EL NACIMIENTO DE JESÚS EN BELÉN
Partimos a Belén. Con todas las vicisitudes de un tan largo camino, y llegados allá, no encontramos ningún sitio donde acomodarnos, hasta que fuimos a una cueva, donde había sólo un buey, y allí nos propusimos descansar, al lado de una pequeña fogata que José encendió, pues hacía frío.
Me puse en oración. Varias horas estuve en oración. Cuando, me envolvió una luz incandescente como no es fácil describir y el niño nació y lo tomé en mis brazos. Llamé a José que llegó temeroso de ir a ser irreverente.
Yo
lo acerqué y le pedí: "Ven, -le dije- ofrezcamos a Jesús al Padre". Me puse de
pie, y dije: "Heme aquí, en su nombre, ¡Oh Dios!, te digo esto: heme aquí para
hacer tu Voluntad. Y con El, mi esposo y yo. Aquí están tus siervos, Señor. Que
siempre hagamos a cada momento en cualquier cosa tu Voluntad; para gloria tuya y
por amor tuyo". Se lo di a José que se sentía muy indigno. Lo animé diciéndole:
"eres digno. Nadie más que tú,
y
por eso el Altísimo te escogió. Tómalo, José,
y
tenlo, mientras voy a buscar los pañales". José lo abraza y lo llama: ¡Oh Señor
mío! Arregla el pesebre, poniendo
su manto doblado sobre la paja, y Yo lo en volví en pañales y lo coloqué suavemente sobre el pesebre.
No tardó el Señor en dar a conocer el nacimiento de su Hijo sobre la tierra. A unos rústicos pastores que velaban sobre su rebaño se les apareció y les dijo: No tengan miedo. No les traigo ninguna desventura. Les traigo el anuncio de una gran alegría, para el pueblo de Israel y para todos los pueblos de la tierra: hoy, en la ciudad de David, nació el Salvador. El Salvador que es el Mesías, el Mesías el Señor. Lo reconocerán por estas señales: detrás de Belén, en un pobre establo, encontrarán a un niño envuelto en pañales, porque no hubo lugar para él en el mesón". Con él, se juntó un ejército de Angeles que cantaban: "Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor"...
Vinieron,
corriendo
y
me
regalaron sus dones
y
alimentos, adorando al Mesías, el Señor. Eran Elías, Leví, niño de doce años,
Samuel, Jonás, Tobías, Jonatás, Daniel, Simeón, Juan
y
dos gemelos: José
y
Benjamín. No sólo adoraron sino que prometieron publicar la noticia a otros
pastores. Elías se ofreció a llevar la noticia a Zacarías en Hebrón; también
dirá a su dueña, que es muy buena, para que les preste alojamiento.
Aquella buena mujer, nos dio alojamiento, y ahí les visitó Zacarías, que nos trajo regalos y alimento que elaboró Isabel.
A los ocho días lo circuncidaron y le dieron el Nombre de Jesús, como el Ángel nos lo había dicho.
A los cuarenta días fuimos al templo, para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: "todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la ley del Señor. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, este hombre era justo y piadoso y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado que no vería la muerte antes de haber visto a Cristo el Señor. Movido por el Espíritu vino al templo, y cuando introdujimos al Niño Jesús para cumplir lo que sobre él prescribía la Ley, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: "ahora puedes, según tu palabra dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel".
Estábamos,
admirados de lo que se decía de El. Simeón nos bendijo y dirigiéndose a mi me
dijo: "este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser
señal de contradicción...".
"Ya ti, una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones". Todo lo que ya había comenzado a temer, se reforzó con esta profecía.
Había también una profetiza, Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser, de edad avanzada, después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los 84 años; no se apartaba del templo sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentara en ese mismo momento, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Y dirigiéndose a mí me animó con estas palabras:
"Mujer, quien ha dado al Salvador a su pueblo, no dejará de tener el poder de dar su Ángel que consuele tu llanto. Jamás faltó la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mayor que Judit y Yaliel. Nuestro Dios te dará un corazón de tanta delicadeza y fuerza, que puedas resistir a las ondas de dolor, por lo que serás la Mujer mas grande de la creación, serás la Madre…..”
Autor: Rafael Cervantes Palomino, S. J. Obra: “Yo María de Nazareth”. Editado por Rafael Cervantes Palomino, México 2006