«En
el alba del nuevo milenio vislumbramos con alegría la presencia
de ese "perfil mariano" de la Iglesia, que sintetiza el contenido más profundo de la renovación conciliar». Con estas palabras Juan Pablo
II subrayó la importancia y la actualidad de la dimensión mariana
de la Iglesia, que constituye uno de los "signos de nuestro tiempo".
El
principio
mariano, es un aspecto de la vida eclesial que continúa y actualiza
el «sí» de María a Dios, y que se manifiesta sobre todo en la santidad del amor y en la vida evangélica del creyente. Se trata de una
dimensión que, al lado del principio «petrino» como fuerza que unifica,
está presente desde siempre en la Iglesia.
Es
verdad que de modo particular el pontificado de Juan Pablo II, ha contribuido
notablemente a la aparición del perfil mariano
de la Iglesia.
En
efecto, la figura y el papel de María están constantemente presentes
en la enseñanza y en la doctrina de Juan Pablo II, como para
poner de manifiesto hasta que punto el perfil mariano es parte integrante
del carisma de Pedro, mas aún, hasta que punto lo precede.
No por casualidad ha puesto a María al frente de todas las acciones
de su pontificado dedicándole el escudo pontificio con el lema «Totus
tuus».
Es
significativa la alocución dirigida por el Papa, en 1987,
a los cardenales y a los prelados de la Curia Romana, en la que les
dice: «María precede a todos los demás y, obviamente, al mismo Pedro y a
los apóstoles (...).
Como
bien ha dicho un teólogo contemporáneo, "María
es reina
de los apóstoles, sin
pretender para sí los poderes apostólicos.
Ella tiene algo distinto y superior" (...).
La
Iglesia vive de
este auténtico "perfil mariano", de esta "dimensión
mariana" (...).
El
vínculo (entre el perfil mariano y el petrino) es estrecho, profundo
y complementario, aunque el primero (el mariano) es anterior (al petrino)
tanto en el designio de Dios cuanto en el tiempo; y es más alto
y preeminente, más rico en implicaciones personales y comunitarias».
Partiendo
del evangelio, algunos teólogos hacen notar que Jesús, en su vida,
se rodeo de una «constelación» humana compuesta por María, por
Pedro, por los apóstoles, por las hermanas de Betania, etc. Todos representan
las distintas misiones de la Iglesia, que se perpetúan en su
camino histórico, ya que «Cristo Resucitado, que quiere estar presente
en su Iglesia todos los días hasta el fin de los tiempos, no puede ser
aislado de la "constelación" de su vida histórica».
El
cometido, la
función
de cada una de estas personas es fundante tanto en la edificación
como en la ampliación de la Iglesia. Pedro, por ejemplo, representa
el «ministerio», Juan el «amor», Pablo la «novedad» y la libertad
en el Espíritu, Santiago la «tradición» y la fidelidad a la misma.
El
papel de María, su dimensión eclesial, no está
junto a las otras, sino que las abarca a todas, es omnicomprensiva.
María es prototipo de la Iglesia, modelo suyo, desde el comienzo de
su misión, es decir, desde el acontecimiento de la encarnación, en la
que, con su «fiat»,
no
solo recibe de Dios la maternidad respecto a su
Hijo, sino también respecto a toda su obra.
Recorriendo
una a una las etapas de la vida de Maria, se evidencia
el alcance eclesial de esta incondicional disponibilidad
suya a todo nuevo requerimiento de Dios.
En
su «sí» María se convierte en la forma plasmadora de la Iglesia,
en lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Su «sí» no es solo una
respuesta individual, sino que contiene una dimensión colectiva de
apertura por parte de todo el género humano en relación con Dios.
Por
consiguiente, la misión personal de María se extiende a toda la
Iglesia y abarca todas las misiones eclesiales. Es Ella el punto de encuentro
entre las distintas dimensiones de la Iglesia. En esta óptica
se comprende en qué sentido hay una «inhabitación» mutua de María en la
Iglesia y de la Iglesia en María.
La
unidad de la Iglesia se funda en la misión de María y en la misión de Pedro,
que se prolongan a lo largo de la historia. Esta interrelación hunde sus raíces
en la comunión trinitaria de Dios. La Iglesia, que tiene por modelo a la
Trinidad, se realiza en torno a María y a Pedro.
El
principio petrino representa su «santidad objetiva» (el aspecto jerárquico,
institucional); el principio mariano, su «santidad subjetiva» (es decir, el
aspecto carismático). Ambos son coextensivos con la Iglesia, ambos tienen un único
punto de convergencia en el Espíritu Santo, y se mueven en la reciprocidad, el
uno hacia el otro, para ser la única Iglesia de Cristo. «En el reino del amor
reciproco que es la Iglesia -dice el teólogo von Baltasar- todo está en
constante movimiento entre estos dos principios».
Sin
embargo, el principio mariano antecede al petrino: por ser, como hemos visto,
omnicomprensivo de los otros cuatro principios eclesiales, el ministerio, el
amor, la tradición, la novedad, garantiza la unidad entre todos.
Si
quisiéramos expresarlo con una imagen, tendríamos que pensar en un círculo
que rodea y abarca a todos los demás.
Son numerosas las resonancias que tiene en la vida de la Iglesia la función de María así comprendida: Ella es el modelo para la vida del cristiano; es el prototipo que puede contemplar la mujer para encontrar el lugar que le corresponde en la Iglesia; es el «estilo» de los movimientos eclesiales, que desempeñan su misma función de cohesión, mostrando la unidad en la vida de la Iglesia.
María
es, además, el camino que conduce al ecumenismo y al dialogo interreligioso, es
la que puede hacer que el cristianismo supere el riesgo imperceptible de
volverse inhumano y que la Iglesia supere el riesgo de volverse funcionalista,
sin alma.
Para
concluir, únicamente menciono que las ideas básicas citadas en el presente artículo,
fueron extraídas del libro “El
principio mariano en la eclesiología de Hans von Baltasar”,
estudio cuyo autor es el sacerdote irlandés Brendan
Leahy, en el que presenta sugerencias
para de reflexión sobre este principio en la vida de la Iglesia, y pretende
abrir nuevos horizontes a una eclesiología, que encuentra en María su rostro más
auténtico.