María y la resurrección de Cristo
El
carácter único especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y su
perfecta unión con su Hijo en el sufrimiento de la cruz parecen postular su
particularísima participación en el misterio de la Resurrección [...]
Por ser imagen y modelo de la Iglesia, que espera al Resucitado y que en el grupo de los discípulos se encuentra con él durante las apariciones pascuales, parece razonable pensar que María mantuvo un contacto personal con su Hijo resucitado, para gozar también ella de la plenitud de la alegría pascual.
La Virgen santísima, presente en el Calvario durante el viernes santo (cf. Jn 19,25) y en el cenáculo en Pentecostés (cf. Hch 1,14), fue probablemente testigo privilegiada también de la resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del misterio pascual. María, al acoger a Cristo resucitado, es también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos.
En el tiempo pascual, la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: «¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!». Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el «¡alégrate!» que le dirigió el ángel en la anunciación, para que se convirtiera en «causa de alegría» para toda la humanidad
Catequesis de Juan Pablo II [21-mayo-1997]).
ORACIÓN
«Cuando viste a tu Hijo resucitado de la tumba, el tercer día, Esposa de Dios, Virgen santísima, cesó todo el dolor que como madre habías padecido al verle sufrir. Te llenaste de alegría, junto con los discípulos que, contigo, le cantaban himnos.
Resplandece, resplandece, nueva Jerusalén, porque la gloria del Señor ha surgido sobre ti, y tú alégrate, oh pura madre de Dios»
Intercede por nosotros, oh Virgen santa, para que se nos conceda tu fe, que sabe obedecer sin pedir signos o razones y, cuando todo parece acabado, sabe esperar el renacer de la vida.