NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN DEL ROSARIO

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La liturgia de Nuestra Señora la Virgen del Rosario, señalada para el día 7 de octubre, forma parte de las memorias que, celebradas originariamente por familias religiosas particulares, pueden ser consideradas como verdaderamente eclesiales por la difusión que han alcanzado (Marialis cultus, 8).

El rosario apareció y se difundió entre los siglos XV y XVI. La orden dominicana se erigió en paladina del mismo. La memoria -en un primer momento fiesta- entró en la liturgia por disposición del papa dominico Pío V en 1572, como acto de reconocimiento a Nuestra Señora, a cuya intervención se atribuyó la victoria de la flota cristiana sobre la turca, más poderosa, el 7 de octubre de 1571, denominada entonces «conmemoración de Nuestra Señora la Virgen de la Victoria».

La secuencia histórica de los acontecimientos referidos por Lucas, evangelista documentado, cronista digno de crédito, discípulo convencido, son ofrecidos a la meditación del devoto de María en la memoria de Nuestra Señora del Rosario, comienza por la perícopa del evangelio (sobre la Anunciación Lc 1. 26-38) y pasa a la perícopa de los Hechos de los apóstoles (María y los discípulos en oración Hch 1, 12-14).

Estas son dos estaciones a lo largo de la peregrinación de la devoción del rosario: la primera, que da comienzo a los cinco «misterios gozosos» y el segmento entre la segunda y la tercera estación en la meditación sobre los «misterios gloriosos».

Tal colocación representa un mensaje y proporciona una metodología para la meditación.

Estos misterios se pueden circunscribir en el paso de la individualidad a la comunidad, de la contemplación a la acción.

El anuncio constituye una personalísima experiencia de Dios para la Virgen María, una estación en la abismal contemplación de la Palabra de Dios junto a Dios mismo: es un acontecimiento gozado en la soledad.

Esa soledad o experiencia individual no equivale a aislamiento; en efecto, la «anunciada» comparte las jornadas de la comunidad, la espera de la manifestación poderosa y gloriosa del Espíritu Santo. Pone en común su propia experiencia de Dios.

El anuncio constituye para María «como una subida» a las cimas de la contemplación de los misterios de Dios, un acercamiento guiado por la luz de la Palabra divina al conocimiento del proyecto que Dios pretende realizar mediante su disponibilidad.

Esa contemplación sostiene su obediente conciencia. La «anunciada» no se queda inmóvil en su sitio con el libro entre las manos, no se queda pasiva y recogida en el reclinatorio imaginado por los pintores: sino que obra en sí misma según la palabra recibida, meditada, contemplada y, a buen seguro, orada; también ella -como los otros discípulos de entonces y de siempre- actúa en la comunidad nacida del amor de Jesús y de la fe en el Cristo resucitado, de modo asiduo y en un clima de concordia, a través de la indispensable oración.

ORACIÓN

Santa María, íntegra en la fe, firme en la esperanza, sincera en la caridad, salve.

Virgen alegre en el fiel servicio a Jesús, tu hijo: sostén nuestra fe en los días de la desgana y en los días del deseo de multiplicar nuestra fe.

Virgen siempre pendiente de las necesidades de tus hermanos, iluminada por las enseñanzas y acciones de tu Divino Hijo.

Madre dolorosa en la participación en la pasión de Cristo, benéfica para nosotros: obtén misericordia para la pequeñez de nuestra caridad y para todo aumento de dolores ajenos ocasionados por nuestros pecados.

Reina gloriosa en la participación en la vida nueva con el Señor del universo: conserva firme nuestra esperanza de unos cielos nuevos y una tierra nueva, hacia los cuales nos encamina esta existencia terrena.

Virgen de Nazaret, Intercesora en Caná, Mujer del Calvario, Señora de Pentecostés: acoge la oración de tus siervos. Amén..

CONTEMPLACIÓN

Después de habérsele prometido el hijo, preguntó cómo podía suceder eso, puesto que no conocía varón. En efecto, sólo conocía un modo de concebir y dar a luz; aunque personalmente no lo había experimentado, había aprendido de otras mujeres - la naturaleza es repetitiva - que el hombre nace del varón y de la mujer.

El ángel le dio por respuesta: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo le cubrirá con su sombra; por eso, el que nazca de ti será santo y será llamado Hijo de Dios.

Tras estas palabras del ángel, ella, llena de fe y habiendo concebido a Cristo antes en su mente que en su seno, dijo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en uní según tu palabra». Cúmplase, dijo, el que una virgen conciba sin semen de varón; nazca del Espíritu Santo y de una mujer virgen aquel en quien renacerá del Espíritu Santo la Iglesia, virgen también.

Llámese Hijo de Dios a aquel santo que ha de nacer de madre humana, pero sin padre humano, puesto que fue conveniente que se hiciese hijo del hombre el que de forma admirable nació de Dios Padre sin madre alguna; de esta forma, nacido en aquella carne, cuando era pequeño, salió de un seno cerrado, y en la misma carne, cuando era grande, ya resucitado, entró por puertas cerradas.

Estas cosas son maravillosas, porque son divinas; son inefables, porque son también inescrutables; la boca del hombre no es suficiente para explicarlas, porque tampoco lo es el corazón para investigarlas.

Creyó María, y se cumplió en ella lo que creyó. Creamos también nosotros, para que pueda sernos provechoso lo que se cumplió

Del Sermón 215, 4 de San Agustín.

REFLEXIÓN ESPIRITUAL

Surge de manera espontánea pasar de la oración del Ángelus a la del Rosario. Las avemarías forman su trama.

El método de meditación de los misterios, evocados brevemente y que forman la base del rosario, está estrechamente ligado al modo con que las tres pequeñas frases del Ángelus vuelven a evocar el misterio de la encarnación.

Entre las oraciones y las devociones en honor de María, es ciertamente el rosario la más popular y, al mismo tiempo, una de las devociones en la que más se resalta el sentido de la iglesia. El rezo del Rosario orienta a Cristo por medio de María. La Virgen nos ayuda a penetrar y a vivir el misterio de Cristo tal como ella lo vivió 1 ...].

La simplicidad [del Rosario], su atmósfera de pura y auténtica contemplación, cuando se medita los misterios como partes de un solo todo, hacen del Rosario una vía fácil para extender la contemplación litúrgica a toda la vida diaria y para conducir continuamente toda nuestra vida a su fuente celestial

Autor: V. Noé, Obra: «Le devozioni mariane in armonía con la liturgia», en “La Madonna nel culto della Chiesa”, Brescia 1966.