MARÍA AL SERVICIO DE LA ENCARNACIÓN

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San Ireneo de Lyon (siglo II d.C.), tuvo que luchar arduamente contra las herejías de su tiempo. Así, por ejemplo, describe cómo algunos afirmaban que Jesús fue un hombre común nacido de José y María, sin embargo elevado sobre los demás seres humanos por su justicia, poder y sabiduría. O bien cómo las diversas sectas gnósticas, que no podían aceptar la carne verdadera de Cristo, afirmaban que no habría tomado ni carne ni sangre de María; sino que "pasó por ella como el agua por un canal", dejándola seca, y por tal motivo ella sería virgen.

Por eso Ireneo insiste en el servicio de María, como madre, subrayando tres aspectos fundamentales:

1.    En cuanto madre verdadera, de la que según los Evangelios nació como hombre completo, garantiza contra los gnósticos la realidad de la carne de Jesús, sin la cual es imposible la vida histórica de Cristo, y su muerte y resurrección reales: "Yerran quienes afirman que él nada recibió de la Virgen... De otro modo habría sido inútil su descenso a María: ¿para qué descendía a ella, si nada había de tomar de ella?" Todos los signos que el Evangelio nos ofrece de la real humanidad de Jesús, son una prueba de que “este es el Hijo de Dios, Señor nuestro,” Verbo existente del Padre, e Hijo del Hombre porque es de la Virgen María, que tuvo su origen de los hombres puesto que ella misma era un ser humano. Precisamente porque el Hijo, al hacerse carne, debía recapitular en sí aquello que había caído (esto es, la humanidad heredada de Adán), por eso el hecho de nacer realmente de María, es la prenda de que él es hijo y descendiente de Adán, cuya simiente había de asumir para poder transformarla en lo que él es como Dios. Por eso su carne es la misma carne de María, hija de Adán. Pero también por medio de ella Jesús se liga a la generación de Abraham y de David, y sólo por tal motivo el Hijo de María puede llegar a ser el cumplimiento de las promesas hechas a los Padres.  En otras palabras, sin ella no hay continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: argumento al que en el futuro muchos Padres hicieron recurso abundantemente.

2.    En cuanto madre virgen, es el signo querido por el Padre para revelar la divinidad de su Hijo, y de su intervención salvífica directa en la historia del hombre para su salvación: "Dios, pues, se ha hecho hombre, y el mismo Señor nos ha salvado (Is 63,9) y nos ha dado él mismo el signo de la Virgen (...) Por el auxilio divino se realizaba este parto admirable de la Virgen, pues Dios daba este signo, sin que el hombre interviniese". Pero poco antes ha dicho que el verdadero signo de nuestra salvación es el Hijo de la Virgen: "Por eso, pues, el signo de nuestra salud es el mismo Señor, el Emmanuel nacido de la Virgen". Podríamos, pues, decir que la maternidad virginal de María es un signo del signo, es decir un signo al servicio de aquél que nos ha salvado. Idea, por otra parte, muy frecuente en este autor, como cuando escribe: "¿cómo dejará el hombre la generación de la muerte, si no pasa a la nueva generación, que Dios le ha dado de modo admirable e inespera­do, ofreciéndole como signo de salud, la generación de la Virgen?".

Ireneo pone este "nacimiento de la Virgen", entre las verdades fundamentales de su "credo", heredado de la doctrina apostólica. El hecho de la concepción de Jesús ocupa, en efecto, un lugar privilegiado en la reflexión de este Padre, bajo formas diversas:

Comentando Jn 1,13, lo traduce en singular, con todos los Padres de los tres primeros siglos: "El cual nació no de la sangre, ni de la voluntad de carne, ni del deseo de varón, sino de Dios": éste es el signo que indica la ausencia de intervención de semen varonil por unión sexual, en la concepción del niño.

Por eso también en diversas ocasiones, sobre todo en relación con Mt 1,22-23, excluye absolutamente la aserción (que atribuye a los herejes, de que Jesús habría nacido de la unión matrimonial cíe José y María: "Quienes dicen que era un simple hombre engendrado por José, perseverando en la servidumbre de la antigua desobediencia mueren, por no unirse con el Verbo de Dios Padre, ni participar de la libertad del Hijo.

Dicha virginidad está igualmente al servicio de la salvación del hombre como signo de la recapitulación en Cristo: así como el ;primer Adán nació de "tierra no trabajada y aún virgen", y desobedeciendo se hizo cabeza de la humanidad destinada a la muerte, de modo semejante, "para recapitular a Adán en sí mismo”, el Verbo existente recibió justamente de María, la que aún era Virgen, el origen de lo que había de recapitular en Adán.

3.    Finalmente, está al servicio de la resurrección de su Hijo, y con ésta, de la resurrección nuestra. Porque sin verdadera carne (o sea sin real maternidad de María), no habría en Jesús un cuerpo real que pudiese morir y resucitar; sin la divinidad (cuyo signo es la concepción virginal), veríamos en Cristo (luego en nosotros) sólo una carne muerta, que no tendría por qué resucitar. ¿Y cómo podrán creer en la resurrección quienes no creen en la concepción virginal? ¿No son ambos igualmente misterios de fe que dependen de la revelación del plan salvífico del Padre?

Extractado del compendio “María en los Padres griegos” de Carlos Ignacio González, S. J., publicado por la Conferencia del Episcopado Mexicano, México 1993.