MEDITACIÓN SOBRE LA TRANSFIGURACIÓN

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Existe una llama interior que arde en las criaturas y canta su pertenencia a Dios.

Este "fuego" gime por el deseo de Él. Existe un hilo sutil que une los acontecimientos de la historia en la mano del Señor, a fin de que no caigan en la nada, y los conecta finalmente en un bordado maravilloso.

El rostro de Cristo está impreso en el corazón de cada hombre y le constituye en amado de Dios desde la eternidad.

Sin embargo, debido a nuestros pobres ojos ofuscados, acostumbrados a dispersarse en la curiosidad epidérmica e insaciable, están trastornados por múltiples impresiones; la mayoría de las veces no sabemos ya orientar la mirada al centro de cada realidad, a su fuente.

Nos volvemos incapaces de asumir la mirada de Dios sobre las cosas, porque nuestra lógica y nuestra práctica se orientan en dirección opuesta a la suya

En el esfuerzo por no perder nuestra vida, por no tomar nuestra cruz, sólo cuando Jesús nos deja entrever algo de su fulgurante misterio nos damos cuenta de nuestra habitual ceguera.

Precisamente, si lo deseemos,  la luz de la transfiguración viene a dispersar nuestras tinieblas.}

Ahora bien, se requiere que acojamosr la invitación a retirarnos a un lugar apartado con Jesús subiendo a un monte elevado, es decir, que debemos aceptar la fatiga que supone dar los pasos concretos que nos alejan de un ritmo de vida agitado y nos obligan a prescindir de las cargas inútiles.

Si fuéramos capaces de permanecer un poco en el silencio, percibiríamos su radiante presencia. La luz de Jesús en el Tabor nos hace intuir que el dolor no tiene la última palabra.

La última y única Palabra es este Hijo predilecto, hecho Siervo de Dios por amor.

Escuchémoslo mientras nos indica el camino de la vida: vida resucitada en cuanto dada. Escuchémoslo mientras nos indica con una claridad absoluta los pasos diarios. Escuchémoslo mientras nos invita a bajar con él hacia los hermanos.

Entonces el lucero de la mañana se alzará en nuestros corazones e, iluminando nuestra mirada interior, nos hará vislumbrar en la opacidad de las cosas, en la oscuridad de los acontecimientos, en el rostro de cada hombre a Dios «todo en todos», eterna meta de nuestra peregrinación en el tiempo.

Adaptada por el C. M. Alfonso Marín, inspirado en la meditación propuesta en la Lectio Divina Vol. 17,  "Propio de los Santos 2", editada por Verbo Divino, Navarra 2005