LA RESURRECCIÓN DE JESÚS
Dios Padre nos devuelve a su Hijo Jesús resucitado. Experimentamos la alegría y el triunfo de la exaltación de Jesús. Cristo ha abierto una brecha en todas las limitaciones humanas. La muerte, la última limitación, la última frontera, ha sido vencida. Cristo ha resucitado.
Esto quiere decir que no volvió a la vida como un muerto resucitado a la vida, como por ejemplo Lázaro o el hijo de la viuda de Naín, que volvieron a la vida para luego volver a morir.

Cristo no regresó a la vida mortal. Cristo resucitó a una vida en plenitud por los siglos de los siglos. Y eso lo creemos, por gracia de Dios, con la misma fe que lo creyeron los discípulos de Jesús.
Alegrarse
en la Resurrección es abrirse a la gracia, al perdón de los pecados, al triunfo
total sobre la muerte. Es la gran fiesta del corazón cristiano, la gran vivencia
de la Pascua. Una Pascua particular, además de universal y eclesial. Todas las
dimensiones pascuales adquieren valor y dimensión universal.
Jesús, que es mi Pascua, ya no muere más. La muerte ya no tiene dominio alguno sobre Él. Jesús ha resucitado para mí, para enseñarme que estoy de paso hacia el Padre. Un día, yo también resucitaré, y ahora lo vivo por anticipado. El silencio de la Cruz, de la Pasión, se hace ahora elocuente.
La fe en Jesús resucitado arrastra nuestra esperanza y toda nuestra vida hacia la vida de Cristo. Y la vida de Cristo nos debe hacer, a sus seguidores, vivir nuestra vida concreta a su estilo: pasar por este mundo, de camino al Padre, haciendo el bien a los hermanos. Éste es el estilo de Cristo, de los cristianos que creen en la Resurrección y obran en consecuencia. Es decir, el creyente en la Resurrección, que quiere, al estilo de Cristo, pasar hacia el Padre haciendo el bien, vive en radical oposición al egoísmo, al triunfalismo, al hedonismo, al consumismo.
Vive
una Pascua, un paso del egoísmo a la solidaridad, a la fraternidad. Un paso, una
conversión sincera de la cultura del poder y dominio, al servicio generoso y
evangélico. Esto es realismo evangélico que comprende y vive la vida de Cristo,
conectando con tantas y tantas tragedias humanas. No fue otra la vida de Cristo,
hecha de Cruz y Resurrección. Un creyente sabe que la muerte de Cristo se
refleja en todo dolor humano y su Resurrección en cada cosa buena y bella, en
cada primavera del alma y del cuerpo, en cada esperanza de mejora humana y
social. Por todo eso lucha el creyente, el cristiano, el seguidor fiel de Jesús.
Vivir pascualmente es, por consiguiente, vivir el servicio amoroso. Y esto no es posible si nuestra vida no descansa en la base de nuestra fe y nuestra esperanza en la vida que Dios pone en nuestras manos como camino hacia la Resurrección definitiva, en la que estamos ya incorporados desde el Bautismo.
Un
cristiano que vive como futuro resucitado vive encarnado entre los demás
hermanos de Jesús, en talante de familia que se ama. Con esto, la Resurrección
es una inyección perenne de optimismo en la vida, en medio de todas las
consecuencias del pecado, en medio de la malas noticias o anti-evangelios que
nos rodean y tratan de lavar nuestra mente, como pueden ser la desesperanza, el
poco aprecio de la vida, el tedio, el decaimiento.
No puede ser gozada la Resurrección si no tenemos en cuenta el resto del mensaje de Cristo, que implica la Cruz y el dolor. Si los apóstoles vivieron tan intensamente la Resurrección es como consecuencia de haber vivido la tensión mortal de la Pasión de su querido Maestro, cayendo en el mayor desánimo, en profunda angustia, miedo y desesperanza. Este aspecto de la Pasión en los discípulos de Jesús se comprende muy bien o mejor, desde las apariciones de Jesús Resucitado.
Las
reacciones de los Apóstoles nos descubren un subconsciente atormentado,
bloqueado a toda esperanza. Por eso la Resurrección supuso para ellos la gran
noticia, la más sorprendente revelación, una irresistible provocación de fe,
esperanza y comprensión de la propia vida, no sólo (le la vida de Jesús, del
Maestro. Y desde entonces y para siempre, la Muerte y Resurrección de Jesús y la
propia, se convierten en la clave para comprender toda la vida.
La Iglesia de Jesús, el grupo de creyentes en Jesús, se puede definir como la vivencia constante de muerte-resurrección, especialmente sensible al dolor y a la esperanza, a la Cruz y a la Resurrección, a la encarnación y a la transformación o transfiguración.
Los creyentes en Jesús recobramos con la Resurrección unos ojos tremendamente abiertos para captar la noche del abandono (Jueves y Viernes Santo) por la que todos pasamos y al mismo tiempo contemplar la aurora de la Resurrección, del Domingo sin ocaso.
No existe la nada, el vacío, el fracaso total, sino los brazos de Dios Padre que nos recibe al comienzo de una vida más clara y mejor.
San Ignacio propone la meditación de este fastuoso acontecimiento en su libro de Ejercicios Espirituales
«Pedir
gracia para alegrarme y gozar intensamente de
tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor» [EE. 221]
Inspirado en el libro “Ocho día de Ejercicios Espirituales” de Javier Sagüés, S. J. y Francisco Javier Cortabarria, S. J., Ediciones Mensajero, Bilbao 2006.