Pascua de Nuestra Señora E Ignacio de LOYOLA

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En un análisis sobre los títulos con los que Ignacio se refiere a María en el texto de sus Ejercicios Espirituales, destaca el relieve preferente que da al título de «Nuestra Señora», así como la selección de los «misterios marianos» y de los «puntos» dentro de cada misterio seleccionado.

Se puede percibir que Ignacio no se contenta con enfocar el texto evangélico de cara a su contemplación, sino que su intención es, «tomar el fundamento verdadero de la historia», desentrañar y proponer su sentido salvífico: el de la salvación obrada en María, «obra perfecta de la gracia», y el de la nuestra, a la que María colabora  asociada a su Hijo «en la pena y en la gloria» de su camino pascual.

El silencio escriturístico sobre la «aparición» del Resucitado a su Madre ha sido comentada por los Padres de la Iglesia, y se ha consensuado desde un principio, que debe ser meditada a luz de la «inteligencia de la fe» de la comunidad creyente, acto testimoniado con gran riqueza, sobre todo, en la Iglesia Oriental.

Ignacio, recogiendo la tradición de esta «inteligencia de la fe» («la Escritura supone que tenemos ese entendimiento»), nos invita a entrar en ella leyendo y meditando el misterio, ya que ni el acontecimiento resurrección ni el acontecimiento aparición a Nuestra Señora son descritos en las Sagradas Escrituras.

En ese sentido, Ignacio nos propone explorar el sentido pascual por la vía de la participación con María en la alegría pascual de su unión con Cristo, mediante la nueva forma de presencia de su Hijo resucitado en ella. Presencia por la que «María dio su consentimiento para la Encarnación del Verbo en ella.

Más profundamente aún que en la Anunciación (. ..) el Señor resucita en ella para la eternidad. Revive en ella. Y ella lo experimenta como Pascua, porque, gracias a Él, revive y resucita.

Sólo la inteligencia de la fe puede comprender esta nueva presencia espiritual. Esta «aparición» no sucede «fuera» ni para el kerigma (primer anuncio del Evangelio), como en los apóstoles, sino «dentro», como la de un ser que será habitada gratuitamente, y habrá de caracterizar en adelante al discípulo de Jesús.

María, como primera creyente de su Hijo crucificado, experimenta de una manera única al «Cristo que habita por medio de la fe» y vive de una manera nueva la existencia del discípulo del Señor resucitado. Así se convierte en icono de la fe para cuantos, por «creer sin haber visto», son introducidos por el Señor en su gran Pascua. Y, tomando posesión de esta vida para la Iglesia, se convierte en paso de nuestra humanidad pecadora a la nueva humanidad de Cristo resucitado.

El Resucitado, aparecido en la fe de Nuestra Señora, la convierte en fuente e icono de la fe de la Iglesia, «porque en ella, unida de una manera única al misterio pascual, es alumbrada la fe de la Iglesia jerárquica y sacramentalmente articulada» y en ella es anunciada «la gran Pascua del Señor como la única consolación de la humanidad».

Extractos de las Conferencias sobre Cursos Ignacianos, organizado por el CIS, en Roma los años 1985 y 1987