¿Qué significa esperar a Dios?
Lo que los evangelistas nos dicen de la venida de Cristo, se puede decir también en relación con las venidas de Dios. «Entonces, si alguno os dice: "Mirad, el Cristo está aquí o allí, no lo creáis...". Si os dicen: "Está en el desierto", no salgáis; "está en los aposentos", no lo creáis...» (Mt 24,23.26). Dios no viene por algún lugar concreto o en un momento puntual de nuestro calendario. Nos ayudamos del tiempo y del espacio para esperar a Dios, pero hemos de trascender el tiempo y el espacio.
Esperar a Dios significa, sobre todo, esperar que se nos revele o que le
descubramos allí donde está, que tomemos conciencia de su auto-revelación y de
su presencia. Dios llega siempre antes que nosotros; cuando llegamos, Él ya ha
venido; se nos ha adelantado.
Pero, si no tomamos conciencia de su presencia, nuestra esperanza no estará sustentada sobre la fe, y entonces será falsa o ilusoria. Esperar a Dios es ir descubriendo su forma de estar presente y de actuar en nuestra historia.
Esperar a Dios significa también aguardar siempre nuevas intervenciones salvíficas suyas en nuestra historia. No es fácil hoy descubrir intervenciones salvíficas en medio de tantos signos en contra. Pero no es imposible. La luz de la fe y el instinto de la esperanza deben conducirnos en esta espera de Dios y de sus intervenciones en nuestra historia.
Esperar nuevas intervenciones salvíficas de Dios en nuestra historia no equivale a andar siempre buscando milagros como sucede hoy con tanta frecuencia dentro y fuera de las Iglesias. En nuestro tiempo se está multiplicando por todas partes, y en casi todos los ambientes, la afición a los milagros.
Se dice que la esperanza humana es una virtud tozuda; la esperanza cristiana, también, pero menos, porque tiene la garantía de la promesa.
Esperar a Dios,
significa esperar con confianza y responsabilidad que Dios acontecerá, que
seguirá actuando en el futuro, que intervendrá para hacer justicia a las
víctimas del pasado y del presente, para que la verdad y la justicia vayan
triunfando en esta historia humana. Porque una de las convicciones a la que la
esperanza cristiana no puede renunciar es a esa convicción de que, al final, el
verdugo no triunfará sobre la víctima; que, al final, se hará justicia a todas
las víctimas del pasado, del presente y del futuro.
Esperar a Dios significa, en cierto sentido, esperar siempre un Dios Otro, distinto, mayor... Esta novedad constante de Dios forma parte de la esperanza cristiana. Esta siempre aguarda la revelación de un Dios Otro, distinto, mayor que todas las pequeñas imágenes que de Él nos hemos formado. Por eso, esperar a Dios significa sobre todo abrirse a lo nuevo y a lo sorprendente, a un Dios radicalmente nuevo y distinto de nuestras imágenes convencionales de Dios.
Este es un Dios que lo vuelve todo del revés. Para Él se trata siempre de nuevas revelaciones. Para nosotros, se trata de unos descubrimientos siempre nuevos del verdadero Dios, pero, sobre todo, se trata de la conversión. Esperar a Dios significa convertirse. En caso contrario decir Dios es decir «más de lo mismo», esperar que todo siga igual, que nada cambie en nuestra historia y en la historia de nuestros hermanos y hermanas. Convertirse es abrirse a un nuevo horizonte, a un futuro de posibilidades, a una nueva forma de vivir con plenitud de sabor y de sentido.
Les propongo meditar sobre si ¿No damos nosotros, los cristianos, al mundo el lamentable espectáculo de unos hombres (y mujeres) que ciertamente hablan de esperanza, pero que en realidad no esperan ya nada?
Es una pregunta inquietante, porque pone en cuestión la calidad y la intensidad de nuestra esperanza en Dios. Si no se espera a Dios, nada importante puede suceder para la comunidad cristiana. Por el contrario, cuando se espera a Dios sucede como cuando se espera al «amor de la vida» y se le descubre a golpe de enamoramiento: ante tamaño descubrimiento, nada pierde valor pero todo pasa a segundo plano,.... o mas bien, todo adquiere su dimensión exacta.
Basado en el libro “Espiritualidad en la sociedad laica” de Felicísimo Martínez Díez, editado por San Pablo, Madrid 2009.