Nuestra
alegría nunca será completa si no dirigiéramos la mirada a aquella que, en la
obediencia plena al Padre, engendró para nosotros en la carne al Hijo de Dios.
Contemplando a la Virgen.
Revisemos
esta hermosa oración:
Es
mediodía.
Veo
la iglesia abierta.
Tengo
que entrar
Madre de Cristo Jesús...
no vengo a rezar.
No
tengo nada que ofrecerte y nada que pedirte.
Vengo
solo para mirarte.
Mirarte,
llorar de felicidad....
Sin
decir nada,
sino mirando tu rostro,
Dejar
que el corazón cante
en su propia lengua.
No
decir nada, sino sólo cantar,
porque el corazón está lleno
«La
Iglesia no es un aparato; ni tampoco es simplemente una institución».
Es
Mujer. Es Madre. Es un ser vivo. La comprensión mariana de la Iglesia es el
contraste más fuerte y decisivo con un concepto de Iglesia puramente
organizativo. No podemos hacer la Iglesia, debemos ser Iglesia. Solo
siendo marianos somos Iglesia. En sus orígenes, la Iglesia nació
cuando el «fiat»
brotó
en el alma de María. Este es el deseo más profundo del Concilio: que la
Iglesia despierte en nuestras almas. María nos indica el camino.
Queremos mirar a María como modelo de la
Iglesia. Pero la Iglesia vive en una tierra dolorosa y dramática, en una época
que tiene los rasgos colectivos de una «noche oscura colectiva».
Entre
las características de esta noche está el predominio del racionalismo, que ha
plasmado una cultura que tiende a manipular, a través de las diversas ciencias,
las realidades naturales, las situaciones, el
espíritu e incluso la vida humana, por lo que la humanidad corre el riesgo de
ser victima de un mero positivismo del «hacer» y del « tener».
La respuesta de la Iglesia a esta noche es ser
Amor, porque -como se afirma «solo el amor es creíble». Sin amor hasta la
unidad, no hay credibilidad.
Y he dicho que María «nos indica el camino»,
porque María es:
Amor
acogido
Amor
correspondido
Amor
compartido
A
lo largo de toda su vida, María lo recibe todo de Dios. Allí radica la
grandeza de su misión, que misteriosamente se prolonga en la Iglesia: todo
tiene su origen en el Señor, viene de lo alto. Y la Virgen acoge.
Mirémonos, junto con toda la Iglesia, en
cuatro palabras de la Escritura.
Maria
es la primera que recibe la Buena Nueva, y, en previsión de la pasión de Jesús,
es la primera colmada con la plenitud de la salvación. Con su adhesión al
mensaje del Ángel, la esclava se hace posesión
de Dios. Estamos
en los albores de la Iglesia, que es, como afirma la Lumen
gentium, «el
poder o campo de Dios»
(LG
6; cf.
1 Co 3, 9).
Por
obra del espíritu Santo se realiza el gran misterio de la Encarnación. El
Hijo, que en el Cielo había vivido in
sinu Patris, en
la tierra halla en María un seno digno de Él. Hija del Padre, María se
convierte en madre, Madre del Verbo encarnado, Esposa del espíritu Santo. En
los nueve meses que siguen, María es especialmente la Virgen de la
interioridad. Única entre las criaturas, tiene la experiencia de llevar a
Jesús en su seno físicamente.
A imagen de ella, toda la Iglesia está llamada a ser «seno» que ofrece al
mundo a Jesús.
Durante
toda su vida, María vive en un canto de gratitud a Dios por lo que ha recibido
de él: no solo la gracia, sino al Dador de la gracia, y con este, todos los demás
privilegios. «El Señor ha hecho cosas grandes en mi... ha mirado la humildad
de su sierva».
Por eso «todas las generaciones me llamarán bienaventurada».
Como María, la Iglesia, consciente de su ser
nada, proclama
la grandeza del Señor.
Totalmente
recogida, María vive junto a su Hijo o en estado de oración, de perenne
acogida y contemplación. Guarda la Palabra, la vive y la comunica en la
esperanza, en la humildad, en la alegría. Contemplamos en ella, que está
totalmente informada por la Palabra, el misterio de la Iglesia.
Toda
hermosa eres, María, y no hay en ti pecado original. Por ti nació Cristo Dios.
María es
Amor correspondido Colmada
de la gracia de Dios, María, con todo su ser, responde a Dios. No hay nada en
ella que no sea don de su adhesión al designio de Dios, elección de Él.
En
la fe, María vivió un «sí» total, porque creyó en la Palabra, y se dejó
modelar por la mano de Dios y conducir por Él
a todas partes: a Egipto, a Nazaret, a Cana,
al Gólgota, al `cenáculo, en espera del Espíritu.
Isabel
y la comunidad primitiva la llamaron «la
que ha creído».
En ella la Iglesia se ve como comunidad
de creyentes.
María
estuvo en comunión con Jesús, intima y tierna. Ningún ser humano puede
comprender a Jesús como ella, nadie esta tan cerca de Él, nadie puede cuidar
de Él como María: en el trabajo, en la alegría, en la angustia, en la
pobreza, en la transparencia.
Consciente
de las maravillas que Dios ha hecho en ella, María esta en adoración
contemplativa ante Dios, como los Ángeles, que proclaman: «Santo, Santo, Santo».
Y así María es plena respuesta a la misericordia de Dios, que se extiende «de
generación en generación».
Para
nosotros, una invitación a la alabanza
constante,
a la adoración.
Como
durante toda su vida, María esta unida a Jesús en su pasión y muerte por la
humanidad. Una espada traspasa su alma. Pero ella permanece en pie, sola,
valerosa. Sabe perdonar, permanece fiel. En el momento mas importante de la vida
de Jesús, se ofrece junto con él. Para María todo parece perdido, pero le
basta estar
con Jesús. Ella
se convierte así en prototipo de la Iglesia, a los pies de la cruz.
Aunque
es toda de Dios, María no es ajena al mundo. Al contrario, para ella el mundo
es el lugar donde Dios encuentra al hombre, donde se espera a Aquel que «por
nosotros los hombres y por muestra salvación bajo del cielo».
Mirémonos, junto con toda la Iglesia, en aquella que es la «tierra del
Incontenible»,
la que acoge la salvación y la comparte.
Inmediatamente,
María lleva la buena nueva que es Jesús, a su prima Isabel: comparte el amor
que Dios le ha comunicado; está durante tres meses al servicio de su prima;
hace exultar a Juan Bautista por la cercanía de la salvación; y sigue viviendo
con Jesús en su seno, sintiendo que crece en
ella el Dios hecho hombre. He aquí el camino de la Iglesia: servir
al hombre, llevando y comunicando a Jesús que vive en nosotros. Y
llevar así la salvación, la alegría. ¿Quién sabe cuántas veces Isabel y
María cantaron juntas el Magnificat?. María es mensajera de la misericordia. En la
pobreza extrema del pesebre lleva al mundo el tesoro más grande.
Es
la epifanía de Jesús: lo muestra y lo ofrece a los pastores y a los Magos, a
las primicias de Israel y de las gentes. Y hoy sigue haciendo lo mismo. En
Guadalupe como en Lavang, en mi patria. María, que muestra Jesús a los pobres,
a los extranjeros, es la estrella de la
evangelización.
Con
Jesús, María está presente en todos los acontecimientos de la vida: presente
en Belén para el nacimiento de un hijo, presente en Caná en una fiesta de
bodas. Comparte la alegría y la esperanza; se preocupa con delicadeza,
amabilidad y discreción por una pareja de recién casados en un aprieto; enseña
a escuchar a Jesús y a confiar en que los ayudará cuando llegue el momento;
comparte con los apóstoles la espera del Espíritu en el cenáculo.
Viviendo
en medio de todos, en lo cotidiano, María es el modelo de una
Iglesia que sabe esperar y captar la hora de Dios: la venida del Espíritu
Santo.
Junto
a la cruz, María acoge como hijos suyos a todos los discípulos de Jesús, o
mejor, a toda la humanidad, no solo a
los santos, sino también a los pecadores. Ofrece a su hijo Jesús, el Santísimo.
Y acoge a Juan, el santo débil que había huido. Y acoge al buen ladrón, el
criminal que se hace santo y hermano de Jesús cuando éste le dice: « En
verdad, hoy estarás conmigo en el paraíso»
(Lc 23, 43). María en aquel momento acepta su función de «mater
misericordiae».
Luego
pasa su vida con el apóstol Juan, compartiendo su solicitud por el Reino. De
ella Juan aprende de nuevo cuanto habla aprendido de Jesús: Dios es Amor, y
nosotros estamos llamados a ser solo amor. Como Madre de misericordia, María
impulsa a la Iglesia a hacerse
cargo de toda la humanidad en
sus necesidades fundamentales, no solo mediante el buen ejemplo de los
cristianos, sino también mediante su compromiso: Misterio
- Comunión - Misión
Con
aquella que invocamos en la Salve
Regina, el
futuro de la Iglesia esta lleno de esperanza. «En el alba del tercer milenio,
dijo Su Santidad, que es tan profundamente devoto de la Madre del Señor, «vemos
con alegría emerger el "perfil mariano" de la Iglesia, que comprende
en sí el contenido mas profundo de la renovación conciliar».
De
María la Iglesia aprende a realizar con exactitud el perfil que ha diseñado de
ella el Concilio Vaticano II:
A
vivir inmersa en el Misterio:
Amor
acogido;
A
hacerse comunión
en
todos los aspectos de su vida: Amor correspondido;
A
proyectarse hacia el mundo en la misión:
Amor
compartido.
Tras
la Madre de Jesús, la Iglesia recorre -como Juan Pablo II explicó en la encíclica
Redemptoris
Mater- el camino de María.
Las
doce frases del Evangelio en las cuales hemos contemplado la imagen de María,
nos acompañan en este camino: como las 12 estrellas que adornan la cabeza de la
Virgen y de las que habla el Apocalipsis en la liturgia de la Asunción de María.
Ave María, Madre de Jesús,
Madre y modelo de su Iglesia.
Ave, fuente de gracia y de misericordia,
Modelo de toda pureza.
Ave, alegría en las lágrimas,
Victoria en la lucha,
Esperanza en la prueba,
Único camino hacia Jesús.
Reflexión
desarrollada por el Cardenal vietnamita F. X. Nguyen van Thuan, durante
los Ejercicios Espirituales impartidos a S. S. Juan Pablo II y la Curia Romana,
la Cuaresma del año 2000,