MARÍA, PARADIGMA DE LA MEDIACIÓN DE JESUCRISTO, DEL ESPÍRITU Y DE LA IGLESIA
La
encíclica “Redemptoris Mater” habla
de la mediación materna de María, presentándola como la «esclava del Señor.
En la anunciación le fue revelado a María quién era el único mediador entre
Dios y los hombres: aquel que seria el hijo de sus entrañas por obra del Espíritu.
Al
aceptar sin condiciones la maternidad, María aceptó al mediador, al Hijo del
Altísimo. María se sometió totalmente a la voluntad de Dios (Lc 1,38). Este
es «el primer momento de sumisión a la única mediación, la de Jesucristo: la
aceptación de la maternidad por parte de la virgen de Nazaret» .
Por
su fe, María fue «la compañera singularmente generosa» de Jesús. Le siguió
radical y totalmente. Su vida fue un constante asociarse a Jesús, como la
primera discípula y seguidora, «María entraba de manera muy personal en la única
mediación entre Dios y los hombres, que es la mediación del hombre Cristo Jesús».
Sin
Jesucristo, María habría sido como un sarmiento cortado de la vid, como una
esclava sin redentor, como un vientre materno sin fruto, como una mujer sin
gracia de Dios. Todo lo que ella era, se lo debía a Él. Todo lo había
recibido de Dios por medio de Él.
La
existencia de María estuvo caracterizada por tres momentos pentecostales:
Ø
el Pentecostés de la encarnación,
Ø
el Pentecostés eclesial, y
Ø
el Pentecostés de su resurrección-ascensión.
En
el Pentecostés particular de la Encarnación, María fue cubierta por la sombra
y la fuerza del Espíritu en orden a la maternidad divina. En la Virgen se
revelan el Hijo y el Espíritu.
La
comunicación del Espíritu a María no fue transeúnte, ni meramente funcional,
pues esas no son las características del Espíritu; hay que recordar lo que
dice San Pablo: «los dones de Dios son irrevocables» (Rom 11,29).
¿No
es el Espíritu del Nuevo Testamento el Don de Dios por excelencia?
El
Espíritu que la hizo madre del Hijo de Dios, de Jesús, permaneció en ella
como permanente fuerza creadora, como continua fuente de maternidad y de acogida
de la vocación del Padre.
Por
la fuerza del Espíritu, María vivió como un «fiat» incesante. No sólo se
convirtió en Madre, también en Creyente, como lo reconoció, movida por el Espíritu,
Isabel. Bajo la fuerza del Espíritu, María proclamó el Magnificat, e hizo de
su vida un Magnificat existencial.
El
Espíritu la llevó, al templo donde escuchó la profecía de la espada que
atravesaría su alma, al templo hubo de acudir para buscar al Hijo perdido, el
Espíritu la mantuvo firme en las pruebas de la fe, el Espíritu la llevó al
monte del Calvario.
Y
el Espíritu suscitó en ella la respuesta obediente: la hizo vivir de la
Palabra que sale de la boca de Dios, acoger la voluntad del Padre hasta la
muerte, adorarle como Dios único.
La
venida del Espíritu Santo en la anunciación no se redujo, pues, a la sola
concepción y dar a luz; después de la concepción, María no quedó privada de
la gracia. El Espíritu Santo «no la abandonó después del nacimiento de
Cristo, sino que permaneció con ella por todos los siglos, con toda la fuerza
de la anunciación. Por esto, su maternidad divina, su relación con el Verbo
encarnado, dura eternamente».
Las
relaciones históricas entre María y Jesús fueron correlativas a las
relaciones entre María y el Espíritu. El Espíritu, presente en María, tenía
su lugar natural en Jesús. El Espíritu actuaba en María desde Jesús.
María,
movida por el Espíritu, como fiel discípula, supo ir recreando sus relaciones
con Jesús a medida que el Reino se iba manifestando: supo ser madre primero,
discípula después, madre espiritual del discípulo y participó maternalmente
en su pasión salvífica. También el Espíritu se ocultó para ella, cuando
llegó el momento del despojo supremo del Hijo en Getsemaní y en el Gólgota.
María experimentó viva la muerte del Hijo.
Junto
a la cruz estuvo María, la madre de Jesús, la discípula, la madre espiritual.
Con todas las dimensiones de su ser participó en el sacrifcio de su Hijo. El
Espíritu unificó el destino de Jesús y de María, los hizo entrar en una
comunión interior inimaginable. Ambos entraron en la noche del Espíritu.
Cuando
aconteció el Pentecostés eclesial, allí estaba María para acoger un nuevo
proceso de unificación de destino. El Espíritu, que la había unificado a
Cristo, hace que ahora comparta el destino de la Iglesia. Sobre la primera
asamblea eclesial, de la que ella forma parte, desciende el viento impetuoso y
las llamaradas ardientes del Espíritu.
El
Espíritu-sombra-fuerza que había descendido sobre ella en la Encarnación, se
convirtió en el Pentecostés eclesial en Espíritu-viento-fuego que lanza y
derrama a la Iglesia sobre el mundo. Jesús les había prometido a los discípulos,
y entre ellos a María: «Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis
bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hech 1,5).
Junto
con todo el pueblo de Dios, mientras oraba, María fue bautizada y el Espíritu
Santo bajó sobre ella en forma de llamarada de fuego. Así quedó
convertida en la gran Testigo de Jesús, en un símbolo precioso para los
discípulos, que la acogieron para formar parte de su mundo espiritual.
La
presencia de María en el Pentecostés eclesial revela la profunda e intima
sintonía que se estableció entre María, los Doce y todos los demás
creyentes. El Espíritu se manifestó como una persona en muchas personas. María,
identificada con el Espíritu, comenzó a realizar el ministerio espiritual de
la caridad que unifica.
La
presencia de María en la Iglesia, tras la ascensión, se caracterizó por su
silencio y el olvido de sí. Obedeció el querer del Padre al recibir el Espíritu
divino y conservó este don, que la hizo digna de la glorificación y la preparó
para recibirla.
María,
la esclava del Señor, gustó la muerte natural y humana y fue resucitada por su
Hijo en virtud del Espíritu Santo. En la madre de Dios se pre-realizó aquella
transfiguración del mundo y aquella glorificación de la creación que habrán
de cumplirse en el eschaton: El cuerpo y el alma de María han recibido la
consagración total del Espíritu, que es comunión-amor. En el Espíritu, María
es un corazón que no deja de amar. El amor la aproxima a nosotros; el Espíritu
le permite hacerse presente en el hondón de nuestra alma. Y, en su misterioso
acercamiento,
María es "portadora de aromas"; por la resurrección,
la identificación con su Hijo Jesús ha llegado a su plenitud; la cercanía de
María, mucho más que durante su vida histórica, nos evoca a Jesús, nos
comunica a Jesús; ella no interfiere, es pura transmisión. Por eso, la
presencia de María no estorba la comunicación con Dios; su presencia siempre
es discreta, silenciosa, transparente. En ella se nos revela un misterio: «Dios
no ha querido aproximarse a los hombres sin los hombres».
En su ser personal, María, desde la Encarnación hasta la Asunción, va siendo
cada vez más perfecta transparencia de la revelación del Espíritu Santo. Hay
dualidad de naturalezas, divina y humana , dualidad de hipóstasis, el Espíritu
y María, pero transparentes la una a la
otra, hasta tal punto que una deviene manifestación y revelación de la otra,
Pero
María no es equiparable al Espíritu en el aspecto de la mediación. María
tiene acceso al Padre por Cristo gracias a la mediación del único Espíritu
(cf. Ef 2,18).
María
nunca es una persona en muchas personas; no habita inmediatamente en nosotros;
no es «el nosotros» donde se realiza el encuentro con Dios y con los hombres.
No tenemos acceso inmediato a ella, la glorificada, a no ser «mediante el Espíritu
y mediante Jesús el Señor».
No
es equiparable la función de Paráclito del Espíritu y la función de Abogada
de María. La intercesión de María sólo puede ser concebida en dependencia de
la del Espíritu Santo, en cuanto éste es la «mediación
que se comunica a sí misma, y en subordinación absoluta a esta última».
En
conclusión, María no debe ser llamada ni proclamada «mediadora» a costa del
olvido de la mediación del Espíritu. Al Concilio Vaticano II, quizás le faltó
resaltar este aspecto fundamental, al igual que a los documentos pontificios
posteriores que tratan sobre la mediación mariana.
Lo
que se dice en los documentos conciliares sobre la relación entre María y la
mediación de Cristo, ¿no debería decirse igualmente de la mediación del Espíritu?
La función materna de María en manera alguna oscurece o disminuye la mediación
del Espíritu, sino que es un signo de su poder; y Ella depende en todo del Espíritu.
Desarrollo
basado en el libro de José Cristo Rey García Paredes, titulado “Mariología”,
publicado dentro de la serie de manuales de Teología de la Biblioteca de
Autores Cristianos, Madrid 1999.