MARÍA, SEÑAL DE ESPERANZA CIERTA Y DE CONSUELO
Artículo 68: Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor (cfr. 2 P 3, 10), brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo.
El quinto y último apartado del capítulo mariano del documento conciliar Lumen Gentium, lleva el título de «María, señal de esperanza segura y de consuelo para el Pueblo de Dios en marcha». Es la consumación de María como señal de esperanza
En
este punto,
la
mirada del Concilio se dirigió a María en su gloria celestial: al haber recibido
ya por su asunción al cielo la consumación que está prometida a todo hombre,
ella es imagen y comienzo del mundo venidero. La asunción corporal de María al
cielo no es entendida por la Iglesia como un privilegio que se le asigna
arbitrariamente. Antes bien, con la glorificación celestial de María en cuerpo y
alma se alude a la consumación del hombre en su totalidad, que ahora aún excede
todas las posibilidades de imaginarla.
La mirada a la madre de Jesús, que ya ha llegado a su consumación, abre a todo corazón humano la esperanza de que él también será llevado por Dios a su consumación «en cuerpo y alma», de que alcanzará la gran meta: «ni el ojo vio ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Co 2, 9) y para «los que en él confían» (Is 64, 3).
Al mirar a María, la Iglesia peregrina encuentra en ella una señal que da fundamento a la esperanza de su fe. Encuentra en ella la demostración de que Dios ha hecho reales sus promesas mediante sus obras llenas de poder. La mirada a la Madre de Dios asunta al cielo remite, ciertamente, a la fuente original de todo consuelo: la acción resucitadora del Padre sobre el Hijo de Dios crucificado, que ha tomado de María nuestra existencia humana (Ga 4, 4-6). En esta acción resucitadora, Dios ha hecho patente «su poder y divinidad» (Rin 1, 20). Se ha revelado al final de los tiempos como «el Dios que da vida a los muertos y llama a lo que es lo mismo que a lo que no es» (Rm 4, 17).
Ahora
bien, la resurrección de Jesús no es meramente una obra salvífica realizada una
sola vez, sino que de ella puede participar toda persona que crea las promesas
de Dios. Primero se han otorgado la plenitud de la salvación y el don de la vida
eterna a la madre del Señor (Lc 1, 43), «que ha creído que se cumplirá lo que se
le ha dicho de parte del Señor» (Lc 1, 45; cfr. Lc 11, 28). Por ello, el
Concilio la llama «señal de esperanza cierta y de consuelo».
En María se han cumplido las promesas escatológicas de Jesús, y lo que el Concilio deseó expresar una vez más en este punto es la unidad existente entre la Iglesia peregrina y la que ya ha alcanzado su consumación, así como la esperanza que la Iglesia peregrina puede extraer de ese hecho.
La consumación de María «en cuerpo y alma» no se debe comprender, por tanto, como un añadido externo a la certidumbre que ha sido otorgada a quienes creen en la resurrección de Jesucristo. Las afirmaciones de fe sobre la consumación de María no aspiran a ofrecer una ampliación del contenido de las afirmaciones de fe sobre la resurrección de Jesús, que es la razón única de nuestra esperanza (1 P 3, 15).
Solo
en
Él
podemos preciarnos de nuestra esperanza en la gloria de Dios (Rin 5, 2). Lo que
Dios Padre ha prometido de modo irrevocable
en
Jesucristo a toda la Iglesia se ha cumplido ya en María, a saber, que «por la
redención de nuestro cuerpo» (Rm 8, 23) se ha hecho patente que somos hijos de
Dios.
Recordemos a este respecto la Carta a los Hebreos, cuyo autor hace presente a la comunidad, que había aflojado en la le, las fuerza, dinámicas que experimentamos cuando pensamos en «los justos perfectos que están escritos en los cielos»: .vosotros os habéis allegado [...] a la ciudad de Dios vivo, a la Jerusalén celestial [...] y a los espíritus de los justos perfectos y al Mediador de la nueva alianza, Jesús» (Hb 12, 22-24).
María, que en su persona reúne todos los acontecimientos salvíficos y todos los misterios de la [e decisivos, es, por así decir, aquella santa entre los «espíritus perfectos» en la que «resplandece» (LG 65) la consumación prometida de cada hombre concreto y que de esa manera, como miembro de la Iglesia triunfante, precede a la Iglesia peregrina iluminándola «como señal de esperanza cierta y de consuelo».
Tomado del libro”¿Qué significa María para nosotros los cristianos?” de Gerard L. Müller editado por Ediciones Palabra, Madrid 2001