NUESTRO TIEMPO
Desde el único acontecimiento del nacimiento-vida-muerte-resurrección de Jesús hasta la parusía, todos los años son iguales para nosotros los cristianos: nos encontramos, en efecto, en los últimos tiempos, entre un «ya», acaecido en Jesucristo, y un «todavía no», esperado por toda la humanidad.
Estos
«últimos tiempos» no tienen nada de amenazador, ni de catastrófico para el
hombre ni para la creación: no son el «chronos» que devora a sus hijos, sino el
«kairós», el tiempo propicio iniciado por Cristo y que cualifica a todo el resto
del tiempo.
Deben aparecer, por consiguiente, como un tiempo de gracia, como el tiempo favorable, como el día de la salvación en el que acoger la fe y vivir de ella.
En consecuencia, este tiempo es siempre un «hoy», el hoy de Dios en el hoy de nuestra vida vivida, el hoy que Dios fija de nuevo para nosotros [...].
Así es como el cristiano conoce y vive el tiempo: éste es siempre un «hoy», es siempre un «tiempo favorable» (2 Cor 6,2), es siempre un tiempo dejado por Dios para la conversión y para vivir de un modo bello y bueno en comunión y solidaridad con todos los hombres.
Eso
significa aprovechar el tiempo y hasta, como escribe Pablo (cf. Ef 5,16),
redimir, rescatar, salvar el tiempo como hombres provistos de sabiduría. Y
nuestro tiempo, precisamente porque está marcado por el hoy de Dios, es un
tiempo abierto a la eternidad, a la vida para siempre [...]. Si Dios está en el
inicio de mi tiempo, si el Dios-hombre está en la plenitud del tiempo, ¿cómo
podría no estar al final de mi tiempo? Si Cristo «es el mismo ayer, hoy y
siempre», ¿cómo podríamos no estar con él para siempre nosotros, que lo hemos
conocido en el tiempo, hoy?
Nuestros días tienen un término, pero tienen también una finalidad: el encuentro con el Dios que viene, la vida eterna
Obra: E. Bianchi, Obra: "Da Forestiero", Casale Monf. 1995.