Mi experiencia en los ejercicios espirituales

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Tenía una pila de libros que explicaban de que se trataría, pero la verdad no tuve tiempo de leerlos. Me preocupaba un poco que los ejercicios de encierro se parecieran a las jornadas juveniles en las que participé ya hace algunos años, en las que se tiene que hablar demasiado de las propias experiencias. La verdad no estaba de humor para eso, tenía que tomar algunas decisiones y quería pensar mucho más que hablar.

Después de la cena me sentía cansada, era viernes y había sido una semana difícil. Sólo esperaba que el padre Carlos Rodríguez, a quien yo conocía desde antes por cuestiones de trabajo, no se extendiera demasiado, pues yo sabía que le encanta hablar. Pero no fue así, se limitó a darnos algunas líneas para reflexionar y a invitarnos a crear un clima de silencio, lo cual me cayó de maravilla.

Era una simple hoja y los conceptos aún más simples: consolación y desolación. Si había estado en desolación en los últimos meses era ¿por qué? Esa hojita fue suficiente para que pasara la siguiente hora en la capilla de la casa de retiros, y para escribir 10 hojas de mi cuaderno. Y los ejercicios aún no empezaban.

Estaba sorprendida de mí misma. Siempre he considerado a la vida espiritual una parte importante, pero bastaron 10 minutos para que me diera cuenta lo olvidada que la tenía. Y no se trataba de darse golpes de pecho, para nada, la verdad es que muchos de los vacíos que había llegado a sentir en el último año tenían como origen esa omisión. Fue entonces cuando decidí que aprovecharía ese fin de semana al máximo, para ver dentro de mí y también, por supuesto, escuchar lo que Dios quería de mí, aunque la verdad en ese momento creía estar más preocupada por problemas terrenales… no sé como no entendía que no debe haber separación entre lo espiritual y lo cotidiano.

Dormir temprano es definitivamente imposible para mí, así que aprovechando “la pila de libros” que mi padre me había prestado, elegí su primera recomendación, y fue ahí donde realmente empezaron los ejercicios para mí. Más páginas en el cuaderno y, sin darme cuenta, estaba haciendo oración como desde hace muchísimo tiempo no lo hacía. Increíble y nada forzado. Quizás las lecturas, quizás el ambiente austero o tal vez, simplemente, era el momento que Dios había elegido para mí.

Realmente no eran necesarios los libros, me pude percatar de ello al día siguiente, después del desayuno, cuando tuvimos la primera plática. Algo muy breve acerca de servir a Dios desde la naturaleza femenina y la hoja con las primeras tres meditaciones del día. Una sola habría bastado para toda la mañana, porque los conceptos te llevan a lo más hondo. Cuestiones como el perdón y la humildad son los puntos clave, aunque ahora que lo pienso, tal vez sólo lo fueron para mí. Dios llama a cada uno de manera distinta.

Las reflexiones se basaban en brevísimas citas bíblicas. Resulta sorprendente como palabras que fueron escritas hace tanto tiempo se pueden aplicar a la perfección al presente, y más aún, a mi propia experiencia, como si hubieran sido impresas sólo para que llegara este momento y yo las leyera.

Así de cerca se oye la voz de Dios cuando por fin te dispones a escucharla. Por la tarde me sorprendí de que no hubiera extrañado la música o el teléfono, y de que el tiempo se hubiera ido tan rápido a pesar del silencio que muchos se empeñan en guardar incluso durante las comidas. Y más tarde entendí por qué.

Durante los ejercicios hubo risas y llanto para mi. Revelaciones de cosas que al momento parecieron tan obvias que no podía creer que se me hubieran escapado. Errores evidentes que había cometido y que con cualquier pretexto me perdonaba, lo cual sólo me alejaba más del camino que a partir de entonces trato de retomar.

Sí, pasar 48 horas en silencio parece complicado, pero cuando te enfrascas en una oración que más que un rezo se convierte en un diálogo con Dios, se pasan volando. Ni siquiera pude terminar todas las reflexiones, porque cada una me atrapaba y me llevaba a pensar en todos los aspectos de mi vida, no sólo del espiritual. Recordé que hace años me había hecho la promesa de nunca guardar rencores, y me sorprendí a mi misma llena de resentimientos absurdos. Y como ese, miles de hallazgos más.

La vida es la vida y en ella hay bien y mal. A veces te contaminas de mal, a veces sólo te dejas llevar y no te enteras en que momento perdiste el camino, y de ahí viene la infelicidad, por lo menos así lo creo yo. Este tipo de ejercicios silenciosos son una buena forma de hacer un alto en el camino, de volver un poco sobre los pasos, y tomar finalmente la decisión que lleva rondando en la cabeza por semanas o incluso meses. Dos días a cambio de eso no es demasiado.

Finalmente, el aprendizaje más importante que me dejaron estos ejercicios es que sólo en el camino de Dios se puede encontrar la plenitud y la felicidad, y para saber si vamos bien, es necesario este silencio y ¿por qué no? Las meditaciones de San Ignacio de Loyola, tan personales como la experiencia que cada uno tiene con ellas.

Testimonio de Ana Teresita Marín Urdapilleta, que es Licenciada en Comunicación y Relaciones Públicas, se ha desempeñado como reportera y editora de la sección “Vida y Salud” del periódico Reforma, actualmente cursa un postgrado en una Escuela de la Universidad de Barcelona y colabora para diversas publicaciones tanto mexicanas como españolas. Ana participó en los Ejercicios Espirituales dirigidos por el R. P. Carlos Rodríguez, S. J. del 2 al 4 de julio de 2004.