Nadie
echa vino nuevo en odres viejos; pues de otro modo, el vino reventaría los
odres, y se echarían a perder tanto el vino
como los odres; el vino nuevo, en odres nuevos» (Mc
2,22).
Para
quienes jamás hemos visto un odre o ignoramos los
procesos de elaboración del vino, tal ejemplo nos resulta poco iluminador.
Si Jesucristo hubiera predicado en este tiempo, nos habría
dicho: «nadie instala Windows XP en una computadora 286».
Se
trata, entonces, de la relación entre software (liquido, sistema
operativo) y hardware (recipiente, procesador). A vino nuevo, odres nuevos; a
Windows XP, procesador Pentium 4.
Con
el paso del tiempo todo odre envejece. Nuestra flamante computadora, con todos
sus adelantos, dentro de diez años
será obsoleta e inútil. Nuestra mente, apegada a sus respuestas
o seducida por la seguridad, quizá se oponga a buscar una
vez mas la verdad; nuestro corazón, acostumbrado a lo familiar o endurecido por
el egoísmo,
se resistirá a arriesgarse
nuevamente a amar.
El
Evangelio siempre es
vino nuevo. Es como un programa de cómputo del que
cada día sale una versión actualizada,
que implica mayores
requisitos del sistema. Por eso, para poder acoger
cada día el mensaje de Jesucristo,
los creyentes debemos vivir en una constante
conversión.
A
muchas computadoras se
les cambia el procesador o el disco duro, se les aumenta la
memoria... para que puedan
correr los nuevos programas.
La renovación de nuestro hardware la puede hacer
cada día -si se lo permitimos-
el Espíritu Santo.
Él
es
capaz de abrir nuestra
mente y de darnos un corazón
nuevo.
Los
cristianos hemos de
ser odres nuevos que no revienten
ante las exigencias del
Evangelio; recipientes que puedan llevar a los hombres
y mujeres de hoy, de manera completa y eficaz, el vino nuevo de Jesucristo.
Reflexión propuesta por el P. Fernando Torre Medina Mora, M. Sp. S., aparecido en la Revista La Cruz del mes de mayo del 2004.