MEDITANDO SOBRE LA ASUNCIÓN DE MARÍA
Los
ojos de la fe nos ayudan a ver nuestra historia y la de los otros con una mirada
especial, desde Dios.
Para esta mirada, las experiencias de luto y de dolor (la desaparición de un ser querido, el final de una relación, el alejamiento de una amistad, por ejemplo), así como las de amor y alegría, pueden constituir otros tantos momentos de una vida vivida en el amor a Dios, de un tiempo de «desierto» o de «visitación», momentos que son transformados por la vida de Dios que nuestra fe encuentra en ellos.
La Asunción de María al cielo constituye, a buen seguro, un privilegio personal y absolutamente particular concedido a María por la gracia de Dios; sin embargo, está de acuerdo con el anuncio evangélico de la derrota definitiva, escatológica, de la muerte.
La
mirada de fe de María ayuda a la joven de Nazaret a levantar los ojos al cielo
mientras contempla la realidad de la tierra, la eleva en medio de la alabanza
entretejida por las generaciones de la historia, que ven en ella las grandes
obras que realiza Dios; la introduce ya en su tiempo terreno para vivir en la
humildad de la vida eterna; la dispone para recibir también en su propia muerte
el poder de Dios en ella, que de esta forma participa en la resurrección del
Hijo.
Nuestra vida, como también nuestra muerte, está llamada a conseguir esta mirada de fe. La resurrección y el anticipo que la fe nos comunica en la Asunción de María, nos anuncian la transformación definitiva, la última de toda nuestra humanidad.
Conseguir vivir de esto es hacer también nuestro el cántico de alabanza que María ha proclamado con su vida.
ORACIÓN
Padre santo, tú nos has dado la vida, haz que, con fe, veamos en nuestro cuerpo, en nuestra alma y en nuestro espíritu la semilla que tú has plantado, el designio que tú elaboraste cuando nos formaste.
Jesucristo, primicia de nuestra resurrección, aumenta en nosotros el deseo de vivir junto al Padre y a nuestro prójimo la vida de cada día, mirando nuestra historia con los ojos de los puros de corazón.
Espíritu que da vida, ayuda a nuestro corazón a vivir en la vida eterna y transforma nuestro cuerpo con la luz de la resurrección, así junto a María podremos cantar por siempre el cántico de nuestra esperanza.
Tomada de "Lectio Divina para cada día del año" de Editorial Verbo Divino volumen 14 Domingos del Tiempo Ordinario (ciclo B), Navarra 2005