PARA LA NAVIDAD

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Esta reflexión está orientada a disponernos a recibir a Jesús, que nace, el día de Navidad, en nuestros corazones, pues así como eternamente nace el Verbo del seno del Padre, así está naciendo constantemente en nuestros corazones; y habiendo ya nacido, quiere volver a nacer. ¿No es la vida espiritual como un trasunto de las operaciones íntimas de la Santísima Trinidad?

Pero de una manera especial, cada año en la fiesta litúrgica de la Navidad, Jesús quiere nacer en nuestros corazones. La Liturgia no es solamente una conmemoración de los misterios que nos va representando la Iglesia, sino también una renovación mística de esos mismos misterios. De manera que no sólo recordamos la noche de Belén, sino que verdaderamente ese misterio se repite en cada alma que se encuentre bien dispuesta.

Debemos pensar, por consiguiente, que Jesús va a nacer en nuestras almas; ha nacido ya, repito, pero en esta noche bendita de una manera especial va a nacer en nosotros y es preciso que nos dispongamos para ese nacimiento.

Ahora, para tener una pista sobre lo que debemos hacer, vamos a reflexionar, sobre lo que hizo el Padre Celestial para preparar el Nacimiento de su Hijo en la tierra.

En el transcurso de los tiempos, obviamente hizo muchas cosas: la sucesión de los Imperios, la serie de revelaciones y profecías, las figuras de Cristo, etc.... Todo eso fue una larga preparación.

Pero para facilitarnos las cosas, enfoquémonos a lo que hizo ya cuando Jesús estaba ya próximo a nacer; y pensemos que tal vez a ejemplo de lo que Él hizo, es lo que tenemos que hacer nosotros para que Jesús nazca en nuestros corazones la próxima Navidad.

Pues bien, para que Jesús naciera en la tierra, el Padre le preparó desde luego un pesebre. Esto parece algo raro. Si nosotros hubiéramos tenido que prepararle a Jesús un lugar para que naciera, lo hubiéramos hecho de una manera muy distinta, no sé qué palacio hubiéra­mos ido a escoger; el divino Padre buscó un pesebre, una gruta estrecha, sucia, mal oliente, que era morada de animales...

Porque es preciso que nos demos cuenta que el lugar donde nació Jesús, no es el Belén estilizado que vemos en las estampas, con palomas y ángeles y todo muy bien dispuesto y muy artístico, no; ese lugar era el refugio para las bestias, como lo dice el Evangelio; un lugar “feo”.

Ahora bien, si el Padre le preparó a su Hijo un pesebre, ¿por qué nosotros no se lo hemos también de preparar?

Si tuviéramos que prepararle un palacio, diríamos: no puedo; pero cuando vemos que lo que necesita es un pesebre... eso sí se lo podemos muy bien ofrecer.

Eso tal vez sí lo tengo; probablemente mi corazón es semejante al lugar donde nació Jesús: pobre, sucio, vacío, desprovisto de todo...Desde luego podemos pensar: si Jesús no desdeñó nacer en un pesebre, no desdeñará tampoco nacer en nuestros corazones.

Pero no es sólo eso, sino que El escogió aquel lugar precisamente por pobre, por desmantelado. Si hubiera estado muy arreglado y provisto de lo necesario, Jesús no hubiera nacido allí.

¿Por qué? El lo sabe. El puede decirnos dónde está el secreto de esa tendencia que Nuestro Señor tiene a todo lo pobre. El gusto de Jesús de nacer en un lugar muy pobre, muy humilde, muy pequeño, es para nosotros un consuelo, porque en cierto sentido, nos da la seguridad de que no desdeñará nacer en nuestros pobres corazones.

Por consiguiente, debemos pensar que no son obstáculo nuestras miserias, ni nuestra pequeñez, ni nuestra nada, para que Jesús nazca en nuestros corazones.

Digámoslo de una vez: no sólo nace Jesús en el corazón de los santos, sino que nace también en las almas imperfectas; con tal que se purifiquen, no hay obstáculo para que Jesús nazca en ellas; lo único que Él quiere es buena voluntad, buena disposición, como lo cantaron los ángeles cuando nació.

Luego, ¿qué se necesita que hagamos? Una sola cosa: querer tener buena voluntad. Si queremos, Jesús nacerá en nuestras almas. ¿Qué tenemos muchas miserias? No importa. El eligió para nacer un lugar de miserias.

¿Qué tenemos muchas faltas? No importa; el lugar donde Jesús nació estaba sucio.

¿Qué no tenemos virtudes para adornar nuestra alma? No importa. Escueto y vacío estaba el lugar donde Jesús nació...

Reiterando, no son obstáculo nuestras miserias para que Jesús venga a nosotros, sino que son precisamente un motivo especial, un motivo irresistible para que se nos acerque.

¿Por qué le gustan? tal vez no pueda explicarlo, pero eso es su gusto. Así como acá en la tierra hay gustos raros, que no podemos explicar, pero que existen; así también, no podríamos explicar esa predilección de Jesús, pero es un hecho que le gustan las miserias.

¿Quién pensaba en aquella gruta, en aquella misma noche en que iba a nacer Jesús?... los mismos pastores, si pasaron por allí dirigían a la gruta una mirada distraída. De manera que el olvido, el desprecio con la suciedad, con la pobreza, estaban reunidos en aquel lugar donde eligió Jesús para nacer.

Y durante toda su vida no ocultó su afición a las miserias humanas. Vivió en un pueblecillo que tenía mala fama, porque cuando a Natanael le dijeron que Jesús, el Mesías, era de Nazareth, replicó con asombro: "¿Pues qué, de Nazareth puede salir algo bueno?"

Pasó 30 años de los 33 que duró su vida mortal en la casa de un obrero, en la pobreza, no en la miseria, pero sí en la penuria y en el olvido. Cuando salió a la vida pública y quiso escoger a sus Apóstoles, no eligió a sabios ni a ricos, sino a los más pobres e ignorantes. Y luego entre las multitudes que le seguían. Nuestro Señor no disimulaba su afición por aquellas personas que tenían más miseria. ¿No comía con los pecadores?... ¿No permitió que una pecadora pública estuviera a sus pies y bañara sus sagradas plantas con sus lágrimas y las enjugara con su cabellera?...

Y lo que entonces hizo y los gustos que entonces tuvo es natural que los conserve todavía, pues El no cambia. Y esto se ve todos los días. Tiene una afición muy especial por las almas más miserables, se diría que cuando son mayores las miserias que encuentran en un alma, su Corazón ternísimo no puede resistir y va hacia ellas.

El siempre se acerca a las almas, pero por las almas más miserables siente un atractivo especial. Jesús viene a curarnos, a limpiarnos. Lejos pues, de ser obstáculo nuestras miserias, son un atractivo para Él. Podemos estar enteramente seguros de ello.

Claro está que un lugar miserable como el pesebre se puede transformar. Estoy seguro que la Virgen Santísima y San José lo han de haber transformado, en aquella noche bendita, en cuanto era posible.

Pues bien, eso mismo debemos hacer nosotros. Nos debemos dedicar a limpiar más y más nuestro corazón; pero no nos apuremos, queriendo que quede nuestro corazón como un palacio; no, es un pesebre, y los pesebres se asean, pero sólo hasta cierto punto; no puede, sin embargo, quedar como un palacio de mármol.

Así debemos asear nuestro corazón, poniendo todos nuestros esfuerzos en` purificarlo; pero lo repito, no nos apuremos, si queda polvo y basura, que sea la menos posible, aunque no quede tan puro, tan limpio como lo deseáramos.

¿Cuál fue la verdadera transformación que recibió en aquella noche el portal de Belén? Fue una transformación de amor.

Cierto que al nacer Jesús no encontró riquezas, ni ninguna de las cosas que tanto estiman los hombres; encontró un pobre pesebre, pero caliente. Más que el buey que en la leyenda se dice estaba calentando con su baho el cuerpo tIernÍsimo de Jesús, lo que lo calentaba verdaderamente era el amor de aquellas almas, la ternura de María y de José.

Eso mismo debe encontrar Jesús en nuestros corazones. También debemos poner fuego en ellos, nuestros corazones son el pesebre sucio, vacío, humilde, pero que esté caliente. Lo único que lo calienta es el amor; no quiere más, no necesita más.

¡Si precisamente eso es lo que vino a buscar al mundo, si por amor eligió lo más despreciable! Calentemos, calentemos la morada de nuestros corazones; amemos a Jesús, amémoslo más y más, multipliquemos los actos de amor.

Qué cada día lo amemos más, lo amemos mejor; y así nuestro corazón estará caliente y será un lugar propicio para que nazca Jesús, nuestro Salvador.

Inspirada en una meditación propuesta por Monseñor Luis María Martínez, que fue Arzobispo Primado de México, y cuya causa de beatificación está en proceso.