Inspirándose
en Juan Pablo II, una de las expresiones utilizadas para
describir la dimensión profética del principio mariano es el de María como «memoria de la Iglesia».
Juan
Pablo II subrayó la importancia y actualidad de la
dimensión mariana de la Iglesia, que
constituye uno de los «signos de nuestro tiempo».
El principio mariano, es un aspecto de la vida eclesial que continúa y actualiza el «sí» de María a Dios, y que se manifiesta sobre todo en la santidad del amor y en la vida evangélica del creyente.
Se
trata de una
dimensión que, al lado del principio «petrino» como fuerza que unifica,
está presente desde siempre en la Iglesia. Ciertamente el pontificado de Juan Pablo II, ha
contribuido notablemente a la aparición del perfil mariano de la Iglesia.
En
efecto, la figura y el papel de María estuvieron constantemente presentes en la enseñanza y en la doctrina de Juan Pablo II, como para poner de manifiesto hasta que
punto el perfil mariano es parte integrante del carisma de Pedro, mas aún, hasta que punto lo precede.
En
los evangelios
(cf. Lc
2, 19.51)
se nos recuerda que María guardaba maternalmente
las palabras y las acciones de Jesús. Su progresiva penetración en
las profundidades del evangelio alcanza su fruto cuando en su Asunción
al cielo llega finalmente a conocer toda la amplitud y la profundidad
de los designios de Dios, y su puesto en el proyecto de la
salvación.
Ese
conocimiento del corazón y de la mente, se convierte en un cofre que se
distribuirá entre los fieles que se colocan bajo su manto. En cuanto sede
de la Sabiduría y maestra de la Iglesia, la Santísima Virgen nos enseña ahora activamente desde el cielo.
Cuando
María recibió el mensaje del ángel de que el Espíritu la cubriría con
su sombra, y lo experimentó, entonces «el camino y el modo de su experiencia sobrepasó
su conocimiento, y en esto había dos aspectos: el hecho de que ella recibió una capacidad de intuición más profunda, y el hecho de que todo
estaba lleno de misterio, mucho más de lo que podía pensar.
El
misterio crecía dentro de ella y se volvió claro, y por tanto formaba una reserva abierta, un tesoro al que podrían acceder todas las
generaciones futuras de la Iglesia, a fin de penetrar más profundamente en su misterio» Desde el comienzo, María tuvo un
papel activo en la comunicación de
este misterio.
Comenzando
por el hecho de que María vivía en la casa de
Juan, por lo que habría sido sorprendente que ella no hubiera referido a Juan muchas de las palabras que había conservado en su corazón,
especialmente las relativas al evangelio del amor del Dios trinitario
Por
consiguiente, muchas comprensiones nuevas de la Revelación
que se alcanzan en la vida de la Iglesia a
lo largo de los siglos han de vincularse con la dimensión profética materna
del principio mariano.
La
memoria de María ha sido como una tabla en la que el Padre, por medio, del Espíritu,
ha escrito toda su Palabra. Por consiguiente,
su sabiduría está caracterizada por su relación única y exclusiva con Dios
uno y trino.
Dentro
de la vida trinitaria, un misterio engendra a otro. Toda la
vida de María fue una formación en cada misterio
que se comunica en Jesucristo. Y sin embargo, parece todavía más verdadero
desde los evangelios que, si la vida de María ha
sido un itinerario de fe, ella ha estado siempre anclada en todo momento
en el evangelio, en su totalidad.
Así,
por ejemplo, en el episodio de Caná parece que María ha
comprendido, ya la parábola del amigo importuno que llama a la puerta a
medianoche (Lc 11, 5-13) ya la parábola del juez inicuo (Lc 18, 1-8)1
A
lo largo de los siglos la memoria de María es tan fresca como el primer día. Ahora es maestra de
la Iglesia. Seria imposible escribir una historia de
lo que María nos ha enseñado en el curso de los siglos. Probablemente, sólo en el Paraíso
podríamos llegar a ver todo lo que debe la Iglesia a María en la compresión de la fe.
Artículo desarrollado por el C. M. Alfonso
Marín,
basado en el libro “El principio Mariano en la eclesiología de Hans
von Baltasar”, del sacerdote irlandés Brendan Leahy.