ORACIÓN DEL HOMBRE Y PALABRA DE DIOS

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«Mi compañía son las tinieblas» ¿Qué poeta fue el que pudo escribir un verso de tan absoluto pesimismo? No es necesario buscar mucho tiempo: es el autor del Salmo 87, que se recita en las Completas del viernes.

Pero la Oración de la Iglesia también nos hace decir: «¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo», del Salmo 62, en las Laudes del domingo, o bien: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad» (Salmo 50, del viernes en la mañana), o también: «Den gracias al Señor porque es bueno: porque es eterna su misericordia» (Salmo 135).

Partiendo del sentido literal, el que recita los salmos fija su atención en la importancia del texto para la vida del creyente (...) Pero sea lo que fuere de su origen histórico, cada salmo tiene un sentido literal que incluso en nuestros tiempos no podemos desatender. Pues aunque tales cánticos traigan su origen de los pueblos orientales de hace bastantes siglos, expresan, sin embargo, de un modo adecuado el dolor y la esperanza, la miseria y la confianza de los hombres de todas las edades y regiones, y cantan sobre todo la fe en Dios, la revelación y la redención (Ordenación General de la Liturgia de las Horas, OGLH n. 107).

La oración de la Iglesia ya está toda escrita y compuesta en el momento que nosotros tomamos el libro. En los himnos, los salmos, las lecturas, las intercesiones, las oraciones... está conformada por todo lo que constituye la vida de los hombres. Ciertamente, principalmente en los salmos, es necesario hacer ciertas adaptaciones del pensamiento: el Templo de Jerusalén ya no existe, las espadas y los escudos se han transformado en misiles y anti-misiles, el Jordán no está cerca...

Pero las interrogaciones del hombre, sus incomprensiones, incluso sus dudas frente a la muerte, al mal, ¿no siguen acaso ahí, a veces hasta el punto de la rebelión? ¿Acaso ya no hay nadie que pida ayuda, que emita gritos de súplica, que tenga miedo? ¿No hay ya seres humanos aplastados, sin voz, en tanto que otros gritan su admiración, se maravillan, cantan su alegría, su alabanza, su alegría por estar juntos y dan gracias por ello?

Tal vez alguno u otro de estos sentimientos no nos lo podamos apropiar cuando oramos, o por lo menos, no en forma personal. Pero es justamente ahí donde se revela la veracidad y la fuerza de esta oración como Oración de la Iglesia. Alguien llora en el mundo y yo lloro con él ante Dios. Alguien canta su alegría en el mundo y yo canto con él ante Dios.

En la Oración de la Iglesia toda la gama, toda la abundancia de los sentimientos humanos confluye en nosotros para que se los presentemos a Dios.

Para fomentar la variedad y, sobre todo, para expresar mejor las distintas necesidades de la Iglesia y de los hombres según los diversos estados, grupos, personas, condiciones y tiempos, se proponen diversas fórmulas de preces para cada uno de los días... (OGLH, n. 183).

Si la experiencia consiste en probar personalmente la realidad de una cosa, entonces la Oración de la Iglesia es una fuente continua de experiencia, no sólo la experiencia individual del que ora, sino también la experiencia personal de todo lo humano que se vive, en este instante, y que viene a habitarnos al proporcionarnos palabras para expresárselo y decírselo a Dios.

Por esta oración, no cesamos de devolverle a Dios lo que la humanidad nos da. Por esta oración la Iglesia no cesa de hacer la experiencia de lo humano que tiende hacia Dios.

Quien recita los salmos en nombre de la Iglesia siempre puede encontrar un motivo de alegría o de tristeza, porque también aquí tiene su aplicación aquel dicho del Apóstol: «Con los que ríen, estén alegres; con los que lloran, lloren», y así la fragilidad humana, indispuesta por el amor propio, se sana por la caridad, que hace que concuerden el corazón y la voz del que recita el salmo (OGLH, n. 108).

Artículo: LA ORACIÓN DE LA IGLESIA AL RITMO DE LAS HORAS del Centro Nacional de Pastoral Litúrgica de Francia, Célébrer, 308 (Francia)