¿Para ti quien soy?
Esta
pregunta se la hizo un día Jesús a sus más cercanos. En realidad, todo
bautizado, antes o después, está llamado a enfrentar, en carne propia y en la
soledad del corazón, esa pregunta.
Imagina estas escenas y ve cómo la pregunta está allí. El o la novia que le dice a su futura pareja, que para él o ella no es negociable casarse por la Iglesia, por el sacramento del matrimonio. Es lógica la pregunta del otro ¿por qué?
Qué pobre respuesta sería desde el punto de vista cristiano decir que así se usa en su familia, que si no sus papás no aceptarían, que la presión social, que lo importante es salir de su casa vestida de blanco,...
O este otro escenario, el hijo que en buen plan, le pregunta a los papás, ¿por qué se bendice la mesa en su casa o por qué lo llevan al catecismo, o por qué la corona de Adviento?
O este otro, cuando los compañeros en la oficina inviten a la persona a irse de farra una tarde y el invitado le expone hasta qué hora y hasta qué tanto está dispuesto a acompañarlos, y le preguntan ¿por qué?, con ironía y tono descalificador.
O el mismo escenario no con una farra, sino con un acto de corrupción.
Con cuánta frecuencia nuestras respuestas son balbuceos morales inconexos, titubeantes, apenados.
-En
realidad los problemas que enfrenta hoy por hoy la Iglesia o dicho de manera
mejor y más precisa, los problemas que enfrentamos tu y yo para ser sal, luz y
levadura en medio le la sociedad, es porque, atrás de todas esas preguntas, no
podemos contestar con claridad y lucidez que
la
razón de fondo es que nuestra relación personal con Cristo nos induce a tener
otro tipo de conducta.
Y cuando entonces se nos formule explícitamente la pregunta ¿pues quien es Él para ti? podamos responder desde la entraña más profunda: es el amor que le da sentido a mi vida.
Los apóstoles, que oyen la pregunta por vez primera y quedan enfrentados a tener que entrar en su corazón para decidir quién es Jesús para cada uno de ellos, contaban a su favor con una serie de datos de primera mano que podían fundamentar su decisión.
Nosotros, al contrario de ellos, no tenemos esos datos personales, no contamos con una serie de pequeños encuentros que alimenten el primer gran encuentro.
¿Cuántos de nosotros, bautizados, conocemos a Jesús por los ojos de un tercero? Terceros que pueden ser de diferente calificación como reveladores de Jesús, pero que, finalmente, son intermediarios entre Jesús y yo.
El tercero de una novela escrita precisamente para ser vendida, y mucho, y por lo mismo, el vendedor argumentó de Jesús que tiene un hijo con María Magdalena, o una película que es más honesta en su intención, pues busca dar a conocer masivamente a Jesús, pero exagera en su presentación, el drama y la sangre. O la homilía del domingo, ajena, poco clara o poco propositiva. O el libro piadoso que asocia a Jesús con mi búsqueda de paz o el curso que me dan en el movimiento del que soy parte o... Pero, finalmente, es un conocer a Jesús indirectamente.
Terrible
e inútilmente conocemos a Jesús así, porque no tenemos posibilidad real de
responder ¿para ti yo quien soy? o su paralela, ¿para ti Él quien es?
La Sagrada Escritura me lo dice a mí con claridad, cuando me pongo en contacto con el texto del Evangelio y me abro a ser tocado por ese texto.
Y en ese esfuerzo cotidiano de abrir el corazón, para entrar en un contacto personal con el Jesús del Evangelio, un día, yo también, como los apóstoles, tendré fundamento propio para entrar en mi corazón y decir, con bases firmes, quien es Él para mí.
Un día, después de un tiempo de tocar y dejarme tocar por el Evangelio, podré decir como Job, te conocía de oídas pero ya no, ahora yo te he visto y tú eres para mí...
Sumados los cuatro Evangelios son tan pequeños y sin embargo, allí está el núcleo al que tiende y del que mana toda la Palabra de: Jesús.
A Pablo, la Palabra que conocía como fariseo, lo llevó a Jesús y con ella alimentó ese encuentro tan personal que tuvo, antes de salir a predicar que él no conoce más que a Cristo, y particularmente, a éste crucificado.
Inspirado en la Revista de la Cruz No. 1025 de julio-agosto 2009. Publicación de Editorial La Cruz.