«..,
he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión...», decimos al rezar
el Yo pecador. Casi todos consideramos «pecado» algo malo que hemos
hecho. Menos común es sentir que pecamos cuando hemos pensado o dicho algo.
Pero, ¿qué pasa con
nuestros pecados de omisión?
El
pasaje del juicio final, dice que irán al castigo los que no ayudaron al
necesitado:
«Tuve hambre y no me diste de comer» ,, (Mt 25,42).
Para
romper nuestra relación con Dios no es necesario hacer el mal (quitar el
pan),basta con
no hacer el bien. Pero es imposible hacer
Para que algo que no hemos hecho se considere pecado de omisión se tienen que dar simultáneamente estos seis elementos:
Que sea algo bueno en sí mismo y que la solidaridad con los que sufren me lo pida: dar una medicina al enfermo.
Que
yo este en la circunstancia geográfica: un
pobre
que encuentra en mi camino y no uno que está en otro país.
Que
física, moral o económicamente yo pueda hacerlo: si estoy paralitico no puedo
ir a visitar a los encarcelados.
Que
sea algo extra y no me impida realizar mi misión: la maestra no puede dejar a
sus alumnos para
ir
a visitar
enfermos.
Que
tenga conciencia que el otro necesita de mi ayuda. A
veces dejamos de hacer el bien no por maldad sino por distracción.
Que tras un serio discernimiento, experimente la voz de Dios o de mi conciencia que me dice: «hazlo».
De ordinario cometemos pecados de omisión por pereza, por egoísmo, por nuestra resistencia a cambiar nuestros fines, por no querer dar nuestro tiemppero a fin de cuentas es por falta de amor.
Inspirado en un artículo del R. P. Fernando Torre Medina Mora M. Sp. S.