PROCLAMACIÓN DE LA SAGRADA ESCRITURA

Todo cuanto se pueda decir acerca de la Sagrada Escritura está ordenado a un mayor conocimiento de ella, de modo que todos los fieles se alimenten del «pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios», descubran en sus libros cómo «el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos», y tengan la experiencia interna del «grande poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual».

La exégesis, la interpretación y todo el trabajo y esfuerzo de los biblístas encuentran su culminación cuando cada cristiano se enfrenta personalmente con la Escritura como Palabra de Dios, ahonda en ella, de ella se alimenta y en ella se apoya para orientar su vida. Sin esta conclusión esto no pasaría de ser un entretenimiento intelectual, todo lo digno e interesante que se quiera, pero sin mayores consecuencias para la vida de los hombres, de los creyentes y de la comunidad. cristiana.

La Iglesia ha manifestado constantemente, aunque de muy diversos modos y con distintos acentos, su veneración de la Sagrada Escritura, sobre todo en la liturgia.

La constitución Dei Verbum, en su último capitulo, subraya como una de las finalidades del estudio e investigación de la Biblia, precisamente el multiplicar «los ministros de la Palabra capaces de ofrecer al pueblo de Dios el alimento de la Escritura». De aquí el interés manifestado en la misma constitución por el ministerio de la palabra, que se ejerce de un modo relevante cuando los ministros comunican «a sus fieles, sobre todo en los actos litúrgicos, las riquezas de la Palabra de Dios». De aquí también que, al recomendar a todos los cristianos la lectura de la Biblia y su conocimiento, se acentué como lugar propio para ello, entre todos, la liturgia, «tan llena del lenguaje de Dios». Estos datos nos invitan a reflexionar brevemente sobre el puesto y la importancia de la Escritura en la liturgia'.

Se inicia esta reflexión a partir de la misma naturaleza de la Escritura. Se está acostumbrado a considerarla como un libro o un conjunto de escritos que están ahí para ser leídos. Sin embargo, la Biblia es algo más. Muchos de los textos que actualmente ocupan un lugar en la Escritura han sido antes pasajes recitados en una liturgia, durante una fiesta. Son textos para ser proclamados.

La proclamación supone un recitado en voz alta (a veces con cántico, como sucede con los salmos) en el contexto de una asamblea, la mayor parte de las veces litúrgica. Así han llegado hasta nosotros los textos sobre las grandes tradiciones de Israel, como el éxodo, la alianza, los patriarcas; rememorando y haciendo presente en la asamblea litúrgica de Israel, los grandes acontecimientos del pasado, implicando en ellos la vida de los oyentes.

Algo parecido sucede con no pocos pasajes del Nuevo Testamento, en los que aun es posible escuchar el eco de la liturgia (p. ej., los relatos de la última cena) o de la proclamación kerigmática del evangelio (p. ej., los discursos misioneros de Hechos de los Apóstoles, algunas fórmulas de las cartas paulinas). Incluso aquellos textos que no han nacido de la liturgia o de la predicación oral (como los escritos sapienciales o las cartas paulinas), han llegado hasta nosotros en gran parte porque fueron asumidos por la liturgia sinagogal o cristiana.

Sin embargo, cabe recordar que hasta la invención de la imprenta, e incluso muchos siglos después, el judío o el cristiano conocían la Biblia sobre todo mediante su recitado oral, pues era prácticamente imposible para la gran mayoría poseer todo el inmenso conjunto de manuscritos, rollos o códices, que materialmente constituían el libro santo. Incluso boy, muchos cristianos conocen la Escritura solo por su proclamación en la liturgia.

Todo ello llevaría a deducir que la Escritura es un libro, principalmente, para ser proclamado. Es en el acto de la proclamación que se hace en medio de la asamblea cuando la Palabra bíblica se manifiesta como Palabra dialogal, un «Tu» que se dirige al «nosotros»- que la escucha y la acoge como palabra viva, interpelante y creadora. Especialmente para los cristianos, este rasgo «oral» de la Escritura tiene particular importancia. El cristianismo, en efecto, no es una religión del libro, como puede ser el Islam, para el que el Corán se identifica con la revelación de Dios.

El cristianismo es religión de la Palabra viva, proclamada aquí y ahora, en la cual «el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos, para conversar con ellos». Y es precisamente en la liturgia donde «Dios habla a su pueblo, Cristo sigue anunciando el evangelio, y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración».

Todo esto, ayuda a comprender mejor que la liturgia sea el ámbito más apropiado para la proclamación y la interpretación de la Escritura. Es el ámbito natural a la Escritura, pues en él ha nacido, o ha adquirido al menos, su ser de Escritura. Además, la palabra de la Escritura, cuando se proclama, convoca y reúne a la Iglesia, pues los apóstoles «predicaron el Evangelio, suscitaron la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaron la Iglesia»  Y, como entonces los apóstoles, los obispos de hoy, sus sucesores, «predican la Palabra de la verdad y engendran las Iglesias».

Por lo demás, escuchar y comprender la Palabra para vivirla se da de un modo privilegiado en la asamblea litúrgica, porque Cristo resucitado y viviente «está presente de un modo especial en las asambleas litúrgicas», y «es Él quien habla, cuando en la Iglesia se lee la Escritura».

Todo lo dicho permite comprender la comparación que en el Concilio Vaticano II se maneja sobre la Escritura, señalando que cuando se proclama y escucha en la liturgia, como pan que da vida y alimento, tiene un estricto paralelo con la mesa eucarística, o sea, se convierte sustancia nuestra, que es devuelta en oración y cánticos, teñidos a su vez de sabor bíblico. La expresión culminante de esta oración bíblica es la recitación de los salmos en la liturgia de las horas, pero se alarga incluso a otros textos oracionales litúrgicos y a los mismos himnos y cánticos empleados en la celebración, cuya fuente original y primera de inspiración ha de ser también la Sagrada Escritura.

Consecuencia de todo ello fueron las lecturas bíblicas más abundantes, introducidas en la liturgia después del Vaticano II. Y, desde el punto de vista práctico, debe llevar a cuidar al máximo la forma de proclamar la Escritura en la liturgia, tratando de que sea digna y comprensible, e incluso a procurarse que el aspecto externo de los leccionarios litúrgicos reflejen la dignidad y el aprecio que la Iglesia tiene a la Escritura proclamada.

En estrecha conexión con la proclamación bíblica de la Escritura está la homilía, que es parte de la acción litúrgica, y cuyas fuentes principales han de ser la Escritura y la liturgia, la cual en si misma es también una proclamación y ha de tener un puesto privilegiado en la predicación de la Palabra.

La homilía, que tiene su lenguaje característico de tipo conversacional (homilein significa conversar), posee así mismo su naturaleza propia. En el relato lucano de la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16-30) encontramos el modelo básico de lo que es una homilía: en el ámbito de una celebración litúrgica se proclama la Palabra de Dios (aquí Isaías 61, 1-2) y se hace una interpretación actualizada de ella, de modo que se descubra como lo proclamado acontece «hoy» en la asamblea. No se trata, pues, de una exégesis científica, aunque esto no esta de mas en un momento previo; tampoco es un sermón ilustrado con citas bíblicas del pasaje o pasajes leídos. Se trata básicamente de penetrar la sustancia bíblica del texto en profunda sintonía con el conjunto de la Escritura y su lenguaje, descubriendo como »»en los libros sagrados el Padre que esta en el cielo viene con amor al encuentro de sus hijos y a conversar con ellos».

Ahora bien, un dialogo se realiza con personas a las que se conoce; de aquí que la homilía exija conocimiento de aquellos a quienes se dirige, de sus problemas y necesidades, para poder ofrecerles la Palabra proclamada en su concreta actualidad, en su «hoy» iluminador e interpelante. Se requiere, por tanto, una interpretación concreta, cercana al auditorio, actualizadora de la Palabra de la Escritura que se ha de proclamar.

Si quisiéramos sintetizar las condiciones de la homilía como interpretación de la Escritura, podríamos decir:

En resumen, la homilía es un modo especifico de interpretar la Escritura actualizándola y haciéndola llegar a los oídos y a los corazones de los fieles, en el ámbito celebrativo de la Iglesia y, por tanto, bajo la acción privilegiada del Espíritu, que manifiesta de modo especial la eficacia de la Palabra de Dios, conduciendo a los creyentes, tanto en su persona, como en su actuación colectiva, a la conversión y salvación integrales.

Desarrollo inspirado en el libro “Biblia y Palabra de Dios” de Antonio M. Artola y José Manuel Sánchez Caro, dentro de la Colección “Introducción al Estudio de la Biblia” de Editorial Verbo Divino, Navarra, España 1995.

 

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