MARÍA Y EL EVANGELIO DE SAN JUAN

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En el evangelio de Juan, se habla de María de una manera sobria, sin pronunciar siquiera su nombre. Se la llama habitualmente «la madre de Jesús», salvo cuando Jesús se dirige directamente a ella llamándola «mujer».

María está presente en el signo inaugural y profético de Caná (Jn 2,1-12) y en la consumación del misterio (Jn 19,25-27), casi para enmarcar con su presencia discreta el comienzo y la conclusión de la vida pública, dos epifanías diferentes y complementarias del amor de Jesús por la humanidad.

Ambos episodios están ligados estrechamente y se iluminan el uno al otro, como se desprende también de la remisión a la «hora». En este momento crucial, se llama a María «mujer», título que saca a la luz no tanto su individualidad, como su función en la obra salvífica del Hijo. María, la mujer asociada a la hora del Hijo, se sitúa ahí, en esa perspectiva abierta, como el punto crucial.

Cuando Paulo VI promulgó, en 1964, el documento conciliar LUMEN GENTIUM, pronunció un discurso en el que proclamaba a María «Madre de la Iglesia» y el texto bíblico que fundamenta principalmente ese título es precisamente Jn 19,25-27.

Partimos del testamento espiritual de Jesús para comprender el papel de María. La entrega de María a Juan por parte de Jesús moribundo está teñida de una humanísima delicadeza.

Con todo, no hemos de abandonarnos a una interpretación demasiado literal, y mucho menos psicológica o sentimental. Las primeras palabras de Jesús están dirigidas a su madre para confiarle al discípulo; si se hubiera tratado sólo de una solicitud filial, hubiera sido más justo lo contrario. En consecuencia, Jesús no pretende resolver una cuestión de familia, para lo cual, como mínimo, habría elegido un momento más oportuno.

Orígenes intuyó ya en el siglo II el valor eclesial del fragmento y después de él, otros muchos autores, sobre todo a partir del siglo V.

Jesús, la Palabra eterna del Padre, ve a su madre y al discípulo amado y le dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Jesús le revela que, a partir de ese momento, ella será también madre de todos los creyentes, representados en el discípulo que se encuentra allí junto a ella.

Es voluntad explícita de Jesús que su madre se convierta en la madre espiritual de todos los creyentes, madre de la Iglesia. Precisamente por este nuevo papel recibe el título de «mujer».

De modo semejante, Jesús se dirige al discípulo recordando su nueva relación filial con María. Y el discípulo, obedeciendo el deseo de Jesús, «la recibió como suya». Por eso, más que una acogida física, se trata de acoger un bien espiritual y de establecer una comunión de vida, como ya observó también san Agustín: «La tomó consigo y no en su poder, puesto que no poseía nada, sino entre sus deberes, a los que atendía con abnegación».

Obra: “LECTIO DIVINA PARA LA VIDA DIARIA. Relatos de la Pasión” editada por Verbo Divino, Navarra 2006