MARÍA, MODELO DE RECEPCIÓN DE LA PALABRA PARA EL CREYENTE

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En la historia de la salvación emergen grandes figuras de oyentes y de evangelizadores de la Palabra de Dios: Abraham, Moisés, los profetas, los Santos Pedro y Pablo, los otros apóstoles, los evangelistas. Ellos escuchando fielmente la Palabra del Señor y comunicándola han hecho espacio al Reino de Dios.

En esta perspectiva, un papel central asume la figura de la Virgen María, la cual ha vivido en modo incomparable el encuentro con la Palabra de Dios, que es el mismo Jesús. Por este motivo, ella es un modelo providencial de toda escucha y anuncio. Educada en la familiaridad con la Palabra de Dios en la experiencia intensa de las Escrituras del pueblo al cual ella pertenecía, María de Nazaret, desde el evento de la Anunciación hasta la Cruz, y aún hasta Pentecostés, recibe la Palabra en la fe, la medita, la interioriza y la vive intensamente (cf. Lc 1, 38; 2, 19.51; Hch 17, 11).

En virtud de su “sí”, dado inicialmente, y nunca interrumpido, a la Palabra de Dios, ella sabe observar en torno a sí y vive las urgencias del cotidiano, siendo consciente que lo que recibe como don del Hijo es don para todos: en el servicio a Isabel, en Caná y junto a la cruz (cf. Lc 1, 39; Jn 2, 1-12; 19, 25-27).

Por lo tanto, a ella se aplica cuanto ha dicho Jesús en su presencia: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). «Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada».

En particular, debe considerarse su modo de escuchar la Palabra. El texto evangélico «María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19) significa que ella escuchaba y conocía las Escrituras, las meditaba en su corazón a través de un proceso interior de maduración, donde la inteligencia no está separada del corazón.

María buscaba el sentido espiritual de la Escritura y lo encontraba relacionándolo con las palabras, con la vida de Jesús y con los acontecimientos que ella iba descubriendo en la historia personal. María es nuestro modelo tanto para acoger la fe, la Palabra, como para estudiarla. A ella no le basta recibirla, la medita atentamente. No solamente la posee, sino que al mismo tiempo la valoriza. Le da su consentimiento, pero también la pone en práctica. Así María se transforma en un símbolo para nosotros, para la fe de las personas simples y para aquella de los doctores de la Iglesia, que buscan, sopesan, definen cómo profesar el Evangelio.

Recibiendo la Buena Noticia, María se presenta como el tipo ideal de la obediencia de la fe y se transforma en ícono viviente de la Iglesia al servicio de la Palabra. Afirma Isaac de la Estrella: «En las Escrituras, divinamente inspiradas, aquello que es dicho en general de la virgen madre Iglesia se entiende singularmente de la virgen madre María [...]. Heredad del Señor en modo universal es la Iglesia, en modo especial es María, en modo particular el alma de cada fiel.

En el tabernáculo del vientre de María Cristo habitó nueve meses, en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta el fin del mundo, en el conocimiento y en el amor del alma fiel para la eternidad» .

María enseña a no permanecer como extraños espectadores ante una Palabra de vida, sino a transformarse en participantes, haciendo propio el “heme aquí” de los profetas (cf. Is 6, 8) y dejándose conducir por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Ella “magnifica” el Señor descubriendo en su vida la misericordia de Dios, que la hace “beata” porque «ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1, 45). Dice San Ambrosio que todo cristiano que cree, concibe y genera el Verbo de Dios. Si hay una sola madre de Cristo según la carne, según la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos.

Es necesario escuchar como María y con María, madre y educadora de la Palabra de Dios. Existe la forma simple y universal de escucha orante de la Palabra que son los misterios del Rosario. El Papa Juan Pablo II ha puesto en luz la riqueza bíblica del mismo, definiéndolo «compendio del Evangelio», en el cual la enunciación del misterio «deja hablar a Dios», permite «contemplar a Cristo con María» [35].

Más aún, como la Virgen María, templo del Espíritu, en una vida silenciosa, humilde y escondida, así la Iglesia toda ha de ser educada para testimoniar este estrecho vínculo entre Palabra y Silencio, Palabra y Espíritu de Dios. La escucha de la Palabra en la fe se transforma luego en el creyente en comprensión, meditación, comunión, participación, actuación: se perciben aquí los lineamientos de la Lectio Divina, como una vía privilegiada del acercamiento del creyente a la Biblia.

Extractada de “LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN, DE LA IGLESIA”, Ciudad Del Vaticano, 10 de junio de 2008, XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA, SÍNODO DE LOS OBISPOS, “INSTRUMENTUM LABORIS”