DE «POLIZONES» EN LA BARCA DE SAN PEDRO
Desde mediados siglo pasado, surgió una nueva regulación social de los valores morales, que ya no se apoya en lo que constituía el punto central del ciclo anterior: el culto del deber. Esta situación refleja una realidad cada vez más evidente en nuestro medio, es innegable que en múltiples círculos se atestigua la aparición de creyentes que nos parecen inmersos en un mundo cuyos valores consideramos muy distintos a los nuestros, se trata de un nuevo paradigma cultural, que algunos llaman posmoderno.
No
obstante, antes de rasgarnos las vestiduras y quejarnos de la pérdida de
valores, es prudente aclarar que, vivir en este mundo posmoralista, no es vivir
en un mundo sin valores Ciertamente, se pretende un reacomodo de motivaciones y
actitudes frente a la tradición; pero no se está deshaciendo el pasado,
únicamente se le esté sacudiendo con fuerza.
Quede sentado que tanto el creyente tradicional como el posmoralista pretenden vivir en un mundo más deseable y más ético. Lo que sí resulta diametralmente distinto entre el periodo anterior, llamado moderno y el que se avizora, es el papel desempeñado por la ley y la moral en el ordenamiento social requerido para obtener ese mundo ideal.
Enfaticemos una característica del cambio cultural posmoderno: el cuestionamiento permanente a las instituciones. Mientras el mundo moderno pretendió fortalecer al Estado, robustecer instituciones, fomentar empresas estables y de arraigo comunitario; la posmodernidad pretende sacudirse la tutela de los grupos para que desde su enfoque, se dé prioridad a los intereses del individuo.
Por ende, aquellas sólidas estructuras que servían de referencia, están expuestas y sujetas al escrutinio de sus miembros. Algunos miembros de la iglesia se hacen preguntas o se cuestionan sobre el rumbo que parece haber tomado «la barca de Pedro». Llegan a los templos y a los ambientes eclesiales preguntas nacidas en ambientes democráticos y acostumbrados a la controversia, a la «seducción» de la moda o de la mercadotecnia más que a respuestas apologéticas. El testimonio personal invita más que los discursos grandilocuentes; el deseo de experimentarlo todo reta a las visiones tímidas... Muchos creyentes católicos han dejado que su mundo íntimo se empape de valores posmodernos.
Les parece evidente que, si optamos por una duda contra lo sistemático, contra lo colectivo, contra lo fríamente racional, habremos de encontrarnos también los códigos legales, sin importar si son del ámbito civil o eclesiástico. En el mundo posmoralista, las normas se transforman en sugerencias y los mandatos en acuerdos. Se rechaza todo aquello que no parezca útil o que no sea el resultado de un compromiso mutuo.
Personalmente y para evitar malos entendidos, aclaro que no me parece que exista una amenaza global contra la religión católica; considero que la iglesia está sólidamente cimentada, y debe continuar con su trabajo, en medio de este mundo plural y extremadamente tolerante.
Sin embargo, son pocos los bautizados que se perciben a sí mismos como «esmerados remeros de la barca de San Pedro», o sea como colaboradores activos en la marcha de la Iglesia. Diríamos que pocos católicos se identifican con las leyes de la iglesia para sentirse parte de ella como comunidad. Pienso que hoy. Algunas personas disfrutan de escabullirse entre algunas ceremonias y frases evangélicas herencia de la Cristiandad, sin comprometerse plenamente en la dinámica eclesial: se asemejan a unos «polizones» que quieren pasar inadvertidos, aprovechando un viaje por el cual no han pagado.
Otros miembros de la Iglesia, sienten añoranza por la que pareciese «la época dorada de la Cristiandad». Son grupos que se han visto afectados por las crisis actuales, y se escudan en el consabido «en mis tiempos», «antes», «esto siempre ha funcionado bien», borrando de su memoria y entendimiento la estrechez de su visión, la intolerancia a otras formas de pensar y el prejuicio que se respira al tratar de volver absoluta su interpretación de la «ley» cristiana.
De alguna manera, ellos también han dejado de «remar» con la fortaleza con que lo hacían antes, pues su actitud, afecta a toda la comunidad. De alguna manera se explica porque «la barca de Pedro» tiene tantos problemas para seguir avanzando sin vaivenes.
Sin
embargo, no se trata de juzgarlos (eso no nos corresponde), pero recordemos que
las estadísticas nos muestran hoy en día un mundo católico en el que cada vez se
pierde más la conciencia del compromiso comunitario o del vínculo institucional.
Es notorio que muchos fieles católicos, hacen caso omiso de las palabras del Magisterio sobre moral sexual, o consideran opcional el confesarse, o el pagar el diezmo. Por supuesto, es evidente también que se rehuya a la generosidad que implica el seguimiento de una vocación a la vida consagrada.
Por todo ello, podríamos entender que para algunos de estos «creyentes nostálgicos», el cristianismo que pretenden vivir algunas personas el día de hoy, no merece tal nombre. Aquellos son confrontados con la tentación del rincón conservador. Para ellos, cumplir con los preceptos divinos y con los eclesiales es la medida de la verdadera fe y del verdadero compromiso.
Es comprensible que en un mundo tan cambiante se busque seguridad. Si bien me queda claro que se añora un mundo que ha sido depurado de muchas cosas negativas, también me queda claro que el camino eclesial no puede ser el regreso a un modelo ya rebasado por la vivencia actual.
La tenue línea entre la obediencia y el legalismo farisaico puede respirarse en grupos apostólicos, movimientos laicales y comunidades de consagrados ¿es ésta la ley que debemos obedecer? ¿No se estará extendiendo el concepto de mandamiento a tradiciones que no eran tales?
Lo que no se puede ignorar en la demanda de los grupos más conservadores, es la conciencia de responsabilidad comunitaria que se muestra en la preocupación de mantener estándares que forjen o protejan a los grupos. Comparto la sensación de que ese perverso individualismo, fractura nuestro tejido social, pero percibo que el criterio de exclusión debilita a toda la Iglesia, y de ninguna manera puede ser aceptada como criterio acorde al espíritu de caridad cristiana que ha de caracterizar a la Iglesia Católica.
Probablemente, muchos de nuestros hermanos afectados por el posmodernismo, sostendrán que les gusta la fe cristiana, pero que evitan las prácticas litúrgicas ya que consideran que éstas responden únicamente a la «institución». El posmoralista acentuará el divorcio entre «el Cristo de la fe» y según ellos, «el Cristo que ha sido manipulado por la iglesia», la cual es cuestionada e incluso criticada abiertamente, mientras se quiere ubicar un Dios «más actual», «más hecho a la medida», «más humano»…….
Las normativas eclesiales son para estos posmodernistas, sugerencias útiles para algunos, pero irrelevantes o poco determinantes para su vida de fe. Lo único que importa es amar a Dios: el primer mandamiento que será considerado divino. Este mandato está contrapuesto al resto de los preceptos eclesiásticos que serían convenciones humanas y normas sujetas a la manipulación o al interés de grupos particulares: diezmos, asistencia dominical o ayunos son normas no aplicables a este creyente posmoralista.
El
reto ha sido identificado perfectamente por nuestra Arquidiócesis, y en el
reciente encuentro de dirigentes laicos con el titular de la
Vicaria de los Laicos, ha quedado planteada, la necesidad de actualizar
Principios y Estatutos, para responder mejor a las necesidades de nuestro
tiempo.
Para este propósito, se destacó la importancia de la Formación, como un elemento básico para que este trabajo pueda realizarse en las condiciones más ventajosas, y se planteó la realización de un Curso Básico, para todos los miembros de los grupos laicales.
Pidamos la intercesión de la Santísima Virgen, para que el Espíritu Santo nos ilumine en esta tarea y que a través de nuestras Congregaciones, logremos que algunos regresen, otros se acerquen y otros más tomen con mayor responsabilidad el compromiso que ya tienen contraído, como bautizados y en algunos casos como consagrados a alguna labor apostólica.
A fin de cuentas el mensaje del Evangelio, siempre presente en el momento preciso nos da la pauta: VINO NUEVO EN ODRES NUEVOS.
Desarrollado por los
Congregantes Marianos Alfonso J. Marín y Teresita Urdapilleta,
inspirados en el artículo “De polizones en la barca de Pedro” de Luís
Eugenio Espinoza González, escrito a principios del 2006. Doctor en Teología
de la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica. Catedrático en diversas
Maestrías sobre dilemas morales. Colaborador de la Revista MIRADA del
Centro Ignaciano de Espiritualidad en Guadalajar, Jal.