PABLO, COMUNICADOR POR VOCACIÓN

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Pablo se convirtió en mediador y heraldo de aquella revelación de la que había sido previamente destinatario. Y no se trató de una elección propia, sino de una vocación recibida.

En la apertura de sus cartas, Pablo dice ser «apóstol por voluntad de Dios», y haber sido «llamado a ser apóstol por vocación» (Rm 1,1; 1Cor 1, 1). Esta aclaración de Pablo es a la vez polémica y apologética. A quienes ponen en discusión su enseñanza y su liderazgo, Pablo ha de decirles que todo cuanto dice y hace no es fruto de su propia iniciativa, y mucho menos de su arbitrio; antes bien, proviene de una precisa voluntad y disposición de Dios. Esta afirmación, es de por sí, verdadera, independientemente de la polémica y de las necesidades retóricas que la provocan.

El es apóstol porque en Damasco fue conquistado, iluminado y enviado, en un momento en el que, en realidad, pensaba ser depositario de otro «encargo» divino bien diferente. En el anun­cio privado y público que lleva a cabo, anuncia a Cristo y al Evangelio que antes perseguía con encono (He 9,4-5; 22,4.7-8; 26,14-15) y va fundando iglesias de ciudad en ciudad, mientras antes intentaba devastar las de Palestina con todas sus energías (Gál 1,13).

El, que, desde su juventud, había rivalizado con sus coetáneos en cuanto a su celo por «el judaísmo» (Gál 1,14), y que habría proseguido su carrera orgulloso y colmado de títulos y privilegios judíos (Flp 3,4-6), es ahora apóstol de Cristo en beneficio de los filipenses, de los corintios o de los efesios, etc., los cuales, de no haberse producido el encuentro de Damasco, nunca habrían entrado en sus planes.

Pablo es, por consiguiente, una persona llamada a comunicar un mensaje que no es suyo a personas que nunca habría escogido como su auditorio, pero que, sin embargo, se han convertido ya en sus interlocutores de forma definitiva e irrevocable: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes ni las futuras, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,35.37-39).

Comunicador por vocación, se puede decir que Pablo se identificó con el mensaje que por­taba. El escribió: «Y ya no vivo yo, pues es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). Podría haber escrito igualmente: «No soy yo quien vive. Es el Evangelio el que vive en mí».

Pablo, más que conversión desde el judaísmo,
maduración del mismo judaísmo

El acontecimiento de Damasco, al tratarse de una experiencia esencialmente mística y sobrenatural, no es susceptible de ser narrado ni explicado. En 2Cor 12,2-4, el mismo Pablo reconoce no tener palabras para describir una experiencia análoga, la de su rapto «al tercer cielo», «al paraíso». En cual­quier caso, para poder ilustrar de algún modo el indescriptible suceso de Damasco, el autor de los Hechos y el mismo Pablo recurren sobre todo al lenguaje bíblico, con la ventaja añadida de poder situar así dicho evento en el marco de la historia de la salvación.

Pablo, de hecho, no presenta una crónica de la propia experiencia damascena en ninguno de los textos en los que alude a la misma. Sus fugaces referencias, a veces de sólo dos o tres palabras, no nos ayudan a responder a ninguno de los numerosos interrogantes que se plantean sobre las circunstancias que rodean ese evento: ¿dónde?, ¿a qué hora?, ¿en compañía de quién?, ¿y después?

En sus textos no aparece reseñado nombre alguno. En realidad, el nombre de la ciudad de Damasco se puede deducir sólo si se discurre con sutileza sobre Gál 1,17, donde Pablo afirma: «...en lugar de ir a Jerusalén a ver a los que eran apóstoles antes que yo, me fui a Arabia y luego volví a Damasco». Poco des­pués, se hablaba por doquier de lo sucedido: «las iglesias cristianas de Judea oían decir: "El que antes nos perseguía, ahora anuncia la fe que tra­taba de destruir"» (Gál 1,22-23); «...y todos se quedaban estupefactos y decían: "¿No es este el que perseguía en Jerusalén a los que invocan ese nombre?"» (He 9,21).

En distintas ocasiones, el Apóstol utiliza el lenguaje de la vocación profética, de las teofanías, de la revelación escatológica, de la conquista militar, de la competición deportiva o de la inversión de la escala de valores. Pero la idea de conversión aparece ajena en los textos paulinos, más aún que en las tres narraciones de los Hechos de los apóstoles. Por lo tanto, el énfasis que tradicionalmente se ha puesto en la imagen del perseguidor convertido, aunque resulta comprensible desde el plano apologético y edificante, no por ello deja de ser restrictiva.

Pensándolo bien, Pablo no se muestra en Damasco como un pecador que reencuentre el sendero del bien. De sí mismo decía: «En lo que se refiere a la justicia que viene del cumplimiento de la ley, [siempre he sido] irreprensible» (Flp 3,6). En su caso, no se trata tampoco del paso de una religión a otra: él no consideraba el cristianismo como una religión nueva, distinta del judaísmo. En efecto, incluso después del acontecimiento de Damasco, Pablo no deja de ser hebreo de raza y de religión.

Más bien considera Damasco como el momento en que su fe alcanza su madurez y plenitud. Si los judíos no aceptan pasar a través de idéntica maduración mesiánica, serán ellos, en la práctica, quie­nes renegarán de su misma religión: «Serán ellos quienes se "conviertan", o mejor, se "perviertan"».

Más que una persona convertida, por tanto, Pablo fue una persona llamada. Y en todo caso, «más que al cristianismo, Pablo se convirtió a Cristo».

Inspirado en “Pablo, Comunicador. Entre interculturalidad y globalización” de Gincarlo Biguzzi, editado por San Pablo, Madrid 2008.