¿POR QUÉ PERMANECER EN LA IGLESIA?
Existen
hoy muchos motivos para no permanecer en la Iglesia. En nuestros días están
tentados de volver la espalda a la Iglesia, no sólo aquellos a quienes les
parece demasiado retrógrada, demasiado medieval, demasiado hostil al mundo y a
la vida, sino también otros que han amado su imagen histórica, su liturgia, su
independencia de las modas pasajeras y el reflejo de lo eterno visible en su
rostro.
Muchos tienen la impresión de que la Iglesia se ha vendido a la moda del tiempo y por tanto perdido su esencia. Están desilusionados, y por eso han pensando seriamente en volverle la espalda.
También existen motivos contradictorios para continuar en la Iglesia. Permanecen en ella no sólo los que creen firmemente en su misión o quienes no quieren abandonar una antigua y entrañable costumbre - aunque algunos de ellos hagan poco uso de ella -, sino sobre todo, quienes rechazan toda su realidad histórica y combaten abiertamente el contenido que sus ministros tratan de darle y de conservar.
Sin embargo, estas personas no pretenden realmente abandonar la Iglesia, sino que tienen la esperanza de poder transformarla en lo que a su juicio debe ser.
De todo esto, resulta que la Iglesia se encuentra en una situación de confusión, en la que los motivos a favor o en contra, no sólo se entremezclan de modo extraño, sino que incluso parece imposible llegar a un entendimiento. Reina la desconfianza sobre todo porque el permanecer en la Iglesia no tiene ya el carácter evidente e inequívoco de antes y no todos creen en la sinceridad de los demás.
En
medio de un mundo que «teóricamente» tiende a la unidad, la Iglesia se dispersa
en resentimientos nacionalistas, en la exaltación de lo propio y en la
denigración de lo ajeno. Entre los defensores de la secularidad y la reacción de
quienes están demasiado apegados al pasado y a lo externo, entre el desprecio de
la tradición y la fidelidad exagerada a la letra, parece no existir ninguna
posibilidad de equilibrio.
Por su parte, la opinión pública asigna a cada uno su propio puesto; tiene necesidad de posiciones claras y precisas, no se detiene a distinguir, o se es conservador o se es progresista.
Gracias a Dios, en la realidad, entre estos extremos, existe una gran cantidad de creyentes silenciosos o que hablan en voz muy baja, quienes con toda sencillez realizan la verdadera misión de la Iglesia, incluso en este momento de confusión: la adoración y la paciencia de la vida cotidiana bajo la palabra de Dios.
En esta concepción que se tiene de la Iglesia, estos creyentes no tienen sitio; esa verdadera Iglesia no es invisible, pero está escondida a los ojos de los hombres.
Así queda esbozada una primera pista sobre como situar la pregunta: ¿por qué
permanecer en la Iglesia?
¿Cómo se ha llegado a una situación de confusión en el momento en que se
esperaba un nuevo Pentecostés? ¿Cómo ha sido posible que precisamente cuando el
concilio Vaticano II parecía recoger los frutos maduros de los últimos decenios,
esta plenitud haya dado paso de repente a un vacío desconcertante? ¿Qué ha
sucedido para que de un gran impulso hacia la unidad se haya pasado a un proceso
de disgregación?
Parece como si en el esfuerzo por comprender a la Iglesia, siguiendo las huellas del Concilio, nos hubiéramos acercado tanto a la Iglesia que ya no fuésemos capaces de verla en su conjunto; como si los primeros edificios nos impidieran ver la ciudad o los primeros árboles nos estorbaran para abarcar con nuestra mirada todo el bosque.
La situación a la que nos ha llevado la ciencia a propósito de muchos aspectos de la realidad, se repite también ahora con la Iglesia. Tenemos una percepción tan cercana y minuciosa de los detalles, que no somos capaces de contemplar el todo. Lo que hemos ganado en precisión, lo hemos perdido en verdad. Cuando observamos al microscopio una astilla de árbol, lo que vemos es sin duda exacto, pero podría a la vez esconderse la verdad si se olvidase que un detalle es precisamente sólo un detalle
La perspectiva contemporánea sobre la Iglesia, está orientada a descubrir qué es
lo que podemos hacer con ella. Los prolongados esfuerzos por reformar la
Iglesia, han hecho olvidar lo demás. Para muchos, no más que una organización
que se puede y debe transformar, siendo el gran problema el determinar cuáles
son los cambios que la harán «más eficaz» para los objetivos particulares que
cada uno propone.
La reforma, en su significado original, es un proceso espiritual, totalmente cercano al cambio de vida y a la conversión, que entra de lleno en el corazón del fenómeno cristiano: solamente a través de la conversión se llega a ser cristianos; esto vale tanto para la vida particular de cada uno como para la historia de toda la Iglesia. Ésta vive como Iglesia, en la medida en que renueva sin cesar su conversión al Señor, al evitar cerrarse en sí misma y en sus costumbres más queridas, tan fácilmente contrarias a la verdad.
Cuando la reforma es arrancada de este contexto - del esfuerzo y el deseo de conversión -, cuando se espera la salvación únicamente del cambio de los demás, de la transformación de las estructuras, de formas siempre nuevas de adaptación a los tiempos, quizá se llegue a cierta utilidad inmediata, pero en conjunto esa reforma se convierte en una caricatura de sí misma, capaz de cambiar únicamente las realidades menos importantes de la Iglesia.
Todo esto nos ayuda a entender la paradoja que surge de los intentos de renovación propios de nuestra época: los esfuerzos para suavizar la rigidez de las estructuras, para corregir las formas del aparato eclesiástico provenientes de la Edad Media o, más aún, para liberarla de tales interferencias y capacitarla para un servicio más simple y acorde al espíritu del evangelio. Esto ha conducido a una sobrevaloración del elemento institucional de la Iglesia, como nunca antes se vivió en su historia.
Las instituciones y los aparatos eclesiásticos son objeto de una crítica radical como jamás ha existido, pero también absorben la atención con una exclusividad más acentuada que antes, de tal manera que para muchos la Iglesia queda reducida a esa realidad institucional.
La pregunta sobre la Iglesia se plantea en términos de organización. No se
quiere que un mecanismo tan bien montado quede infructuoso, pero se le
encuentra, desde muchos puntos de vista, inadecuado para conseguir lo que de
ella se espera.
Detrás de todo eso se perfila el problema central de la cuestión: la crisis de
la fe. Por su radio de acción, la Iglesia ejerce sociológicamente su influencia
más allá del círculo de sus fieles, y la institucionalización de esta falsa
situación, distorsiona su verdadera naturaleza.
La publicidad derivada del Concilio y la perspectiva del posible acercamiento entre creyentes y no creyentes, ha radicalizado esta distorsión. El Concilio fue aplaudido por muchos que no tenían ninguna intención de llegar a ser creyentes en el sentido de la tradición cristiana, pero que saludaron este «progreso» de la Iglesia como una confirmación de sus propias ideas.
Al mismo tiempo es preciso reconocer que dentro de la Iglesia, la fe ha entrado en una agitada fase de efervescencia. El problema de la mediación histórica sitúa el antiguo credo en una luz incierta y ambigua, en la que las verdades pierden sus propios contornos; por otra parte, las objeciones de la ciencia y más aún, la concepción moderna del mundo, han avivado este proceso.
Los límites entre la interpretación y la negación de las verdades principales se hacen cada vez más difíciles de reconocer. Por ejemplo, ¿qué significa realmente «resucitado de entre los muertos»? ¿Quiénes son los que creen, interpretan o niegan? Y mientras se discute los límites de esta interpretación, el «rostro de Dios se vuelve cada vez más borroso».
La «muerte de Dios» pasa a ser un proceso real, que se instala hoy en el mismo corazón de la Iglesia. Dios muere en la cristiandad, o al menos eso es lo que parece. Es ahí donde la resurrección pasa de ser el acontecimiento de una misión vivida a una imagen superada, Dios no actúa ya. Pero ¿Dios actúa verdaderamente? Es la pregunta que surge de inmediato.
Así, lo que para uno sólo es progreso, para otro es increencia, y lo que antes resultaba inconcebible, hoy se admite como algo normal; personas que habían abandonado el credo de la Iglesia, se consideran hoy, de buena fe, auténticos cristianos progresistas. Según ellos, el único criterio para juzgar a la Iglesia es su eficacia. Sin embargo, ¿cuál es la verdadera eficacia y para qué objetivos se debe usar?
¿Para criticar la sociedad, para ayudar al desarrollo, para fomentar la
revolución? ¿O quizá para celebraciones comunitarias? De cualquier forma, hay
que comenzar desde los cimientos, porque inicialmente la Iglesia no fue
concebida para esto y, efectivamente, en su forma actual, no está preparada para
esos objetivos. Y de este modo aumenta el descontrol. El derecho de ciudadanía
que la incredulidad ha adquirido en la Iglesia, vuelve la situación más
complicada para todos. Especialmente trágico es el hecho de que todo esto haya situado el programa de
reforma, en una ambigüedad extraordinariamente equívoca, y para muchos,
insoluble.
Naturalmente se puede objetar que no todo el panorama se presenta con nubarrones tan negros. En los últimos años han nacido y madurado muchas realidades positivas, que no es justo silenciar: la nueva liturgia más accesible al pueblo, la sensibilidad a los problemas sociales, el mejor entendimiento con los cristianos separados, la disminución del miedo debido a una falsa concepción literal de la fe, y muchas otras cosas.
Esto no se puede minimizar; pero desgraciadamente no refleja con exactitud la atmósfera general de la Iglesia. Al contrario, también todo esto ha sido inficionado por la ambigüedad debida a esa desaparición de límites precisos entre fe e incredulidad.
Solamente al principio pareció que la consecuencia de esta desaparición pudiera ser considerada como algo liberador. Hoy está claro que de semejante proceso, a pesar de todos los signos de esperanza, en vez de una Iglesia moderna ha surgido una Institución profundamente desgarrada y con muchos problemas.
Debe admitirse sin restricciones: el Vaticano I había descrito la Iglesia como el gran estandarte escatológico visible desde lejos que convocaba y reunía a los hombres. Según el concilio de 1870, ella era el signo esperado por Isaías (11, 12), la señal que incluso desde lejos todos podían reconocer y que indicaba claramente el camino a recorrer.
Con su maravillosa propagación, su eminente santidad, su fecundidad para todo lo bueno y su profunda estabilidad, la Iglesia representaba un verdadero milagro de cristianismo y la mejor prueba de su credibilidad ante la historia.
Hoy parece verdadero todo lo contrario: no una comunidad maravillosamente difundida, sino una asociación estancada que no ha sido capaz de superar realmente los confines del espíritu europeo y medieval; no ya una profunda santidad, sino un conjunto de debilidades humanas, una historia vergonzosa y humillante, en la que no ha faltado escándalos, desde la persecución de herejes y los procesos contra las brujas, pasando por la hostilidad hacia los judíos y el servilismo de las conciencias, hasta el dogmatismo y la resistencia contra la evidencia científica, de modo que quien pertenece a esa historia, no puede menos que cubrirse vergonzosamente la cara. Finalmente, ya no hay una estabilidad indestructible, sino una condescendencia con las corrientes de la historia: el colonialismo, el nacionalismo y en épocas no lejanas, hasta intentos de congraciarse con doctrinas como el marxismo e incluso identificarse con él.
Así, la Iglesia pasa de aparecer como el signo que invita a la fe, a un obstáculo para su aceptación.
Da la impresión de que la verdadera teología consiste en quitarle a la Iglesia
sus principios teológicos, para considerarla y tratarla bajo un aspecto
puramente político. No se le mira ya como una realidad de fe, sino como una
organización de creyentes, puramente casual y poco accesible, que hay que
remodelar según los modernos criterios de la sociología.
«La confianza es buena; el control, mejor», tal es el eslogan que después de
tantas desilusiones se prefiere adoptar en relación con la estructura
eclesiástica. El principio sacramental pierde claridad; sólo el «control
democrático» aparece para muchos como digno de fe: en definitiva, el Espíritu
Santo es considerado como inaferrable.
Entre las reformas derivadas del Concilio Vaticano II, destaca la aprobación del
uso de la lengua vernácula en la liturgia de la misa. Al respecto, Monseñor Ratzinger comentaba que cuando en la misa se dice: «El
Señor reciba de tus manos este sacrificio... para nuestro bien y el de toda su
santa Iglesia», él siempre ha estado tentado a decir: «...y el de toda nuestra
santa Iglesia».
Aquí hay un problema de fondo, lo que esta pasándonos, es que en lugar de «su Iglesia» estamos colocando la nuestra, y con ella miles de Iglesias; cada uno la suya. Las Iglesias se han convertido en instituciones nuestras, de las que nos enorgullecemos o nos avergonzamos, pequeñas e innumerables, puestas una junto a otra. Iglesias solamente nuestras, obra y propiedad nuestra, que nosotros conservamos o transformamos a placer.
Sin embargo, detrás de «nuestra Iglesia» o también de «tu Iglesia» ha desaparecido el «su Iglesia», cuando realmente esta última es la única que realmente interesa; si ésta no existe, la «nuestra» debe desaparecer. Si fuese solamente nuestra, la Iglesia sería un castillo en la arena.
En lo expuesto estaría implícita la respuesta a la pregunta que nos estamos planteando: conviene permanecer en la Iglesia porque que hoy como ayer, independientemente de nosotros, detrás de «nuestra Iglesia» vive «su Iglesia», y no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su Iglesia.
Conviene permanecer en la Iglesia porque, a pesar de todo, a todos nos debe quedar claro que no es realmente «nuestra», sino «suya».
En términos muy concretos: es la Iglesia la que, no obstante todas las
debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio
de ella podemos recibirlo como una realidad viva y poderosa, que nos interpela
aquí y ahora. Incluso los que atacan a la Iglesia, pero creen en Jesús ¿se darán
cuenta de quién lo reciben?... Jesús está vivo para nosotros. Pero ¿en medio de
qué arenas movedizas se habría perdido, no ya su memoria y su nombre, sino su
influencia viva, el dinamismo de su evangelio y la fe en su persona divina, sin
la continuidad visible que siempre le ha dado «su Iglesia»?... Sin la Iglesia,
Cristo se evapora, se desmenuza, se anula.
Y ¿qué sería la humanidad sin Cristo?»'. El primer y más elemental principio que hemos de establecer es que cualesquiera que hayan sido las fallas de la Iglesia, entre Cristo y la Iglesia no hay ningún contraste decisivo. Por medio de la Iglesia Él, superando las distancias de la historia, se manifiesta vivo, nos habla y permanece en medio de nosotros como maestro y Señor, como hermano que nos reúne en fraternidad.
El darnos a Jesucristo, mostrándolo vivo y presente en medio de nosotros, regenerándolo continuamente en la fe y en la oración de los hombres, implica que la Iglesia da a la humanidad una luz, un apoyo y una norma sin los que no podríamos entender el mundo. Quien desea la presencia de Cristo en la humanidad, no la puede encontrar contra la Iglesia, sino solamente en ella.
Lo anterior, nos lleva a la conclusión de que hay que permanecer en la Iglesia por las mismas razones por las que somos cristiano. No se puede creer en solitario. La fe sólo es posible en comunión con otros creyentes. La fe, por su misma naturaleza, es fuerza que une. Su verdadero modelo es la realidad de Pentecostés, el milagro de compresión que se establece entre las personas de procedencia y de historia diversas.
Así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención, sino sólo si existe alguien que me comunica esta capacidad, que no está en mi poder, sino que me precede y me trasciende. Una fe que fuese fruto de mi invención sería un contrasentido, porque me podría decir y garantizar solamente lo que yo ya soy y sé, pero nunca podría superar los límites de mi persona.
Por eso una Iglesia, una comunidad que se hiciese a sí misma, que estuviese fundada sólo sobre la propia gracia, sería un contrasentido. La fe exige una comunidad que tenga poder y sea superior a mí, y no una creación mía ni el instrumento de mis propios deseos.
Por tanto, se percibe que únicamente se puede ser cristiano dentro de la Iglesia, no fuera ni junto a ella. No tengamos miedo de plantearnos con toda objetividad esta patética pregunta: ¿qué sería del mundo sin Cristo, sin un Dios que habla y se manifiesta, que conoce al hombre y a quien el hombre puede conocer? La respuesta nos la dan clara y nítida quienes con tenacidad enconada tratan de construir efectivamente un mundo sin Dios.
Sus esfuerzos se reducen a un experimento absurdo, sin perspectivas ni criterios de acción. Aunque en su larga historia el cristianismo haya algunas veces fallado - y siempre lo ha hecho de modo desconcertante - al mensaje contenido en él, no ha dejado jamás de proclamar los criterios de justicia y de amor, frecuentemente contra la misma Iglesia y, no obstante, jamás sin perder ese secreto poder que hay depositado en ella.
En otros términos: conviene permanecer en la Iglesia porque la fe es realizable solamente en ella, y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo. Este vive de la fe aun allí donde no la comparte. De hecho, donde ya no hay Dios - y un Dios que calla no es Dios - no existe la verdad que es anterior al mundo y al hombre. Pero en un mundo sin verdad no es posible vivir por mucho tiempo. Donde se renuncia a la verdad, se continúa viviendo porque esta aún no se ha apagado realmente, como la luz del sol continúa brillando por algún tiempo antes de que la noche caiga totalmente.
Esto puede ser expresado de otra manera: conviene permanecer en
la Iglesia porque solamente la fe de la Iglesia salva al hombre. Puede parecer
una frase muy convencional, pero es totalmente objetiva y realista. En nuestro
mundo lleno de inhibiciones y de frustraciones, el deseo de salvación ha
reaparecido en toda su vehemencia. Los esfuerzos de científicos, filósofos y
otros pensadores, continúan a su modo buscando y anunciando la salvación. Cuanto
más libre, clarificado y poderoso se vuelva el hombre, tanto más le atormentará
el deseo de salvación y tanto más esclavizado se encontrará.
Muchos de estos pensadores tienen en común la aspiración hacia un mundo sin dolor, enfermedad y miseria. El gran ideal de esta generación es una sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia; a esto apuntan las turbulentas explosiones de los jóvenes y el resentimiento de los viejos al ver que la tiranía, la injusticia y el dolor continúan.
La lucha contra el dolor y la injusticia brota de un impulso fundamentalmente cristiano, pero el pensar que a través de las reformas sociales y la eliminación del dominio y del ordenamiento jurídico, se puede conseguir aquí y ahora un mundo libre de dolor, es una doctrina errónea, que refleja un claro desconocimiento de la naturaleza humana. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. El sufrimiento no es el único peso que el hombre ha de descargarse de las espaldas.
Sólo soportándose a sí mismo y liberándose de la tiranía del propio egoísmo, el hombre se encuentra a sí mismo, halla su propia verdad, su propia alegría y su propia felicidad. La crisis de nuestro tiempo depende principalmente del hecho de que se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión entre lo que se debería ser y lo que efectivamente se es.
Un hombre que sea privado de toda fatiga y transportado a la tierra prometida de sus sueños, pierde su autenticidad y su identidad. En realidad, el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos del mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso.
La esperanza del cristianismo y la suerte de la fe dependen de algo muy simple: de su capacidad para decir la verdad. La suerte de la fe es la suerte de la verdad; puede ser oscurecida y pisoteada, pero jamás destruida.
Llegamos al último punto. Un hombre ve únicamente en la medida en que ama. Sin
una cierta cantidad de amor no se encuentra nada. Quien no se compromete un poco
para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia, y no afronta
el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones.
El riesgo del amor es condición para llegar a la fe. Quien osa arriesgarse no tiene necesidad de esconder ninguna de las debilidades de la Iglesia, porque descubre que esta no se reduce solamente a ellas; descubre que, junto a algunos escándalos en su historia, existe también la de la fe fuerte e intrépida, que ha dado sus frutos a través de los siglos. Quien afronta este riesgo del amor descubre que la Iglesia ha proyectado en la historia un haz de luz tal que no puede ser apagado.
Cuando se afirma que para conocer a la Iglesia, es necesario amarla, muchos se inquietan. ¿Acaso el amor no es lo contrario de la crítica? ¿No es quizá esta la excusa a la que cuantos tienen el poder en sus manos recurren gustosamente para eliminar la crítica y mantener a su favor la situación de hecho? ¿Se ayuda más a los hombres tratando de tranquilizarles y de paliar la realidad, o quizás interviniendo a su favor contra las injusticias habituales o el predominio de las estructuras?
Una cosa es sin embargo cierta: que el amor no es estático ni acrítico. La única posibilidad de que disponemos para cambiar en sentido positivo a una persona es la de amarla, transformándola lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucederá de distinto modo en la Iglesia? Basta con mirar la historia más reciente: durante la renovación litúrgica y teológica de la primera mitad del siglo XX maduró un verdadero movimiento de reforma que ha llevado a transformaciones positivas. Esto únicamente fue posible porque surgieron hombres con el don del discernimiento que amaron a la Iglesia con corazón atento y vigilante, con espíritu crítico y disposición a sufrir por ella.
Si hoy no somos capaces de realizar algo, se debe a que estamos demasiado ocupados en afirmarnos sólo a nosotros mismos. No valdría la pena permanecer en una Iglesia que, para ser acogedora y digna de ser atractiva, tuviera necesidad de ser hecha por nosotros; sería un contrasentido.
Concluyendo, conviene permanecer en la Iglesia, porque ella es en sí misma digna de permanecer en el mundo, digna de ser amada y transformada por el amor en lo que debe ser. Ese es el camino que hoy nos dicta la responsabilidad de nuestra fe.
Inspirado en la conferencia “¿Por qué
permanezco en la Iglesia?“ de Joseph Ratzinger, actualmente Pontífice de la
Iglesia Católica bajo el nombre de Benedicto XVI.