EL PRIMER DÍA DE LA NUEVA SEMANA

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«El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro. Entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús»       (Lc 24, 1-3).

El primer día de la semana es la nueva semana, a primera hora. Hemos entrado en una nueva era. Se ha acabado la época de los sábados (de las leyes, los templos, las costumbres, los sacrificios... de este mundo viejo) y ha empezado el año de gracia que Jesús había venido a proclamar a los pobres, a los últimos, a los crucificados de este mundo (Lc. 4,19). Es el primer día de la Nueva Creación, de la Humanidad Nueva ya Imagen de Dios.

En este escenario, luminoso como nunca desde la creación del mundo, contrasta la tristeza infinita de unas mujeres. Ha cambiado el escenario, pero ellas no. Ellas son la representación de la humanidad vieja, sin esperanza. Van a ungir a un muerto. La historia de Jesús ha acabado definitivamente; tan sólo queda el consuelo de embalsamar un cadáver enterrado a toda prisa.

Acuden al sepulcro. Han perdido del todo la fe y la esperanza en Jesús y en su Reino. Pero les queda un gran amor. El sepulcro era el lugar adonde podían acudir para liberar el dolor provocado por la pérdida, como lo han hecho tantas madres y esposas... de muertos injustamente. Les espera una terrible sorpresa: ¿habrán decidido las autoridades sacar a Jesús del sepulcro y convertirlo en un «desaparecido»? Así lo han hecho con sus víctimas tantos dictadores de la historia. Los más negros nubarrones pasan por su mente: ¿habrá sido profanado?, ¿habrá desaparecido...? El imperialismo o la religión de Caifás han segado la posibilidad de cualesquiera «monumentos» ¿Qué han hecho con él?

En medio de aquella civilización «machista», las mujeres son el prototipo del discípulo que sabe seguir a fondo perdido. Es a ellas precisamente a quienes se podrá proclamar el anuncio de la resurrección y a quienes se podrá dar la misión de predicarlo. La mujer, en aquella cultura, es signo de debilidad; sólo a la debilidad de este mundo se anuncia el mensaje.

En el centro de cada uno de los tres relatos en los que Lucas describe el episodio de la Resurrección de Jesús (Sepulcro, Emaús, aparición a los discípulos) hay un mensaje que, con unas u otras palabras, nos dice: «era necesario que el Hijo del hombre fuese entregado en manos de los pecadores, que fuese crucificado y que resucitara al tercer día».

Es el «era necesario» que Lucas había puesto tres veces en labios de Jesús (9,22.44; 18,31-33). El predicador recuerda la lógica de Jesús, que rompe todas las expectativas de advenimiento del Reino por caminos de mesianismos gloriosos. Vuelven a sonar los acordes centrales de la enseñanza de Jesús.

También los tres relatos manifiestan la perplejidad del discípulo, el cual queda «descolocado», incapaz de ver (y hasta de creer) al Señor presente. Para entender, el discípulo se ve obligado a situarse en otra longitud de onda. El lector esperaría que en el sepulcro las mujeres «vieran», y lo único que ocurre es que son objeto de una «predicación». Que el discípulo no espere apariciones, pues se tratará más bien de desapariciones (como muestra el final de Emaús).

Incluso la aparición «oficial» a los discípulos es una mezcla de perplejidad, de creer y no creer... de reivindicación de un cuerpo material y de la aparición de un personaje que ya pertenece del todo al Mundo Nuevo.

Los tres relatos son otras tantas catequesis que recogen el largo itinerario hecho por las primeras comunidades para asimilar el escándalo de contemplar al Señor simultáneamente:

·     en el deshonor más total de la cruz;

·     sentado a la derecha del Padre, como Hijo de Dios y Señor de la Historia.

No tiene demasiado sentido preguntarnos si estas catequesis tuvieron lugar al pie de la letra. Cada uno de los involucrados en la misión de anunciar a Cristo tiene ante sí la «misión imposible» de explicar la absoluta novedad del Mundo Nuevo de Dios con palabras de nuestro viejo mundo.

La tradición que las fue configurando transmite, con todo, datos y detalles bien históricos y preciosos. Lo que es absolutamente histórico es que aquellos hombres y mujeres, contra toda previsión, se encontraron con el Misterio de Dios y experimentaron que Jesús estaba con ellos, ya no como en los días de Galilea, sino como Señor, plenamente presente entre ellos, a la vez que sentado a la derecha de Dios.

Inspirados en el libro “Los últimos y los primeros días de Jesús, el Señor” de Francesc Riera i Figueras, S. J. de la Colección Pastoral de Sal Terrae, Santander 2006.