MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE
"La muerte no es la extinción de la luz; es apagar la lámpara, porque el sol ha salido" Francis Kelly Nemeck.
El
camino que recorren el
cristiano, la Iglesia y la
humanidad es su proceso de
transformación en
Cristo, es la vivencia
del misterio pascual, muerte y resurrección. Un misterio
que se actualiza día a día
por la acción de Dios y la colaboración receptiva
del hombre y que culmina en la muerte.
Morir es pieza clave en el crecimiento espiritual, porque no se da vida nueva ni vino nuevo, si no se desechan los odres viejos; porque Dios tiene dispuesto que vayamos muriendo para realizar en nosotros el plan que se ha propuesto de divinizarnos en Cristo por el Espíritu.
A la luz de la muerte se redimensiona la vida espiritual, se toman decisiones, se eligen actitudes, se interpretan experiencias y también se elaboran fantasías.
Toda visión de vida necesariamente incluye una concepción sobre la muerte, que en muchos de los casos está filtrada por condicionamientos culturales.
Nuestra fe en Cristo, nos aporta una luz esplendente y oscura que contrasta enormemente con la óptica que tiene quien prescinde de la fe o elige vivir sin ella.
En nuestra sociedad existen una serie de tabúes que convierten a la muerte en un tema de mal gusto, del que no se suele hablar. Cuando al fin se pone sobre el tapete, puede ser objeto de distintas interpretaciones: se tiene por sede del miedo, por lugar de encuentro con el misterio, también puede considerarse como la más alta cifra del drama humano o la encarnación del heroísmo, o bien, para quien acepta la creencia en el más allá, la muerte es el quicio entre dos mundos o el umbral del infinito.
En la
base de estas interpretaciones,
subyacen dos posturas
opuestas: el
aniquilacionismo -postura agnóstica-
y la creencia en la inmortalidad
-uno de los fundamentos de la
visión religiosa.
Quien cree en la aniquilación
del hombre con la muerte, asume esta experiencia como límite
y elimina todo horizonte ulterior.
Otros, de acuerdo con una concepción
trascendente o religiosa,
optan por ver la muerte como
tránsito a otra vida.
Para unos y otros
las consecuencias serán distintas y
pueden presentarse con infinidad de
matices. Cuestión de decisión y de fe,
porque ambas son posturas aceptables.
La postura agnóstica resulta razonable. Puede ser apoyada por el materialismo antropológico y la concepción científica y evolucionista, la cual contempla como un hecho la aparición y la extinción de las especies. Según esta concepción, se afirma que el psiquismo desaparece y la materia somática se reintegra a la dinámica del cosmos.
Por su parte, la postura religiosa se fundamenta en la aceptación del misterio, puesto que pertenece a otra dimensión. Racionalmente, sólo se podría explicar como una ilusión que tiene por objeto preservarnos de la angustia de sabernos mortales.
La postura religiosa había predominado en la práctica; pero hoy día, en la cultura urbana y postmoderna, parece que se han invertido los papeles: prevalece una postura aniquilacionista. Que da lugar a actitudes de evasión o negación de la muerte.
Contemplamos cómo se dejan de lado el duelo y se rechaza el pensamiento de la muerte porque hiere y molesta, cuando antes era conscientemente esperada, va siendo desplazada, y a los ritos de despedida sucede la preferencia de una muerte súbita, que golpee sin prevenir, que sorprenda sin darse cuenta..., podemos decir que hay detrás una actitud de evasión.
Si la evidencia apunta a que no es posible sustraerse al hecho de la inexorablidad y universalidad de la muerte, se procura al menos distanciarse emocionalmente.
Cuando el pensamiento de la muerte se evade y se elige a cambio vivir absortos por las urgencias del presente, una de las consecuencias es que nada es importante: si el hombre termina con la muerte, como algún día todo dejará de importar, la inferencia vital inevitable es que es cuestión de esperar, y por tanto, nada es importante.
Se teme a la muerte, porque se le imagina como el intruso que nos ha de arrebatar la vida en la forma que sea, como un poder que viene y ante el que no es posible hacer cosa alguna para impedir. Tememos entrar en lo desconocido, tememos un más allá: donde tengamos que expiar por nuestras culpas. Tenemos la pérdida, el no ser, el abandono...algo parecido sucede con la angustia, vinculada a la incertidumbre temporal del morir.
La muerte resulta angustiosa sobre todo por su definición. Nuestras separaciones nos han proporcionado las primeras muestras amargas de la muerte. Por otra parte, vivimos en un sitio donde es necesario programarnos, estructurarnos, saber lo que va pasar y tener control sobre las circunstancias en la medida de lo posible.
Una reacción muy particular, relacionada con la negación de la muerte, es la de desafiarla pretendiendo "ser más que ella". Quien manifiesta en esta forma no temer a la muerte se apoya en una imagen de sí agrandada, omnipotente. En el fondo, esta actitud, despreciativa revela la necesidad de lograr una restauración ilusoria de eternidad, que, al fin de cuentas, también es negación de la muerte.
También una actitud de melancolía se puede instalar cuando se vive la experiencia de la muerte fuera del horizonte de la fe. En la melancolía, el objeto perdido es uno mismo. El moribundo está triste por una vida mal lograda. No se pierde algo que se ganó, sino que no se alcanzó. De ahí que la tristeza se vuelva lamento permanente. La melancolía encuentra su explicación en la existencia de una fantasía creada por el «yo ideal», que el «yo real» intentó llevar a cabo a lo largo de la existencia y la inminencia de la muerte vuelve inalcanzable.
Sin embargo, independientemente de la postura con la que se conciba el futuro, la negación de la muerte empobrece nuestras vidas, porque la muerte está tan entretejida con la vida, que si la rehuimos, también estamos renunciando a muchos aspectos de la misma.
Finalmente, no basta con no negar la muerte o lograr controlar el miedo y la angustia, hace falta revisar cuál es el contenido que le damos. Más aún, habría que rescatar el valor de la muerte que quiere arrebatarnos la cultura. Se le enmascara con la medicina cada vez más tecnificada y sofisticada. No tiene justificación esa conspiración sistemática que está haciendo de la muerte el fantasma innombrable; cuando nuestra fe nos la presenta preñada de esperanza, de vida y de sentido.
Al lado de la postura agnóstica, encontramos la postura religiosa, caracterizada por un anhelo de otra vida transmortal, que perdure unida a la divinidad. Anhelamos que permanezca nuestra existencia y la de todo cuanto amamos, con el deseo de superación de la muerte como aniquilación. Desde esta perspectiva, la muerte es un paso al que siempre se le ha querido encontrar explicación.
Las religiones aportan distintas concepciones sobre el origen y significado de la muerte. En algunas es considerada como un destino natural o previsto por la divinidad; en otras, la muerte es consecuencia de un conflicto entre dioses o de la muerte de alguno de ellos; también aparece como consecuencia de la cortedad humana -una mala elección o mal juicio- o como castigo de una culpa del hombre.
Como cristianos nos interesa acercarnos al misterio de la muerte desde la fe en Cristo. El cristiano ilumina la experiencia de la muerte con la fe y la esperanza en la propia resurrección, heredera de la resurrección Jesucristo. Sólo la fe tiene el poder de abrir al hombre al misterio, porque es más que un asentimiento intelectual, es una entrega del hombre a Dios, una adhesión total a Cristo resucitado, la apertura a otro principio de vida.
En efecto, el cristiano afronta la experiencia de la muerte desde el misterio pascual, que se nos ha revelado en Cristo y fue preparado desde el Antiguo Testamento.
Por la influencia griega, la muerte se le concibió sobre todo como separación del alma inmortal y de la materia corruptible, identificada con el cuerpo. Después de la separación, sólo subsistía el alma como ulterior. La materia daría lugar al cuerpo glorioso o al cuerpo condenado, dependiendo de las obras. La muerte era el momento de la retribución y también el acceso a la promesa de ese nuevo modo de ser ofrecido por la creencia en la vida perdurable. La muerte estaba más identificada con el juicio implacable, que con la resurrección.
Sin embargo, esa manera de pensar, según la cual se dice que muere el (cuerpo y el alma sigue viviendo, se presta a confusiones. Toda la persona muere y toda persona esta llamada a resucitar, como explica Pablo: "Se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza... Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad" (1 Cor. 15,42-44,53).
Lo decisivo para comprender la buena nueva es darse cuenta exactamente de la riqueza de este misterio: no solamente en el sentido de que Cristo ha resucitado, sino en el sentido de que ha resucitado para nosotros, es decir, ha atravesado la noche del sufrimiento y de la muerte para abrirnos el acceso de Dios. La resurrección en Cristo es el manantial que nos hace criaturas nuevas.
Una razón que contribuyó a lo que llamamos oscurecimiento de la centralidad del misterio pascual, sobre todo en Occidente, fue el hecho de considerar la redención dentro del marco jurídico. Desde este ángulo el acento se colocó más en la satisfacción del pecado de la humanidad, ofrecida por la muerte de Cristo en cruz, que en la resurrección. El contraste nos lo ofrece la experiencia de Oriente donde la espiritualidad pascual se manifiesta con más vigor. Parece ser que desde el siglo V y VI del cristianismo, el Occidente pensaba más en categorías jurídicas y morales, mientras que en Oriente, la cruz y la redención fueron comprendidas dentro del proceso que comenzando por la encarnación, concluye en la divinización del mundo.
Ciertamente es positivo alentar el esfuerzo del hombre, pero a fin de cuentas, el esfuerzo de Dios es mayor. Cuando se habla de la acción del hombre, de la colaboración del hombre con Dios, la enseñanza corriente no acusa en realidad la diferencia de planos, la discontinuidad entre la acción de Dios y la acción del hombre. La acción del hombre es provocada, sostenida, perfeccionada por la acción de Dios.
La muerte es el desasimiento radical y definitivo de la persona humana de toda referencia tangible con esta vida. En el camino, cada desprendimiento constituye un pequeño corte de nuestro mundo mortal. De allí la concepción para quien vive en la fe (Ga 2,20), de que la muerte llega a ser el único camino realmente capaz de desasirle definitivamente de todo lo que no sea Dios.
Para que la fe sea una entrega incondicional al Amor, es necesario que se dé en completa oscuridad, de otro modo, seguiríamos aferrados a nuestros apegos, por miedo a perder seguridad. El sentido del sufrimiento está en trascenderlo, contemplarlo como la posibilidad de que Dios vaya cercando, cortando, arrancando lo que impide el plan de realización en él.
Desde esta fe, tiene sentido el sufrimiento como el padecer que acelera el proceso de despojo. Es el lugar donde quedan enmarcados todos los contratiempos y experiencias dolorosas que han surgido por todas partes, desde el microbio que trae una infección al cuerpo, hasta la palabra inoportuna que hiere el corazón, enfurece o frustra: las limitaciones físicas y las que se originan en nuestro psiquismo: todas las que de alguna forma nos humillan, oprimen, y postran desde que nacemos hasta que morimos.
Por la encarnación, Dios asume a la criatura en su propia realidad. Por la resurrección, la diviniza hasta el punto de que esta glorificación se consuma en tanto que la criatura acepta libremente la vida de Dios, para lo cual tiene que morir.
La
muerte es, por tanto,
la aceptación libre de la asunción divina, que de
ese modo se convierte en nacimiento
de la vida liberada. Por eso, solamente
hay verdadero sacrificio cuando el hombre sale de la esfera
de lo profundo para entrar en el terreno
de lo sagrado, en la posesión de
Dios, es decir, cuando se ha trasladado
desde el interior a la disposición
exclusiva de Dios. Toda la vida cristiana, incluido su aspecto
moral, aparece como un misterio de
muerte y resurrección, de mortificación
y vivificación.
Un punto final nos lo pone San Pablo, con el texto de una de sus cartas en la que nos afirma lo que hemos querido comunicar:
«Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando día con día. En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. No es que queramos ser desvestidos, sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida» (2 Cor 4,10-11; 5,1-5).
Podemos concluir que:
No hay que esperar la muerte para resucitar. Nuestra postura religiosa ilumina el futuro, pero está en el presente. El Reino ya está aquí y no hay que buscar entre los muertos al que está vivo.
Vamos aprendiendo a vivir en la conciencia de ser resucitados y dando sentido al sufrimiento, el cual puede verse como un despojo, con valor purificador siempre que se vaya trascendiendo desde la óptica de la acción de Dios en nosotros.
La visión de la muerte desde el misterio pascual nos da un sentido distinto del que ofrece una cultura sin Dios, realista, porque no puede negar la muerte, pero llena de angustia por la falta de horizonte y de esperanza. Esto no significa que quien tenga la fe en el Resucitado no tenga que luchar contra el temor o el sufrimiento, especialmente cuando la muerte es inminente, pero vivirá esta experiencia de modo muy distinto, porque antes ha sido iluminado por la fe y porque tendrá herramientas para interpretar esa angustia y pasarla integrándola como purificación.
Desear la muerte por falta de sentido o por huir de la vida es diferente de desearla comprendiéndola como síntesis de todas las muertes que nos anticipan la experiencia de la resurrección, promesa ya cumplida en Cristo, luz de nuestro caminar espiritual, tanto como personas, como en cuanto Iglesia y en cuanto humanidad nueva. Así ha sido el testimonio de los santos: "Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero" (Teresa de Jesús).
Inspirada en el artículo “Meditación sobre la muerte” de Gloria Adelina Rodríguez Posada, S. T. J. aparecido en la revista Kyrios No 6.diciembre 1998.