PEDIR SEÑALES

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La gente de Nazaret pedía señales que les permitieran estar seguros de que Jesús venía de Dios y de que actuaba con el poder de Dios. Sin estas señales, no querían pasar de considerarlo como uno de ellos, cuyo entorno humano es el único que conocían.

Por ello, porque su visión no iba más allá, no admitían que Jesús dijera que en él se cumplían las palabras de la Escritura. Su visión de Jesús quedaba encerrada en los limitados horizontes de la mirada humana.

La actitud de la gente de Nazaret no es exclusiva. También la encontramos en los doctores de la Ley y en los fariseos (Cfr Mt 12, 38) o en mucha gente que se acercaba a Jesús (Cfr Lc 11, 29). Es también la actitud que, acaso disimulándola, podemos encontrar en nosotros mismos.

En los casos citados, Jesús no niega que les sea dada una señal. Incluso les dice cuál será: la de Jonás. La señal del cielo que dará pleno sentido, en todos los órdenes, a las palabras y a las obras de Jesús, la que nos dará a conocer definitivamente quién es Jesús, es la de su resurrección: es entonces cuando se habrán cumplido del todo en él las palabras de la Escritura. Pero esta señal sólo es perceptible con los ojos de la fe.

Sin embargo, también para saber contemplar los acontecimientos con los ojos de la fe necesitamos aprendizaje.

Cuando, en una situación parecida a las citadas, los fariseos y los saduceos piden a Jesús que les haga ver una señal del cielo (Cfr Mt 16, 1), él, no sólo les da la misma respuesta que en las demás ocasiones, sino que les dice también que «aprendan a mirar»: que, así como saben leer lo que pasa cerca de ellos por los «signos de los tiempos», tienen que aprender a leer los signos de los tiempos de la salvación.

En relación a esta meditación, valdría la pena preguntarnos dos cosas:

¿Cuál es nuestra actitud con respecto a Cristo, profeta enviado por Dios? Él puede ser un profeta incómodo, especialmente para aquellos que dicen creer en Él... ¿Nos dejamos provocar por su profecía, dejándonos transformar por Él, o le ponemos condiciones, como quisieron hacer sus paisanos de Nazaret?

¿Cuál es nuestra actitud con respecto a los demás, para quienes debemos ser portadores del mensaje profético de Cristo?

Estamos en una época en que nosotros, como cristianos, y toda la Iglesia, debemos tener el valor de proclamar al mundo que sólo aquellos que creen y aman tienen el porvenir en sus manos.

Hace falta tener la fuerza profética del Espíritu para reafirmar la modernidad y la plenitud de sentido de algunos valores que hoy corren el peligro de verse oscurecidos en la conciencia de la mayoría de los seres humanos.

Podemos pensar en el derecho a la vida de los que están por nacer, en la destrucción de la santidad del matrimonio, en la violencia generalizada, en la búsqueda desenfrenada del placer y del dinero, etc.

Que el Señor Jesús, cuyo sacrificio hacemos presente en cada celebración eucarística, nos ayude a aceptar cada vez más plenamente su mensaje, y a vivirlo como testimonio ante los hombres y mujeres del mundo.

Basado en meditaciones propuestas por JOSÉ URDEIX y el P. CARLOS SOLTERO, S. J: aparecidas en Actualidad Litúrgica de Enero-Febrero de 2007