SOBRE La Pasión deL señor
El misterio pascual se conforma con la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Se trata de hechos decisivos de su vida y por eso los anunció a sus discípulos.
Sin embargo, éstos, dominados por sus prejuicios, no comprendieron de momento el sentido de aquellas profecías ni consiguieron explicarse cómo podía sufrir y morir aquel que da la vida a los otros.

Lo comprenderán plenamente sólo después de la resurrección, cuando entenderán la importancia capital del misterio pascual, hasta el punto de convertirlo en el objeto privilegiado y principal de la predicación. Así nació el kerigma (= anuncio), presentación esencial de lo que es preciso conocer y vivir para participar en la salvación de Jesús.
Los relatos de la Pasión, muerte y resurrección, precisamente por su importancia capital, fueron los primeros que encontraron una organización ordenada. Eran recordados de manera habitual al celebrar el memorial de la cena y al hablar de Jesús. No se trataba de un simple relato de cronista, como si fuera un tributo que es preciso pagar a la información o a la curiosidad, sino de un anuncio cargado de fe. Se trata de creyentes que hablan a otros que ya creen o que pretenden abrirse a la fe. La acogida que se brinda hoy a estos relatos también será fructífera en la medida en que participe la fe.
Estamos ante unos hechos reales, leídos a la luz de todo el plan divino (de ahí la abundancia de las citas bíblicas) y presentados con un desconcertante realismo.
Los
relatos evangélicos de la Pasión, no pretende satisfacer la curiosidad del
lector. Lo podemos notar en el hecho de que faltan todos elementos que pudieran
iluminar los sentimientos de los protagonistas; por ejemplo, nada se sabe de los
motivos que impulsaron a Judas a entregar al Maestro por un puñado de dinero (de
modo contrario al gusto de los novelistas). Lo notamos también en el hecho de
que faltan los elementos edificantes, como lo demuestra la desconcertante
concisión de la misma crucifixión. Hubiera sido fácil detenerse en detalles
particulares que presentaran a Jesús como un héroe, como un «campeón» en el arte
de soportar el dolor, como una víctima del poder inicuo.
La comunidad primitiva no predicó nunca la Pasión sin unirla de una manera inmediata y directa con la resurrección; sin ésta, tampoco aquélla hubiera tenido significado. Separada de la resurrección, la muerte de Jesús se parece a la de algunos de los grandes hombres del pasado: tendríamos un héroe más, pero no al Salvador de la humanidad. Jesús seguiría siendo una de las víctimas inocentes e impotentes de un sistema tiránico y homicida. Entraría en la regla general y no sería «Buena Noticia», o sea, precisamente Evangelio.
Jesús, constituye un caso único y como tal ha sido dada a conocer su vida. Jesús ha imprimido en la historia una novedad que permanece en el tiempo. Pasados dos mil años, continúa sorprendiendo y, lo que es más importante, encontrando seguidores que hacen continua esa unicidad.
En Jesús toma cuerpo la figura del Siervo de Yahvé anunciado por Isaías. Sufre, pero sin culpa; muere, pero no por un castigo. Al morir demuestra su solidaridad con todos los hombres. Su muerte no es una situación definitiva y, de hecho, resultará fecunda como la muerte del grano de trigo echado en el surco.
El misterio de la resurrección de Cristo es el misterio central del cristianismo, como recuerda el apóstol Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, tanto mi anuncio como vuestra fe carecen de sentido» (1 Cor 15,14). Ahora bien, a diferencia de la muerte, que es fácilmente controlable porque pertenece a la experiencia humana, la resurrección no es comprobable con los instrumentos normales de investigación. Pertenece al mundo de lo divino y sólo por un don puede ser participada a los hombres. De ahí la dificultad para comprenderla y hablar de ella.
La
Pasión comienza con la agonía en el huerto de los Olivos, seguida por la
traición de Judas, que hizo posible el traslado de Jesús: primero ante la
autoridad judía y, después, ante la romana. La sentencia condenatoria emanada de
esta última por instigación de la autoridad judía llevará a Jesús, tras pasar
por indecibles sufrimientos y humillaciones, al Calvario, lugar de la ejecución.
Como fuente de información disponemos del abundante material evangélico, sancionado históricamente por algún dato extrabíblico que nos permite conocer, por ejemplo, que Jesús fue crucificado bajo Poncio Pilato, gobernador de Roma. Aunque la descripción evangélica de los hechos es amplia y en ocasiones también detallada, el interés principal estriba en mostrar a los creyentes el valor que tienen el proceso, la condena y la muerte.
Por eso se acentúa vigorosamente que estos acontecimientos son el cumplimiento de las afirmaciones del Antiguo Testamento. Jesús fue condenado a causa de su pretensión de ser el Hijo de Dios. Más allá de esto, que podía ser una simple pretensión, la persona de Jesús, a los ojos de la autoridad judía, era una amenaza para la subsistencia del pueblo de Israel, porque criticaba la ley dada por Dios, adoptaba comportamientos que contrastaban con los usos tradicionales, debilitaba la conciencia de la elección del pueblo judío y desacreditaba a la clase dirigente. Era un hombre «incómodo» y, por lo tanto, debía ser eliminado. El desarrollo total del proceso deja entender fácilmente que los motivos de la condena carecen de todo fundamento.
Sin embargo, siguiendo una lógica incomprensible, Jesús se somete a las reglas de un juicio sucio y no reacciona. Actúa con plena conciencia y lucidez; es más, lo sabe, lo había previsto.
Jesús
chocó con algunas fuerzas poderosas de la sociedad, «eligió la muerte» o -dicho
con el lenguaje del Evangelio- «tomó su cruz». Jesús quiso asumir la condición
mortal de cada hombre, a fin de liberar al hombre del poder de la muerte debida
al pecado. Su muerte no fue casual, ni una trágica fatalidad. El la había
anunciado a los discípulos para prevenir el escándalo que pudiera suscitar en
ellos. Experimentó el miedo a la muerte y se sintió ante ella turbado, como
también se había turbado ante el sepulcro de Lázaro; suplicó al Padre que podía
preservarlo y, finalmente, aceptó ese cáliz amargo con un gesto supremo de amor
infinito.
La Pasión no es la historia de un condenado a muerte, sino el camino de la manifestación mesiánica de Jesús; es epifanía de su gloria. Esta observación nos hace comprender que el relato no fue escrito por extraños o por personas neutrales ante los hechos, sino por hombres que participaban en primera persona en las consecuencias del acontecimiento en su totalidad. Ésa es la causa de que el relato de la Pasión esté atravesado por un estremecimiento de vida y de que la luz de la resurrección se filtre en el esbozo del sufrimiento.
El relato en su conjunto presenta una novedad con respecto al resto del evangelio. Mientras que la vida pública de Jesús está dividida en diferentes episodios presentados con frecuencia de manera aislada uno tras otro, la Pasión presenta un cuadro homogéneo firmemente organizado. Ello se debe a que esta narración fue la primera en ser recogida y puesta por escrito. Lo confirma, de una manera indirecta, el evangelio de Juan, que, aunque acostumbra a mostrarse autónomo y original en la presentación del material, y difiere de los otros tres, se alinea con los otros evangelistas al presentar su relato.
Basado en la introducción de “Relatos de la Pasión” de Editorial Verbo Divino, Navarra 2006