PEQUEÑA, PERO PODEROSA

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«Hermanos míos: Todos fallamos en muchas cosas, pero quien no cae en falta al hablar; ése es varón perfecto, capaz de controlar todo el cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que nos obedezcan y poder así dirigir todo su cuerpo. Lo mismo pasa con los barcos: por muy grandes que sean y por muy recio que sea el viento que los impulsa, un pequeño timón basta para que sean gobernados a voluntad del piloto. Pues lo mismo pasa con la lengua: es un miembro pequeño, pero capaz de grandes cosas. ¿No veis cómo un pequeño fuego hace arder un gran bosque? Pues también la lengua es fuego y un mundo de maldad; se instala en medio de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, atizada por los poderes del fuego eterno, hace arder el curso entero de la existencia.

Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos han sido y siguen siendo domados por el hombre. Pero nadie es capaz de domar la lengua de los hombres, que es malvada e irreductible, y está cargada de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a semejanza de Dios. De la misma boca salen bendición y maldición. No tiene que ser así, hermanos míos».                                                             Santiago 3,2-10

En el examen de la raíz profunda de los problemas de su tiempo, se detiene Santiago en el de la veracidad en el hablar, tema que formula como control de la «lengua». La fe se manifiesta en el obrar y en el decir. De hecho, hablar con verdad y coherencia es, para el creyente, signo de una fe sincera.

La severidad de juicio sobre las palabras (cf Mt 12,36), de la cual se nos pedirá cuenta un día, es una señal de la importancia de la lengua, cuyo buen uso es indicio de perfección, entendida ésta como autocontrol y como relación correcta con los otros. Los ejemplos del freno en la boca que se pone al caballo y del timón son muy eficaces: la lengua, aunque es un miembro pequeño, puede guiar al hombre.

En otra comparación, se traslada la atención a los peligros de una lengua no controlada. De ella se considera su poderosa carga destructora. El hablar ambiguo es como un fuego (cf. Prov 16,27), como una llama infernal, que una vez instalada dentro de nosotros destruye toda la vida.

Sorprende la vehemencia con la que el apóstol presenta el aspecto negativo de la «indomable» lengua, a la que se considera como «malvada e irreductible», «cargada de veneno mortal». En efecto, produce una dolorosa sorpresa que con la lengua podamos bendecir al Padre y maldecir a nuestros hermanos.

El texto nos suena duro porque estamos acostumbrados a reducirlo todo a dimensiones que nos acomoden. Sin embargo, después de su proclamación, aclamamos: «Palabra de Dios».

Santiago, de esta manera casi chocante para nuestra sensibilidad, nos pone en guardia contra los peligros de la lengua, el pequeño músculo capaz de provocar enormes daños: un arma mortal y poderosa dispuesta siempre a difundir su veneno mortífero.

Sólo es posible oír, acoger y entregar al Verbo en el silencio, como hizo María, mujer del silencio. De ella dice el evangelio que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón».

Oración

Oh Señor, haz que seamos cada vez más responsables de las palabras que pronunciemos, puesto que nos pedirás cuentas de ellas. Danos también unos labios que no inyecten en el corazón veneno de muerte: ¡es tan fácil matar a los hermanos sin ni siquiera darnos cuenta!

Danos Señor un corazón silencioso, capaz de custodiar el misterio del Verbo de la vida, porque sólo si estamos atentos a él podremos aprender a conocerlo de verdad y a seguirlo en su camino. Sólo entonces será auténtico el testimonio de fe que ofrezcamos a los hermanos y verán en nuestra mirada un resplandor de tu luz.

Concédenos lo que te pedimos, oh Dios, Padre del Verbo que se ha consumido en silencio por nosotros.

Contemplación

Hermanos, voy a poneros un ejemplo para que comprendáis mejor. Quien enciende un fuego, primero tiene sólo un carboncillo, que es la palabra del hermano que le ha entristecido; fíjate, es apenas un carboncillo: ¿qué es acaso la palabra de tu hermano? Si lo soportas, apagas el carbón. En cambio, si continúas pensando: «¿Por qué me lo habrá dicho? Puedo muy bien responderle». Fíjate, has puesto unas cuantas astillas o algún material semejante, como quien enciende el fuego y hace humo, que es la turbación.

La turbación es esa agitación y combate de pensamientos que despierta y vuelve agresivo el corazón. Pero también esto, si quieres, puedes apagarlo con facilidad, apenas comienza, con el silencio, con la oración; si, no obstante, continúas haciendo humo, irritando y excitando tu corazón a fuerza de pensar nuevamente: «¿Por qué me lo habrá dicho? Puedo muy bien responderle», por el combate mismo y por la colisión de los pensamientos el corazón se consume, se calienta demasiado, y entonces se enciende la cólera.

Ahora, si quieres, también puedes apagar esta antes de que se convierta en ira; no obstante, si continúas turbado y turbándote, vienes a encontrarte como el que ha echado leña al fuego, y el fuego prende cada vez más. ¿Veis cómo de una sola palabra se llega a un mal tal grande?

Si desde el principio se hubiera dirigido el reproche sobre sí mismo, si no hubiera querido justificarse y a cambio de una sola palabra decir dos o cinco y devolver mal por mal, hubiera podido huir de todos estos males. Por eso os digo siempre: cuando las pasiones son jóvenes, cortadlas enseguida, antes de que se robustezcan en menoscabo vuestro y debáis sufrir después.

En efecto, una cosa es arrancar enseguida una planta pequeña y otra arrancar de raíz un gran árbol. Poned en práctica y comprended bien lo que escucháis. En verdad, si no lo ponéis en práctica, no podréis comprenderlas: las palabras no bastan

(Autor: Doroteo de Gaza, Insegnamenti spirituali VIII, pp. 90-93, passim).

Una propuesta para recordar y meditar:

«Pon, Señor, en mi boca un centinela, un vigilante a la puerta de mis labios»     (Sal 141,3).

No se le reconoce ya al silencio su relación esencial con la Palabra de Dios, al humilde enmudecer del individuo ante la Palabra de Dios. Callamos antes de escuchar la Palabra porque nuestros pensamientos están dirigidos ya hacia la Palabra, como calla un niño cuando entra en la habitación de su padre.

Callamos después de escuchar la Palabra, porque ésta nos habla todavía vive y mora en nosotros. Callamos pronto por la mañana porque Dios debe tener la primera palabra, y callamos antes de acostarnos porque la última palabra pertenece a Dios. Callamos sólo por amor a la Palabra, es decir, precisamente para no deshonrarla, sino honrarla y recibirla como es debido.

Callar, por último, no significa otra cosa que esperar la Palabra de Dios y salir, después de haberla escuchado, con su bendición. Cada uno de nosotros sabe por propia experiencia que se trata precisamente de aprender a callar en un tiempo en el que predomina el hablar; y que se trata justamente de aprender a callar de verdad, a hacer silencio en nuestro propio interior, a detener de una vez nuestra propia lengua: no es otra cosa que la natural y sencilla consecuencia del silencio espiritual.

Ahora bien, el saber callar frente a la Palabra ejercerá su influjo en nosotros a lo largo de toda la jornada.

Si hemos aprendido a callar frente a la Palabra, aprenderemos también a usar rectamente el silencio y las palabras a lo largo del día. Hay un modo de callar prohibido, complaciente consigo mismo, soberbio, ofensivo. A partir de aquí vemos ya que no es posible pensar nunca en un silencio en sí.

El silencio del cristiano es un silencio tendente a escuchar, un silencio humilde, que, por amor a la humildad, puede ser interrumpido también en cualquier momento. Es el silencio vinculado a la Palabra.

En eso pensaba Tomás de Kempis cuando decía: «Nadie habla con más certeza que quien calla por propia voluntad». En el silencio se encuentra un maravilloso poder de clarificación, de purificación, de concentración en las cosas esenciales.

Ahora bien, el silencio antes de escuchar la Palabra conduce a saber escuchar de verdad, y por eso la Palabra nos hablará también en el momento oportuno

Autor: D. Bonhoeffer, La vita camune,  Vida en comunidad, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997.

Para concluir, reiteramos que sólo es posible oír, acoger y entregar la Palabra, en el silencio, como hizo María, pues el mismo evangelio nos ejemplifica con toda claridad, que Ella, la mujer del silencio «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón».