UNA PRIMERA REFLEXIÓN sobre
las
Afecciones desordenadas
Nos dice san Ignacio de Loyola en la primera anotación de su libro de Ejercicios Espirituales (EE):
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«…que por este nombre, ejercicios espirituales, se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras espirituales operaciones, según que adelante se dirá. Porque así como el pasear, caminar y correr son ejercicios corporales, por la misma manera, todo modo de preparar y disponer el ánima para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima, se llaman ejercicios espirituales.» |
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Nos concentraremos en este artículo, en lo que el santo de Loyola denomina afecciones desordenadas.
En san Ignacio, el «orden» afecta a la totalidad de la persona humana; el objeto
y la materia del orden es todo lo relacionado con el hombre: desde lo
más externo como el vestido o los bienes, la casa y familia, hasta lo más
interior, como sus intenciones y acciones, pasando por el propio oficio y el
modo de vivir o estado. Es decir, la persona humana y todo lo que constituye su
circunstancia.
Lo que caracteriza al «orden» es su referencia al fin del hombre, que es «sólo el servicio y alabanza de Dios nuestro Señor y salud eterna de “su” ánima». Por eso, la norma perfecta que es el fin señalado por Dios al hombre y a las criaturas, será el criterio del orden y del desorden. Leemos en el Principio y Fundamento (Anotación 23 de los EE).
«El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados.»
De acuerdo a lo anterior, resulta «desordenada» para una persona, cualquier cosa que no se pueda relacionar con su último fin. Esta referencia al fin del hombre es, por consiguiente, el criterio de interpretación y de discernimiento del desorden. En la práctica, la condición de toda actuación ordenada será la rectitud y pureza de intención, que por eso es preámbulo de toda elección:
Esta norma del orden que es el fin, se concretará en la persona y ejemplo de
Jesucristo, a quien toda persona ordenada deseará «parecer e imitar en alguna
manera». Si el orden se refiere a un fin, en lo concreto de la existencia esto
se traduce en la indiferencia en los medios: el principio práctico del orden es
el uso de las criaturas «tanto [...] cuanto le ayudan para su fin».
La indiferencia alcanza el uso de todo (criaturas y cosas) y afecta a todos los estados cristianos de vida. Así por ejemplo san Ignacio termina una carta a su hermano Martín, señor del mayorazgo de Loyola, rogando para que «todo se ordene en su santo servicio y continua alabanza», después de recordarle el sentido de sus riquezas: a saber, ganar con ellas las cosas eternas.
La indiferencia es una actitud que se pide a toda clase de personas, de modo que la gloria divina sea el único fin que las mueva en todas sus cosas.
Tal es el concepto de «orden»; y, consiguientemente, el «desorden» se puede entender como algo que impide aquel proyecto ideal. La disposición en la voluntad como indiferencia o libertad es el supuesto del principio práctico del orden (tanto- cuanto) para alcanzar el fin del hombre señalado en el Principio y Fundamento; las afecciones desordenadas impiden esta disposición de la voluntad humana para buscar con intención pura y recta la de Dios.
El
propósito de los Ejercicios Espirituales, en una primera parte es el «vencerse a
sí mismo», haciendo que «la sensualidad obedezca a la razón». La segunda parte
es ordenar la vida sin dejarse controlar por las afecciones desordenadas, de
modo que la condición necesaria para discernir y elegir es quitarlas. Esta lucha
tiene en los Ejercicios su vocabulario específico, y la terminología referida a
la afección habla, por ejemplo, de «lanzar de sí», «vencer» en una lucha que
constituye un proceso: comienza por los pecados o faltas deliberadas y sigue por
los semideliberados; continúa con la ordenación de las motivaciones
(intenciones), que acaban afectando a la propia vida como orientación
existencial (elección de estado o reforma); y se mantiene siempre como deseo de
hacer lo más grato a Dios.
Resumiendo, podríamos entender que en san Ignacio el concepto del «orden» afecta a todos los niveles de la persona humana: desde lo fisiológico y lo social hasta lo racional-espiritual. La norma última de la ordenación de la propia vida es el fin autotrascendente de todo hombre; el cual es un fin universal (válido en cualquier cultura y tiempo).
Pero esa ordenación no se puede hacer sin un esfuerzo, una lucha, que supone
dentro del hombre mismo una tensión continua tanto durante el tiempo que realiza
Ejercicios Espirituales, como fuera de ellos, hasta que alcance plenamente el
fin para el que es criado.
El concepto de afección es clave para la inteligencia de los Ejercicios. Según San Ignacio «Afección es el amor más o menos que se tiene a una cosa o persona, el cual mueve a quien lo tiene y le hace elegir la tal cosa o favorecer a la tal persona con preferencia a otras». Es un amor particular, interés, o inclinación hacia una persona o cosa y que puede llevar a enamorarse de la persona, a elegirla, a hacerla el centro de los propios sentimientos.
En un análisis de la afección, se aprecian dos elementos en la misma: el primero es el amor, estado afectivo más o menos intenso, que san Ignacio explica como «amor más o menos que tiene a la cosa», o «estar aficionado» a una persona: «es el amor que se ha prendido de una persona, objeto o acto, por la complacencia que encuentra en su bondad, verdad o belleza, o porque es fuente de otras satisfacciones, de gusto, de bienestar, o porque es medio de llegar a sentirlos, o finalmente porque nos trae otros provechos».
En este amor hay grados («más o menos») y tipos: san Ignacio habla no sólo de amor e inclinación hacia un objeto cualquiera, sino también de repugnancia en la voluntad, de aborrecimiento.
El segundo elemento de la afección es la moción que impulsa la voluntad «a elegir o resolverse en favor de la persona, o a querer alcanzar la cosa, o a quedarse con ella».
El deseo es la concreción del afecto en la voluntad. Su fuerza es grande; por eso la ordenación del deseo por parte de Dios es «el punto culminante, el fruto de la maduración» realizada en los Ejercicios.
Podría existir confusión en la consideración del objeto de la afección o deseo, la cosa a la que se tiende y se está aficionado. Hay un objeto directo, que en definitiva lo constituye la propia persona; pero a ese objeto se le añaden muchos objetos indirectos como en constelación: en el caso anterior, los objetos indirectos serán «la vida, la honra, la salud, las riquezas», y sus contrarios «la muerte, la enfermedad, la deshonra, la pobreza» que el hombre entiende en relación a su propia felicidad.
La palabra «afecto» es usada también en los Ejercicios en sentido de afección, de sentimiento, o también de disposición de la voluntad. La palabra «moción» también se puede presentar como una moción sensual o racional; esta palabra indica más directamente la fuerza motivante, la atracción, el impulso que puede impedir una elección recta o inclinar una deliberación. Un tema aparte en el que no profundizaremos, pero que puede ampliar lo referente a las mociones lo constituyen lo relativo a la «consolación» y la «desolación».
Por otro lado, Ignacio sabe que la afección implícita en todo deseo es una barrera que se interpone entre el entendimiento y la realidad, y hace que muchas veces no se perciban los males que procedan de lo que se apetece desordenadamente.
Si puede ser engañosa, tanto más lo será cuanto más ignorante sea el sujeto de la existencia de tal afección. El primer elemento de la afección «es el apegamiento del corazón, que nace escondidamente y muchas veces sin darnos cuenta, allí donde hemos experimentado gusto...» y puede ejercer el influjo indicado sobre las potencias (memoria, entendimiento y voluntad), aun de forma oculta o latente
Capitulando,
en
este apartado sobre la afección, vemos que para san Ignacio el mundo
afectivo forma parte de la naturaleza del hombre, y como tal no es renunciable.
Lo que constituye objeto de renuncia es el uso desordenado de los afectos; por
lo cual no parecería preciso «quitar» estrictamente todos los elementos de la
afección. Y por lo que hace al criterio del desorden, parece también claro que
éste no viene dado inmediatamente por el objeto inmediato de la afección, sino
porque falta la referencia al fin del hombre; ya que objetos aparentemente
buenos o indiferentes pueden adherirse simbólicamente a significados últimos
desordenados.
Es este fin último el que está en juego en las decisiones existenciales de la vida, sean grandes como una opción de vida, o pequeñas como las que cada día está obligado a adoptar cualquier creyente.
La razón por la que este mundo afectivo influye tanto en la vida espiritual, y
en las opciones en que se va manifestando, es porque participa en el proceso de
la decisión humana, que puede verse influenciado por ese afecto desordenado.
Para concluir esta revisión del tema de las afecciones desordenadas, podemos en un sentido muy general, establecer que la afección desordenada es el amor (deseo, impulso) que mueve hacia un objeto cuando éste es pecaminoso (o el aborrecimiento de algo bueno en sí); o con mayor precisión, cuando el objeto es indiferente o incluso bueno, pero aleja a la persona de su fin existencial, o de los medios de que la disponen mejor para alcanzarlo.
Resumen preparado por el C. M. Alfonso Marín, basado en el libro “Afecciones desordenadas” de Luís María García Domínguez, de la colección Mensajero Sal Terrae, Bilbao.