mundo, sino más bien de escuchar la voz de su Señor y de seguirle, para extender aquí abajo su Reino de verdad y de amor.

Inspirado en la meditación propuesta en la Lectio Divina, Vol. 14 de Editorial Verbo Divino, Pamplona 2004