EL PERDÓN DE LOS PECADOS
« Pedro y los apóstoles
contestaron:” Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de
nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros disteis muerte colgándole de
un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para
conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados" »
( Hechos 5,
29-31)
Este extracto que nos recuerda lo que Pedro y los discípulos contestaron a los sumos sacerdotes, cuando les prohibieron predicar en nombre de Jesús, nos hace pensar: ¿por qué este asunto relacionado con el perdón de los pecados, está desapareciendo de la predicación y de la conciencia de no pocos cristianos?
Presentar
la salvación como
perdón de los pecados
está, por lo menos, fuera de
moda. No se usa mucho.
Sin embargo, para quien tiene el sentido de Dios,
para quien se da cuenta de la
importancia decisiva que
tiene estar en comunión con
Él, para quien siente la experiencia de la tragedia
que supone estar lejos de Él, para quien se
toma en serio el hecho de que, en definitiva,
lo que cuenta es estar en amistad y en comunión
con Dios, el perdón de los pecados se
presenta como el hecho decisivo de la
vida.
¿Quién no es pecador? ¿Quién no tiene necesidad de perdón? ¿Quién es más «salvador» que aquel que, al perdonar, restablece la amistad con Dios? Presentar la obra de Jesús como ligada al perdón de los pecados, significa presentarla como la de alguien que restablece la comunión filial, amistosa, tranquilizad ora, beatificante, con Dios.
Ése es el inicio de cualquier otro bien mesiánico. ¿Qué se puede construir sin este fundamento? Estar lejos de Dios, sentirnos no aceptados por él, sentirnos ajenos a nuestro origen v a nuestro fin: ¿se puede llamar a eso vida?
Por eso anuncia Pedro a Jesús como alguien que ha sido exaltado por Dios con el poder de ofrecer el don del restablecimiento de la amistad entre el tibio corazón del hombre y el ardiente corazón del Padre.