MI NATURALEZA

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Soy mudable, corruptible, transitorio... Cada una de las moléculas de mi cuerpo tiende a disgregarse ; a la muerte ; Las potencias de mi alma y los actos de mi vida pregonan mi pequeñez e insuficiencia.

Soy de Dios, cosa de Dios, propiedad de Dios, porque Él es el que me ha hecho. El albañil que levanta una casa en terreno propio y con materiales que le pertenecen, puede decir con verdad: «Esta casa es mía.» Y sin embargo no fue él quien creó la tierra, ni los materiales.

Dios nos hizo de la nada. Con toda propiedad Él es el dueño, el amo, el Señor... ; yo la creatura, el esclavo... Como el trabajo de la bestia, del siervo, del esclavo, en derecho pertenece al amo, Señor o padre, todos mis trabajos y actividades le pertenecen a Dios.

Con cuánta verdad MARDOQUEO le decía al Señor en su plegaria: «Señor, Señor, Rey Omnipotente, en cuyo poder se hallan todas las cosas, a quien nada podrá oponerse,. si quisieres salvar a Israel: Tú que has hecho el cielo y la tierra y todas las maravillas que hay bajo los cielos, Tú eres dueño de todo, y nada hay, Señor, que pueda resistirte...)) (Ester 13, 9-11.)

Soy todo de Dios. Mis manos no son mías, sino de Dios ; mis ojos también le pertenecen. Todo cuanto hay en mí y todo cuanto me rodea es de Dios.

En el hecho de la creación está el fundamento de la humildad. Como si a un pordiosero se le vistiera de púrpura y se le adornase con alhajas de oro y piedras preciosas. Así nosotros, pobres pordioseros, hemos de reconocer que todo lo que tenemos es prestado.

Dios tiene sobre mí dominio esencial, supremo. irresistible. Por naturaleza estoy obligado a servirle en todo. Este gran dominio de Dios sobre mí es aquella gloria, que no cederá a nadie.

Los ricos no crean sus riquezas; sólo saben apropiárselas con las habilidades y el ser que Dios les ha prestado. Y les llamamos señores. Tampoco los reyes son señores, porque no crean ni producen a los pueblos. Dios sí, «Yo soy el Señor.»

Soy siempre de Dios; porque Dios da incesantemente todo el ser a las cosas. Sin Dios son nada; sin Dios se reducen a la nada. Dios me sostiene a cada instante más y mejor que la madre al niño, que lleva en sus entrañas.

SAN PABLO escribía en Romanos 14, 7-8: «Nadie vive para sí mismo y nadie muere para sí mismo ; pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, viviendo o muriendo, del Señor somos.»

Estas mismas palabras las repetía en el patíbulo, al pie de la horca, el BEATO ROBERTO SOUTÉIWELL, S. J., martirizado en Inglaterra en 1595.

Meditación propuesta al lector:

¡Dios mío! Tu eres mi principio. Yo me lleno de alegría, pensando que soy todo tuyo ; y quiero ser siempre tuyo. Que no haya en mí cosa alguna que no sea para Ti. Que no haya un solo instante en mi vida en que deje de servirte. Mi vida es tuya, y, si de ella he de gozar, sea tan sólo para emplearla siempre en Tu divino servicio. Sea yo todo Tuyo en esta vida mortal, para que por toda la eternidad lo sea también en el cielo.

Inspirado en el libro “LUCES IGNACIANAS. Primera Semana de Ejercicios. Meditaciones”. del P. RAMÓN J. DE MUÑANA MÉNDEZ de la Compañía de Jesús. Director Espiritual del Seminario Conciliar de Segovia. Editorial EL MENSAJERO DEL CORAZÓN DE JESÚS. Bilbao 1954