Presentación del Niño Jesús

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Esta celebración, a la que sería más propio llamar «fiesta del encuentro» (del griego Hypapánte), se desarrollaba ya en Jerusalén en el siglo IV. Con Justiniano, en el año 534, se volvió obligatoria en Constantinopla, y con el papa Sergio I, de origen oriental, también en Occidente, con una procesión a la basílica de Santa María la Mayor que se celebraba en Roma. La bendición de las candelas (de donde proviene la denominación de «candelaria») se remonta al siglo X.

Podemos considerar la fiesta de la Presentación del Niño Jesús, como un puente entre la Navidad y la Pascua.

En ella, la Madre de Dios se constituye en el vínculo de unión entre dos acontecimientos de la salvación, tanto por las palabras de Simeón como por el gesto de ofrenda del Hijo, símbolo y profecía de su sacerdocio de amor y de dolor en el Gólgota.

Esta fiesta mantiene en Oriente la riqueza bíblica del título «encuentro»:

En un sentido simbólico y en una dimensión escatológica «encuentro» significa asimismo el abrazo de Dios con la humanidad y la Iglesia (Ana y Simeón). Simboliza también a la Jerusalén celestial (el templo)

En efecto, el templo y la Jerusalén antigua, ya han pasado cuando el Rey divino entra en su casa en los brazos de María, verdadera PUERTA DEL CIELO que introduce a Aquel que es el cielo, en el tiempo nuevo y espiritual de la humanidad redimida.

A través de ella, es como Simeón, experto y temeroso testigo de las divinas promesas y de las expectativas humanas, saluda en aquel Recién nacido la salvación de todos los pueblos y tiene entre sus brazos la «luz para iluminar a las naciones» y la «gloria de su pueblo, Israel».

Basado en una meditación propuesta en la LECTIO DIVINA, volumen 16, “Propio de los Santos I”, Editorial Verbo Divino, Navarra 2004