MARÍA Y LA FAMILIA DE JESÚS
Jesús
tuvo una familia humana, en la que María ocupó un puesto muy especial por ser su
madre, sin embargo, en el Evangelio (Mc 3,31-35), se nos revela que los vínculos
de sangre tienen para Jesús poco valor.
Ningún ser humano ha tenido con Jesús una relación tan especial como Maria. Ella fue quien, por su escucha obediente de la Palabra divina, lo concibió y dio a luz. Por ella recibimos el gran don de Dios que es su Hijo encarnado. Aparentemente, no cabe una dignidad mayor. La maternidad divina de María sería, según eso, su mayor grandeza. Sin embargo, la relación de María con Jesús no se reduce a un parentesco puramente natural. Ella fue Madre de Dios porque cumplió la voluntad de Dios: «Hágase en mí según tu palabra».
Es muy normal considerar a los parientes personas próximas, de confianza, con las que se comparten muchas cosas. Por eso los cristianos, la familia de los hijos de Dios, nos llamamos «hermanos». Por nuestra relación con Jesús, el Hijo, hemos entrado en esa familia divina. Sólo los que lo reciben y creen en Él (cf. Jn 1,12) llegan a ser hijos de Dios.
Los verdaderos parientes de Jesús, por tanto, no son necesariamente los que parecen estar más cerca de Él. Sólo quien escucha la Palabra de Dios y la cumple, como hizo María, es madre, hermana y hermano de Jesús.
Pertenecer
a una familia da derechos en el trato con los demás parientes, y también crea
obligaciones. Pero, a veces, tanto en la familia humana como en la divina,
buscamos sólo los derechos y descuidamos los deberes. Por otro lado, a veces
sucede que tenemos una relación familiar con quienes no son de nuestra sangre.
¿Tenemos la experiencia de llevamos "como si fuéramos familia" con alguien que
no es pariente nuestro?
Es posible que hayamos descubierto en nuestra vida aspectos negativos de egoísmo disfrazado de "sentimientos familiares" de todo tipo.
Hasta en la relación con Jesús confundimos a veces el parentesco espiritual que nos une a Él con algo a lo que tenemos derecho y que no nos obliga a nada o a casi nada.
La Palabra de Dios que vamos a proclamar desenmascara todo eso y nos pone ante el elemento clave del parentesco con Jesús. Ser hijo de Dios es un don que se regala a los que acogen a Jesús y creen en Él (cf. Jn 1,12). Genera derechos, sí, pero sobre todo un "deber": una forma de vida nueva que consiste en cumplir siempre la voluntad de Dios.
Así fue la vida de Jesús, el Hijo, y la de María, la Madre. Así debe ser la vida de las hermanas y hermanos. Para Jesús, el verdadero parentesco con Él, es la fe la que nos sitúa en la verdadera familia para un cristiano.
María
escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica. Por eso fue la Madre de Dios.
Su cumplimiento de la voluntad divina lo vivió en continuo diálogo con Dios:
María hizo de cada momento de su vida una oración, debemos pues imitar su
ejemplo, haciendo oración. Podemos dar gracias a Dios porque nos ha regalado el
don de ser hijos suyos, y también pedirle que nos ayude a cumplir la tarea que
ese don nos exige: realizar siempre su voluntad.
El Evangelio Mc 3,31-35 nos presenta una escena fácil de imaginar. Hay dos planos: en primer término, Jesús rodeado de gente que escucha sus palabras y ve lo que hace; en segundo término, casi invisibles debido a la muchedumbre, la madre y los hermanos de Jesús, que mandan a decir a Jesús que salga, que quieren verlo. Hay, por tanto, dos ámbitos espaciales claros: los que están "dentro" del círculo creado por Jesús (la gente) y los que están "fuera" de dicho círculo (los parientes).
Este juego espacial (cerca-lejos, dentro-fuera) tiene una evidente carga simbólica: la posición espacial respecto a Jesús, es signo de la postura espiritual respecto a Él.
De hecho, seguimos hablando hoy en día de los "alejados" para referirnos a los creyentes que han abandonado la fe o, al menos, algunas de sus prácticas exteriores. Lo paradójico es que, en este pasaje evangélico, están lejos/fuera quienes en apariencia debían estar más cerca de Jesús y más dentro de su círculo: sus parientes.
Sabemos por algunos pasajes del Evangelio que los parientes de Jesús no creían en Él (Mc 3,21, Jn 7,5; cf. Mc 6,4) y por otro lado, también nos consta que muchos de los que escuchaban la predicación de Jesús rechazaron su mensaje (Mc 4,1-20 ).
En el simbolismo espacial del pasaje hay que distinguir tres planos:
Los parientes de Jesús entienden literalmente su lejanía y la quieren corregir. Desean que Jesús salga hasta donde ellos están y les haga el caso que merecen. Se creen con derechos especiales sobre Jesús, y quieren estar cerca de Él para controlarlo y evitar que perjudique el honor familiar.
Para Jesús, la posición espacial también tiene valor simbólico. Quiere crear una nueva familia, su familia creyente, que esté cerca de Él, dentro de su círculo. Dicha familia sólo puede nacer de la escucha y acogida de su palabra. En esto no tienen ninguna ventaja sus parientes. También ellos, si quieren entrar en esa nueva familia, han de escuchar y creer, esto es, "cumplir la voluntad de Dios" para estar cerca.
La libertad humana para acoger y rechazar a Jesús hace posible que el simbolismo espacial no coincida, por el momento, con la realidad: hay cercanos que en realidad están lejos, y lejanos, en cambio, que están cerca. Esto supone dos cosas. En primer lugar, que a veces las apariencias engañan. Estar cerca no significa automáticamente ser verdadero hermano de Jesús. Estar lejos no supone ser ajeno a Jesús. Recordemos la parábola de la cizaña y el trigo (Mt 13,24-30): los dos crecen entremezclados, sin que sea posible separarlos hasta el final.) En segundo lugar, que el único modo de distinguir a los verdaderos parientes de Jesús es su actuación ("Por sus frutos los conoceréis"): cumplen la voluntad de Dios.
La escena a la que asistimos, pues, no está hecha y acabada, sino que se está haciendo, se encuentra en movimiento. Jesús no se deja acaparar por su familia humana porque está creando su familia divina. Ya desde ahora, sus verdaderos parientes son los que, como Él, hacen la voluntad del Padre. Ésos han nacido de Dios (Jn 1,13). Por eso puede llamarlos "hermanos" y "hermanas". Pero el número de estos "hermanos" no está cerrado, ni limitado a los que parecen encontrarse más cerca de Jesús (los cristianos en general, los que van a misa, los sacerdotes o religiosos, los pertenecientes a grupos, etc.).
Las palabras de Jesús ("Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre") son la clave para entender el movimiento de los diversos planos del texto.
Es
extraña la afirmación de que una misma persona ("el que cumple...") puede ser
"hermano, hermana y madre" de Jesús. Indica que el parentesco divino no es tan
limitado como el humano en sus funciones, ni presenta diferencias por razón de
sexo.
La mención de la "madre", junto a "hermano y hermana", alude a María. Ella es modelo de cumplimiento de la voluntad de Dios. Su "sí" hace posible el nuestro, pues sin el suyo no habríamos recibido a Cristo ni, por tanto, el acceso a la filiación divina. Con nuestro "sí", podemos concebir a Jesús en nuestro corazón y darlo a luz cumpliendo la voluntad del Padre.
La situación descrita en el pasaje es la realidad que vivía la comunidad para la que Marcos escribe su evangelio: como Jesús, muchos de esos cristianos han tenido que romper con sus familias humanas para incorporarse a la nueva familia de los creyentes; pero saben también que su "sacrificio" no les da ningún "derecho" sobre Cristo ni sobre su salvación, pues sólo el cumplimiento de la voluntad de Dios mantiene al cristiano dentro de la familia de Jesús; experimentan en su vida que la fe no se adquiere de una vez para siempre, no es estática, sino algo vivo, que ha de crecer, es un camino que se ha de recorrer como nos dio ejemplo María.
Inspirada en el libro “María, Evangelio vivido” bajo la coordinación de La Casa de la Biblia, por Editorial Verbo Divino, Navarra 1999.