EL MISTERIO DE LA NAVIDAD
EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE DE HOY

Volver a Principal

El hombre se plantea muchas preguntas sobre sí mismo, sobre Dios, sobre el mundo, sobre la historia. La llegada de la Navidad puede evidenciar al menos dos de ellas.

Una de ellas se refiere al hombre mismo, a su cuerpo, a su posibilidad de renacer, de hacerse nuevo, de imprimir un sentido positivo a la historia.

El mundo occidental está envejeciendo. Quien ya no es joven sabe que no se puede cambiar el curso de la propia vida. El único modo que se conoce para interrumpir el proceso de envejecimiento es la hibernación, hacerse de hielo, en espera de que se encuentre alguna solución a la muerte inexorable. Renacer parece imposible. Algunas filosofías piensan en la transmigración de las almas o en la reencarnación.

En el tiempo de Jesús un maestro religioso se interrogaba: «¿Cómo puede un hombre nacer cuando es viejo? ¿Puede, quizá, entrar por segunda vez al seno de su madre y renacer?» (Jn 3,4).

Frente a esta declaración de imposibilidad, Jesús, en réplica y de modo perentorio, respondía que el renacer no es sólo un deseo del hombre, sino una necesidad: «En verdad, en verdad te digo: si uno no renace de lo alto, no puede ver el reino de Dios» (Jn 3,3).

En otra ocasión dijo también a aquellos que le eran más cercanos: «En verdad, en verdad os digo: si no os convertís y no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3).

Sobre la aventura humana, ligada al cuerpo, recae la perspectiva ineludible del fin: «Todo cuerpo envejece como un vestido. Es decreto eterno: has de morir» (Eclo 14,17). Para huir de ella los antiguos egipcios elaboraron complicados ritos que llevaban sólo hasta la momificación.

Juan, en el Prólogo a su evangelio y en su primera carta, anuncia nuestro devenir de hijos de Dios por la fe en Cristo:

«Mirad qué gran regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos realmente! (...). Amigos míos, hijos de Dios lo somos ya, aunque todavía no se ve lo que vamos a ser. Pero sabemos que cuando Jesús se manifieste y lo veamos como es, seremos como él» (1 Jn 3,1-3).

La celebración en este período de Navidad, significa entrar en un nuevo estilo de vida, es decir, en la vida de los hijos de Dios, lo cual implica:

La aparición de la «gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, nos enseña a renegar de la impiedad y de los deseos mundanos y a vivir con sobriedad, justicia y piedad en este mundo, aguardando la dichosa esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,11-13).

Para vivir la Navidad necesitamos, como María, concebir y engendrar a Cristo en nuestro corazón.

Decía Orígenes: «¿qué me ayuda a mí que el Verbo haya venido a este mundo, si no nace en mí?».

Cada día Cristo nace en quien lo acoge en la escucha y la obediencia; por eso reza así la liturgia:

«Oh Dios, que elegiste el seno purísimo de María para revestir de carne mortal al Verbo de la vida, concédenos también a nosotros engendrarlo con la escucha de tu Palabra, en la obediencia de la fe».

De este modo, la Navidad ya no está ligada a un día, y la historia entera del hombre se convierte en un tiempo de gestación que culmina con el nacimiento del Cristo total.