Vivimos
en un mundo de engaño y mentira: funcionarios públicos y políticos hacen
promesas que no están dispuestos o que no son capaces de cumplir, comerciantes
que estafan a sus clientes, testigos que hacen declaraciones falsas...¿Y acaso
nosotros no mentimos también? ¿Cuáles son nuestras mentiras mas frecuentes?
En
algunas culturas la mentira ha dejado de considerarse como algo malo; sólo es
mala si se llega a descubrir. A veces, incluso, es motivo de orgullo tener la
astucia suficiente para mentir sin ser descubierto. Y si otra persona llega a
encontrar el engaño, el mentiroso se siente ofendido, inventa excusas e incluso
ataca a quien lo desenmascaró. ¡A nadie le agrada ser considerado mentiroso!
Lo que sucede en esas culturas (familias, comunidades, empresas, países) es que cada uno desconfía de los demás, sospecha de su veracidad y se predispone para no ser engañado. Y, fingiendo, le hace creer al otro que acepta como verdadero lo que dice, cuando en realidad lo considera falso.
Si
decimos una mentira, es probable que después tengamos que decir otra para
cubrir la primera, y así sucesivamente. La mentira nos esclaviza; solo la
verdad nos hace libres (cf jn 8,32).
Cuando
Jesús se presenta a si mismo, dice: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). Mientras
que del diablo afirma: «es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). No hay
«mentiritas» ni «mentiras piadosas»; la mentira es diabólica. Por eso,
pidamos a Dios: «aleja de mi la mentira y la palabra engañosa» (Pr 30,8).
Pero que no quede todo en súplicas. ¿Por qué no nos proponemos hoy no decir ni una mentira, ni la más pequeña? E incluso, si nos descubrimos diciéndola, en ese momento detenernos y frente a quien estemos, corregir nuestra afirmación.
El
autor del artículo es el R. P. Fernando Torre Medina Mora M. Sp. S.