NUESTRA SEÑORA ARRIBANDO AL CIELO

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A la llegada del Rey celestial junto a su Madre para recibir en sus divinas y purísimas manos su alma santa e incólume de toda mancha, Ella pronunció entonces estas oportunas y apropiadas palabras:

«A tus manos, Hijo mío, encomiendo mi espíritu. Recibe, pues, mi alma, que tanto amas y que preservaste de toda culpa. A ti y no a la tierra entrego mi cuerpo. Guarda sano y salvo este cuerpo en el que te dignaste habitar y cuya virginidad preservaste cuando naciste. Llévame contigo para que donde tú estás esté también yo, habitando en tu compañía. Voy presurosa hacia ti, que bajaste a mi seno sin causar detrimento alguno. Al producirse mi tránsito, consuela a estos amadísimos hijos míos, a quienes te dignaste llamar hermanos tuyos. Cuando yo extienda sobre ellos mis manos para bendecirles, otórgales también tu bendición».

Seguidamente, alzando ella las manos, bendijo a los que estaban reunidos. Entonces el Señor dirigió a la Virgen estas palabras:

« Ven a mi descanso, oh bendita Madre mía. Levántate, ven, amiga mía, la más hermosa entre las mujeres. Ha pasado el invierno y llega el tiempo de la poda» (Cant 2,10-11). «Eres toda hermosa, amiga mía y no hay en ti mancha alguna» (Cant 4,7). «El aroma de tus perfúmes sobrepuja toda fragancia» (Cant 4,10).

Después de haber escuchado estas cosas, la Virgen santa entregó el espíritu en las manos de su Hijo [...].Con David (2 Sam 6,14), saltemos de júbilo en el Espíritu, pues hoy el arca del Señor ha entrado en el lugar de su reposo. Con el príncipe de los ángeles Gabriel, exclamemos: «Salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1,28).

Salve, oh inagotable mar de gracia.

Salve, oh única libertadora de toda tristeza.

Salve, oh medicina que de todos los corazones hace desaparecer el dolor.

Salve, oh María, por cuya mediación ha sido expulsada la muerte y nos ha llegado la vida

Autor: Juan Damasceno, Obra: “Segunda homilía sobre la dormición, 10. 16, en Homilías cristológicas y marianas”, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1996.