MARÍA, VIRGEN Y MADRE, SIGUE PRESENTE ENTRE NOSOTROS
En este escrito, con lenguaje
sencillo, se pretende hablar no «de» María, sino «a» María, y, «desde» su
misterio, orar con ella y en ella. El papa Juan Pablo II, en su encíclica
Redemptoris Mater de 1987, nos invitó a hacer presente a María en los umbrales
del siglo XXI. La Iglesia y la humanidad necesitan a María; ella no es un mero
recuerdo, sino sobre todo una presencia. No es alguien del pasado, sino alguien
viviente en ese maravilloso misterio que llamamos comunión de los santos.
Ciertamente que María no es bien acogida en muchos ambientes, incluso teológicos. Algunos de nuestros hermanos separados, los protestantes, dicen que es el culmen de todas las herejías y el mayor impedimento para un verdadero diálogo ecuménico.
Los ortodoxos recelan de los últimos dogmas católicos, particularmente por haberla declarado Inmaculada, lo cual, según ellos, es tanto como afirmar que no fue libre; como si Dios, paradójicamente, hubiera impedido con su gracia que María fuera una persona libre y, por tanto, que dijera su «sí» con plena libertad.
Y por si lo anterior fuera poco, en nuestros ambientes católicos los entendidos no saben muy bien dónde situar a María: o bien al lado de Jesús, resaltando de ella todos sus privilegios y haciéndola una supercristiana, o bien considerarla una simple cristiana, peregrina en este valle de lágrimas y zarandeada por las mismas vicisitudes que padece cada miembro de la Iglesia.
Por último, también fuera de la Iglesia el ambiente tiende a relegarla o a luchar en su contra. Ciertas tendencias feministas, que reivindican la liberación radical de la mujer, ven a María como modelo desfasado y obsoleto; como símbolo de una mujer sumisa y esclava, sin iniciativas y sin nada que decir en el siglo XXI.
Y sin embargo, en María se descubre, entendiendo bien el misterio, que ella es el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro e identidad del ser humano; adicionada la autenticidad de la mujer de todos los tiempos, incluida la de hoy.
La persona de María hay que contemplarla no con los ojos de la carne, sino con los del Espíritu; no desde dimensiones sociológicas, psicológicas, filosóficas o literarias, sino desde el plan de Dios.
Ella no es un personaje mitológico,
inexistente o fantástico; ni siquiera una necesidad o proyección de la humanidad
pobre y oprimida o un invento de la Iglesia con no sé qué extrañas intenciones.
Se le ha llamado con razón icono del misterio. Porque verla a ella, es ver el misterio y la obra de Dios, del Dios vivo.
María, por sí sola, tiene poco que decirnos, su gran secreto, su verdadera grandeza, es estar cerca de su Hijo y de nosotros, sus hijos. Ella es como un puente: lleva a la humanidad a Dios y a Dios a la humanidad.
Para revelar un poco más de María, que es al mismo tiempo mostrar un poco más de nosotros mismos, es recomendable acercarse ante todo a las fuentes vivas: a la Sagrada Escritura y a la Tradición Viva. Porque el concilio Vaticano II nos recordó que el cristianismo para ser él mismo y para renovarse, debe mirar siempre a las fuentes originarias.
Y si de entrada alguien pregunta cómo presenta la Sagrada Escritura y la Tradición a María, utilizaremos tres palabras, las mismas que Francisco de Asís señalaba a sus frailecillos: ella es al mismo tiempo esposa, madre y hermana. Esposa que se dejó fecundar por el Espíritu Santo; madre que dio a luz al Hijo de Dios; y hermana que supo vivir el Evangelio como un verdadero peregrinaje.
A la luz de la vida de María, estamos llamados a ser «esposos» que dejan que la vida del Espíritu Santo nos vaya transformando por dentro, «madres» que sabemos darnos a luz unos a otros a Cristo, y «hermanos» que vivimos el Evangelio de la esperanza.
Sobre todo la esperanza, en este comienzo del siglo XXI donde la humanidad parece caminar por senderos de desesperanza y crispación, evidenciando lo que los últimos papas han denominado la civilización de la muerte y de la violencia frente a la civilización del amor y de la vida.
Grandes teólogos nos han recordado que la Cristiandad vivió de los siglos I al XIII de la virtud de la caridad; de los siglos XIII al XIX de la virtud de la fe; y desde el siglo XX en adelante necesitamos de la virtud de la esperanza.
Muchas veces, cuando nos referimos a María, se dice que «fue la mujer que dejó a Dios ser totalmente Dios en su vida».
Dejar a Dios ser Dios, ésta es nuestra más profunda vocación. San Juan de la Cruz, el gran místico afirma que el Espíritu Santo nos habita desde el día de nuestro bautismo. Pero en algunas casas se encuentra más a gusto que en otras. Porque en algunas encuentra todas las habitaciones abiertas, pero en otras encuentra ciertas habitaciones cerradas o con sombra y pecado. Puede ser la habitación de la razón, de los afectos o de las obras... En María, sin embargo, todas las habitaciones estaban libres y abiertas para Él.
Sí, Dios Trino ha habitado en María totalmente. No es extraño que Él mismo le haya denominado, por medio de su ángel, «la llena de gracia», por dentro y por fuera. La totalmente agraciada y graciosa. La Eva final.
Volviendo a las fuentes de la
Biblia, recordamos el pasaje más antiguo del Nuevo Testamento que habla de
María. Me refiero al capítulo 4 de la Carta de san Pablo a los gálatas, que fue
escrito entre los años 53-57. Resulta curioso que en él ni siquiera se llame a
Maria por su nombre; ni tampoco a Jesús. Sencillamente se afirma que cuando
llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su hijo al mundo, nacido de mujer
y bajo la ley para liberarnos de la ley y para hacernos hijos de Dios.
Versículos parcos, sencillos, pero densos y cruciales para entender su vida y su misión. En ellos se nos dice que, gracias a María, sencilla y humilde doncella de Nazaret, llegó el momento más importante de la humanidad: la encarnación del Hijo. Y la historia de la humanidad cobró entonces su sentido más profundo.
De este pasaje, el más primitivo, deducimos que la vida y la misión de María, sin la vida y la misión de Cristo, no son nada. Gracias a ella, no solamente hemos comprendido que Dios «nos da» cosas y sus gracias, sino que «se da» a sí mismo. Él se hace hombre para que el hombre pueda hacerse Dios. Y lo más importante, viene a liberarnos de la ley, a saber, de nuestros proyectos demasiado humanos. Lo importante es vivir su vida en nuestra vida. Novedad exquisita. No se trata de vivir otro mundo, sino de hacer de este mundo «otro», según su plan.
Ni el más maravilloso de los relatos humanos podría haber inventado o imaginado algo tan sublime: que todo un Dios, que es espíritu, eternidad y que no cabe en el universo, se haya hecho tiempo de nuestro tiempo, carne de nuestra carne e historia de nuestra historia, y todo gracias a la participación de una mujer. Lo único que cabe es arrodillarnos y dar gracias ante tanto amor y generosidad derramados.
Este es el mensaje de María: que cada uno de nosotros, como ella, formamos parte del proyecto de Dios Trino. Somos mucho más que fruto del azar o de la casualidad; somos hijos en el Hijo. Y somos, como ella, las personas más libres del mundo, pues nuestro tesoro, nuestro verdadero secreto, es Él, el Hijo.
¡Cómo cambiaría nuestra vida si viviésemos esta gran y verdadera verdad! Sirva como conclusión la presente oración al Hijo de María:
Señor
Jesús,
que te has revelado a los hombres
y has escogido a María Inmaculada
como mediadora de la revelación de tus misterios;
haz que, como ella, estemos siempre atentos
a tus palabras y a tus silencios,
y no permitas que nuestro orgullo
y nuestras sombras y pecados
impidan escuchar tu voz
y reconocer tu rostro en nuestras vidas.
Inspirada en el
libro “En el misterio de María” de Raúl Berzosa Martínez, de
Editorial Sígueme, Salamanca 2006