EL MISTERIO
DE LA PASCUA
EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE ACTUAL
La
vida está marcada por el movimiento, es un continuo
«pasar». Desde el estado embrionario pasamos al
de feto:
morimos como embrión y resurgimos como feto. Si no sucediera esto, estaríamos
ante la muerte
verdadera.
Del mismo modo, llegamos a niños sólo cuando dejamos el seno materno muriendo a
la condición
de feto. Y lo mismo cumple decir de todos los
sucesivos
«pasos».
Todo - el hombre, la naturaleza, la historia, el progreso...- está marcado por el signo del «pasar» desde una situación de partida a la siguiente. Es preciso abandonar una posición («morir» a ella) si queremos conquistar otra («resurgir», asumir la nueva posición): es una condición de vida, una ley a la que nada se sustrae. Lo que se pretende dar a entender es que la pascua,es concebida como «paso», como un «morir-para-resurgir», la cual está inscrito en todo, y nada se sustrae a su influjo.
Cada hombre, sea creyente o no, vive marcado por la pascua. Con todo, existe un problema: ¿no será acaso este continuo paso el indicio de un carácter incompleto por parte del ser humano? ¿Hasta cuándo continuará? ¿Tendrá un término? ¿Nos conduce el último paso a la muerte definitiva (el fracaso) o a la vida que no termina, es decir, a la plenitud?
El misterio de la pascua de Cristo brinda una respuesta a las preguntas del hombre. El Señor Jesús, con su resurrección, nos dice que el continuo «pasar» no tiene como término final la muerte, sino la vidNos dice san Pablo -, «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida» (1 Cor 15,21-23).
En
apariencia, el Tiempo pascual se presenta como
un
conjunto de fiestas. Sin embargo, en realidad es
una gran
fiesta,
«el
sacramento de los cincuenta
días», esto es, un acontecimiento que comienza
el día de
pascua, resurrección de Jesús, pasa a través de
su
Ascensión
-
Glorificación
y culmina con la efusión del Espíritu Santo
en Pentecostés. Este día lo viven todos
los cristianos,
como una fiesta prolongada, anticipo de la
fiesta sin fin. A su luz, y partiendo de
esta experiencia, los cristianos interpretan
toda la historia como lugar donde
tiene lugar el gran duelo entre la
vida y la muerte, pero donde acaece también el triunfo
de la vida.
Por eso se convierte esta fiesta en afinación de la vida, renovada por la resurrección de Cristo. El cristiano vive con la seguridad de que ahora es radicalmente libre, sin tener que temer ya nada por su vida. Esta fiesta se vive en una alegría prolongada junto a los otros hermanos en la fe y se explícita en muchos otros motivos de fiesta: fiesta de la comunidad parroquial, de las primeras comuniones, de la confirmación, de las ordenaciones, del final del año catequético, del mes de María,...
Vivir la resurrección, hoy, significa proclamar con fe que Jesús, muerto por nuestros pecados» (1 Cor 15,20) «ha resucitado de entre los muertos» (1 Cor 15,20) y que «El que vive... vive por los siglos de los siglos» (Ap 1,17s). Ésa era la convicción de los primeros testigos: «Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído» (1 Cor 15,11). Y resulta decisiva:
«Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe» y «¡somos los hombres más dignos de compasión!» (1 Cor 15,14.17-19).
La resurrección de Cristo representa asimismo el paso obligado del hombre para llegar a la «esperanza viva» (1 Pe 1,3). Y se trata de una garantía (Hch 17,31).
En efecto, «si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él» (Rm 6,8s). E incluso: «Una vez resucitado con Cristo» debemos «buscar las cosas de arriba» (Col 3,1). Nuestra resurrección con Cristo encuentra en Él su fundamento y su cumplimiento, y se apoya en la certeza de que Cristo ha resucitado de entre los muertos de una vez para siempre. En Jesucristo hemos pasado nosotros de la muerte a la vida.
El carácter problemático de la experiencia cristiana, el aspecto trágico de la existencia humana y la tensión entre el ya y el todavía no de la historia de la salvación nos sitúan entre esta certeza y el paso obligado por la esperanza en la vida. ¿Cómo vivir esta situación? ¡Con el amor! En efecto, «sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3,14).
Una vez arraigados en la resurrección de Cristo, debemos vivir en el Resucitado toda la realidad humana, con sus alegrías, sus sufrimientos y sus luchas. Y, asimismo, en esa resurrección debemos descubrir el sentido de la existencia y también el de la creación, dado que la resurrección se extiende a toda la realidad cósmica. Este aspecto está muy bien expresado por el apóstol Pablo: «Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente. Pero no sólo ella; también nosotros, los que poseernos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando por que Dios nos haga sus hijo y libere nuestro cuerpo. Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza» (Rm 8,22-24a).
Las actitudes fundamentales del cristiano durante este tiempo han de ser:
la alegría, actitud que nace de la fe en que Cristo ha resucitado de verdad y que nos ha hecho partícipes de su resurrección, así como de la continua presencia del Resucitado en medio de los suyos, como indica el cirio pascual, que permanece encendido siempre durante estos cincuenta días;
la libertad vivida en los sacramentos pascuales: el cristiano da testimonio de ella y se compromete en la liberación de sus hermanos;
la comunión fraterna: Cristo, con su sacrificio, ha hecho de todos los hombres un solo pueblo, derribando toda división, y ha purificado a su Iglesia. Todos los que han accedido a la fe pascual forman un solo corazón y una sola alma en la alabanza a Dios por su salvación y en el servicio a los hermanos.
La celebración de la eucaristía, durante este tiempo pascual, significa en particular reconocer todas las manifestaciones del Jesús resucitado en su Iglesia: hacernos instrumentos de estas manifestaciones, como miembros del pueblo sacerdotal; dar gracias al Padre por la continua presencia entre nosotros de Jesús resucitado.
Autores: Giorgio Zevini y Pier Giordano Cabra, de la obra "Lectio Divina. para cada día del año" Vol. 4, Editorial Verbo Divino, Navarra 2005