NOVIEMBRE: MES DE LOS DIFUNTOS

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«La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones» (n 958).

Con este artículo del Catecismo de la Iglesia, comenzamos esta reflexión sobre el tema con el que solemos identificar a noviembre, el “mes de los difuntos”, el cual  tiene fuertes raíces celebrativas dentro de la piedad del pueblo de Dios. Antes de conmemorar a todos los fieles difuntos, el mes comienza con solemnidad de Todos los Santos.

Quizá la primera pregunta que nos podemos plantear es sobre el origen de este día de Todos los Santos, el cual hay que buscarlo en la dedicación del Panteón romano a santa María y a todos los mártires. Desde entonces, diversas Iglesias en distintas fechas, empezaron a celebrar a Todos los Santos.

Ya en el siglo IV en Oriente se honraba a todos los santos; la Iglesia bizantina, en particular, el primer domingo después de Pentecostés, clausurando con esta fiesta el ciclo Pascual.

Es una típica fiesta cristiana, expresión de la esperanza que nos habita: lo que Dios realiza en los santos lo esperamos nosotros, confiados en su amor, y lo vivimos ya ahora: «…somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos... vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3, 1-3).

El camino de los hijos no es otro que el camino del Hijo: él ha pasado por la gran tribulación, el mundo no lo acogió, ha sido perseguido y calumniado. Ése ha sido el camino de todos esos hermanos nuestros que han llegado a configurarse con Cristo Jesús y por ello nos ofrecen el ejemplo de su vida y su poderosa intercesión.

Esta fiesta de Todos los Santos es una fiesta familiar: la de quienes han caminado con Jesús y ahora gozan de su dicha de ahí el carácter pascual que encierra dicha fiesta. En definitiva, es el encuentro con Cristo resucitado, el Misterio Pascual, muerte y resurrección. Y es que el encuentro con Cristo es el encuentro con todos los que están con él, la realidad de la comunión de los santos en toda la plenitud.

Pero no deja de ser curioso que la fiesta de Todos los Santos se haya convertido para muchos en la fiesta de todos los difuntos, eclipsando un poco el sentido de dicha celebración. No olvidemos que es un día maravilloso para caer en la cuenta que los bautizados, estamos llamados todos a la santidad. Estoy de acuerdo de la facilidad que a todos proporciona un día de fiesta para visitar el cementerio y recordar a nuestros hermanos difuntos, pero no me parece bien ni correcto mezclar dichas celebraciones. Caer en la confusión popular de trasladar el sentido de la celebración de aquellos que "gozan ya de tu vida inmortal" con la conmemoración de todos los fieles difuntos; se tratan de cosas de orden bien distinto.

La conmemoración de los fieles difuntos nos recuerda los principales contenidos de fe que la Iglesia enseña acerca de la muerte y la esperanza de la vida eterna.

Para muchas personas, el mes de noviembre, y no sólo un día, es un tiempo dedicado a la conmemoración de todos los fieles difuntos, de tener un recuerdo para con aquellos seres queridos que ya han partido a la casa del Padre. En el hemisferio norte estamos en el corazón del otoño. La propia naturaleza vive su propia muerte. Todo, la luz solar, las hojas de los árboles, van muriendo lentamente. Casi podemos afirmar que el otoño es una metáfora de ese morir lento que nos acompaña a todos. Desde que nacemos estamos ya listos para morir.

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como nos lo recuerda san Juan: "allí siempre estaremos en el Señor".

No sólo en la celebración de los funerales, sino también a lo largo del año litúrgico, tenemos un recuerdo para esos hermanos nuestros difuntos. Todos los días tenemos ese recuerdo por los difuntos en la celebración eucarística. Pero además en este mes por tradición solemos tener un recuerdo más especial, celebrando novenas de ánimas, o algún otro tipo de celebración que no son otra cosa que eso, orar por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el Padre. No es otra cosa que intensificar, si cabe, nuestra oración y otras prácticas de piedad religiosa.

Es nuestra manera cristiana de recordar y prolongar, en el Señor, la comunión con cuantos han cruzado ya el umbral de la muerte. Es lo que hacemos de una manera más expresiva, si cabe, el día 2 de noviembre, donde la Iglesia ofrece repetidamente el Santo Sacrificio por todos los fieles difuntos, por los que celebra también la Liturgia de las Horas. No podemos olvidar que uno de los objetivos principales de la liturgia exequial es el de elevar preces e intercesiones por los difuntos. Con ello expresamos los vínculos estrechísimos que existen entre la comunidad terrena y los que duermen en el Señor. Es la manera de «expresar nuestra fe en la victoria de Cristo sobre la muerte y la esperanza de participar ple­namente en ella. Pero, al mismo tiempo, se manifiesta la incertidumbre inherente a la situación concreta del difunto ante Dios».

El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo recuerda de una manera muy bella: «La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos; En efecto, orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados es una acción santa y conveniente' (2 Mac 12, 46) (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor» (n. 958).

Por ello, la oración es un cauce maravilloso para entrar en esa comunión. De ahí los ejercicios de piedad popular con los que cuenta la Iglesia para este propósito, que se expresan de múltiples formas, según los lugares y tradiciones.

Con todos estos elementos no nos puede extrañar que al mes de noviembre se le haya dado el sobrenombre de "mes de difuntos", pero, ¿cuál es el la fina­lidad que se pretende?

Antes de ver lo que pretendemos con estos ejercicios de piedad, quiero detenerme en un primer momento en las celebraciones eucarísticas del día 2 de noviembre, donde hacemos memoria en toda la Iglesia de nuestros hermanos difuntos, ya que nos puede dar claves para entender con mayor claridad el por qué orar por nuestros hermanos difuntos.

Tenemos un elemento a destacar: es una Misa "por todos los fieles difuntos", no sólo por un difunto de una familia concreta. Cada uno viene pensado en sus difuntos, pero sin olvidar que quien está a mi derecha o izquierda lleva en su corazón los suyos. Por lo tanto, nos reunimos en un recuerdo comunitario, eclesial, de todos los que nos han precedido. También contamos con otro elemento a tener en cuenta que la hace diferente a cualquier Misa de difuntos. que en ésta no plantea el hecho de una muerte concreta y reciente, con todo la carga de dolor y consternación que ello supone a una familia y los allegados. En esta celebración encontramos serenidad y paz. Es un recuerdo desde la fe de la Iglesia.

Nuestro pensamiento acompaña "a los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen el sueño de la paz". Esto nos puede llevar a un pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria celestial, o han de purificarse todavía?

La fuerza salvadora de la Pascua llega hasta nosotros gracias a la acción y presencia del sacrificio del Señor en la celebración eucarística. "La Iglesia nos recuerda la necesidad de orar por los difuntos para que se vean liberados de las penas por sus pecados, los purifique totalmente, los haga participar de la eterna felicidad y los resucite gloriosamente al final de los tiempos. La Iglesia ofrece por los difuntos, de una manera especial la Eucaristía:

La Eucaristía hace presente a Cristo y su entrega al Padre en la cruz, y no sólo nos ayuda a los cristianos que todavía peregrinamos por este valle, sino que también puede ser aplicada por aquellos que han muerto y que necesitan purificación.

Esta comunión se hace más patente, más viva si tomamos en consideración que los difuntos por los que oramos y celebramos la Eucaristía eran cristianos, como nosotros, creían en la vida futura y recibieron la semilla de la inmortalidad en el Bautismo donde todos fuimos lavados del pecado original.

Sacamos en conclusión, pues, que lo que celebramos es la muerte y la resurrección del Señor. La fe de la Iglesia. Esta fe ilumina nuestra vida, nuestra experiencia de la muerte y resurrección, de pecado y gracia, de muerte y vida. Creemos en el Dios de la vida, el único que puede purificarnos y conducirnos a la asamblea de los santos.

Autor: Roberto Gutiérrez. Fuente: “Liturgia y espiritualidad”, n. 11, aparecido en “Actualidad Litúrgica” Noviembre-Diciembre 2010, editado por Buena Prensa.