MEDITACIÓN

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Para la conmemoración, de esta memoria de la Virgen de los Dolores, algunos leccionarios proponen la lectura del texto de Judit 13,17b-20a:

«...."¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo
más que todas las mujeres de la tierra!
Y bendito sea Dios, el Señor,
Creador del cielo y de la tierra,
que te ha guiado para cortar la cabeza
del jefe de nuestros enemigos.
Jamás tu confianza
faltará en el corazón de los hombres,
que recordarán la fuerza
de Dios eternamente.
Que Dios te conceda,
para exaltación perpetua,
ser favorecida con todos los bienes,
porque no vacilaste en exponer tu vida
a causa de la humillación de nuestra raza.
Detuviste nuestra ruina
procediendo rectamente ante nuestro Dios".»

Este es el canto de bendición a Dios y a la mujer fuerte por la liberación del pueblo, que sufre y está atemorizado por la presencia de un peligroso enemigo; éste se convierte en cántico de bendición a María, «mediadora» de la salvación también a través de sus dolores.

A la reconciliación mediante la muerte de Cristo, puede asociarse todo discípulo completando en su propia carne lo que falta a su pasión: María es la primera que, sufriendo con su hijo moribundo en la cruz, cooperó de un modo absolutamente especial en la obra del salvador (cf. Lumen Gentium 61).

Si recordamos la escena de María junto a la cruz, narrada por Juan, encontramos una fuente esencial para el desarrollo del recuerdo del dolor de María, confiada también como «dolorosa» al discípulo amado (no sólo el autobiógrafo Juan, sino todo el que sigue con un amor fiel a Cristo a todas partes), el cual «la tomó consigo», o sea, acogió la belleza de su estilo de discipulado y proximidad no exentos de encrucijadas de dolor.

El soporte para esta meditación es generoso: una generosidad que no es extraña a la convicción o al menos a la sensación de la importancia de un tema y una realidad tan sensiblemente humana como es el dolor.

El mensaje abierto por la Palabra bíblica confirma la subsistencia del dolor en la historia individual y colectiva de la humanidad, pero anuncia que el dolor habita también en el mundo divino, asumido en la encarnación por el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, y compartido por su madre, una mujer en parte común y en parte singular como María.

Mediante su experiencia de dolor, el dolor humano puede ser sustraído a la maldición y convertirse en mediación de vida salvada y servicio de amor. Para terminar esta meditación les propongo la siguiente oración:

Santa María, mujer del dolor, madre de los vivientes,
salve. Nueva Eva, Virgen junto a la cruz,
donde se consuma el amor y brota la vida.
Madre de los discípulos,
sé tú la imagen conductora
en nuestro compromiso de servicio;
enséñanos a permanecer contigo
junto a las infinitas cruces
donde todavía sigue siendo crucificado tu Hijo;
enséñanos a vivir y a atestiguar el amor cristiano,
acogiendo en cada hombre a un hermano;
enséñanos a renunciar al opaco egoísmo para seguir a Cristo,
única luz del hombre.
Virgen de la pascua, gloria del Espíritu,
acoge la oración de tus siervos.

Inspirado en las  meditaciones propuestas en la Lectio Divina Vol 17 (Propio de los Santos II). Editorial Verbo Divino Pamplona 2005.