Aparentemente no hay diferencia entre el «ver»
y el «mirar». Sin embargo, «ver»
es percibir objetos exteriores: un
haz de luz pasa a través de la pupila
y se refleja en la retina; mientras
que «mirar», implica considerar,
reflexionar, meditar...... Deberíamos estremecernos al ver cuanto mal podemos
hacer a los demás.
«Mirar» implica poner atención
voluntaria, cuantas veces hemos visto
algo sin mirarlo de verdad.
Pero existe otra diferencia, y más profunda.
«Ver» es recibir del exterior, mientras
que «mirar» es proyectar lo que llevamos
en el interior. «Tiene una mirada
dura», decimos.
A través de nuestros ojos expresamos tristeza, alegría, bondad, cansancio, enojo. También
las cejas y los párpados colaboran en
la tarea de transmitir los sentimientos. Aunque seamos muy hábiles para
camuflar o negar nuestros sentimientos por medio de palabras
¿Cómo estás? Muy bien; gracias, no es
nada fácil transmitir, con nuestra mirada,
un mensaje distinto de lo que llevamos
en el corazón.
La mirada revela
las actitudes. Hay miradas frías, seductoras, agresivas, tiernas,
luminosas, turbias, amenazadoras.
Hay miradas de aceptación
o de rechazo, de compasión o de
condena, de burla o de alabanza, de complacencia o de desprecio.
Jesús quiere curar en sábado a un hombre que
tiene la mano paralizada. Los fariseos critican a Jesús. «Mirándolos
con ira y tristeza», Jesús les recrimina su dureza y legalismo» (Mc
3,5).
Un joven rico se acerca a Jesús y lo interroga.
Jesús, «....fijando en él su mirada con amor»,
lo invita a seguirlo (Mc 10,21).
Pedro niega tres veces
a Jesús. Canta el gallo y «el Señor se vuelve y mira a Pedro».
Esa mirada suscita en el Apóstol la conversión y desata en él un llanto amargo y purificador (Lc 22,61).
¿Cómo es mi mirada? ¿Qué expreso a través de ella? ¿Qué suscito en los demás al mirarlos?
Autor: P. Fernando Torre Medina Mora, M. Sp. S.