MARÍA RESUCITADA Y ASUNTA A IMAGEN DE SU HIJO

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María comenzó a ejercer los signos de su inagotable capacidad y poder maternales en toda la tierra, y, para hacerlo con la discreción con la que actuó en Nazaret (al estilo de su acción en Caná, providente y decidida, siempre a favor de quien lo necesita), quiso adaptar su rostro y sus caricias a las necesidades de todos sus hijos en el mundo.

Desde el lado de su Hijo, asociada a Él como mediadora y habiendo recibido de Él la plenitud de las gracias, la llena de gracia, había sido saludada por Gabriel, sigue ella, como hemos visto, derramando a manos llenas los favores de los que fue constituida mediadora y dispensadora. Pero sus gracias y privilegios no terminarían en esa dispensación de sus favores.

El 1 de noviembre de 1950, el Papa Pío XII, por medio de la constitución apostólica «Munificentissimus Deus», anunciaba solemnemente: «Proclamamos, declaramos, definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial».

La Iglesia en esta definición solemne, y dígase lo mismo de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, llegaba a esta proclamación después de haber leído el crecimiento de la fe de la Iglesia en esta verdad a través de una larga tradición, o, en otras palabras, después de haber ido tomando conciencia de que el Espíritu había ido llevando progresivamente a la convicción en la Iglesia, que María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria, participando así de la condición gloriosa que su mismo Hijo ya gozaba por su resurrección; y ello como algo que era deducido de los datos de la Revelación.

Así es, en efecto, pues, examinada la Tradición, y constatada ésta en Padres y grandes teólogos, comienza a abrirse paso un progreso, o crecimiento dogmático, cuando, contra las oscilaciones a causa de no poder apreciarse una gran fundamentación de esta verdad en la Escritura es invocada la unanimidad del sentimiento cristiano que la hace Creíble, con lo que, una vez más, la fuerza del Espíritu alentando en el pueblo de Dios irá conduciendo, según la promesa de Cristo, hasta la posesión completa de esta verdad por toda la Iglesia.

En 1942 se publicaban dos volúmenes recogiendo miles de peticiones de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, y ocho millones de fieles individuales que habían solicitado la definición entre 1849 y 1950. El Papa, con exquisita prudencia, aún volvería sobre el tema publicando el 1 de mayo de 1946 la encíclica Deiparae Virginis, en la que solicitaba de los obispos su opinión una vez consultado el clero y diocesanos acerca de su fe en la Asunción.

Pero no sería este su postrer esfuerzo, como pastor supremo, para recoger la sensibilidad epidérmica, por así decir, en la que se manifestase el calor del Espíritu acerca de esta verdad.

Nuevamente volvió Pió XII a solicitar en una carta encíclica al episcopado (1-6-1946) que manifestaran los obispos su parecer y el del pueblo cristiano que presidían acerca de la posible definición dogmática de la Asunción.

Dos meses y medio antes de la definición solemne, es decir, en la fiesta litúrgica de la Asunción (el 15 de agosto de aquel 1950), habían contestado 1.181 obispos residenciales, con un mínimo porcentaje de 22 votos negativos, y no por otra razón, en general, que por estimar la inoportunidad de la definición, fuera de seis respuestas que mostraban sus dudas acerca de la continencia de esta verdad en la Revelación.

Aunque la definición no quiso dilucidar el tema de la muerte de María, cumplido el curso de su vida mortal, los textos recogidos parecen insinuar suficientemente que pudo suceder. La reiterada afirmación de su unión estrechísima con el Hijo y sus vicisitudes, insinúan que ella también murió, pero sin sufrir la corrupción del sepulcro, puesto que fue resucitada y ascendida a la Gloria, inmediatamente después de ser depositada en el sepulcro.

Tomada del libro “Las Doce Estrellas de la Mujer del Cielo” de Luis Martínez Fernández, volumen 30 de la colección de Estudios y Ensayos de Teología de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2002.