MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO
María solamente puede ser comprendida en su relación con Cristo y sólo desde esta relación puede hablarse rectamente de su grandeza excepcional y única.
Tan personalmente unida está a Cristo, que comparte por Él y con Él el misterio de la salvación. El Evangelio pone de manifiesto, discretamente pero con claridad, esta comunión interpersonal en el misterio salvador a través de ciertos pasajes de penetrante e intensa significación:
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· anunciación y concepción de Jesús (Mt 1,18-25; Lc 1,26-38); · visitación de María a Isabel (Lc 1,39-56); · nacimiento y adoración de los pastores (Lc 2,6-7); · adoración de los Magos (Mt 2,11); · presentación en el templo (Lc 2,34-35.48-50); · primer milagro público en las bodas de Caná (Jn 2,1-55; · junto a la Cruz (Jn 19,25-27), pasaje éste que no puede dejar de relacionarse con Hch 1,14. En estas últimas dos escenas, aparece María en la revelación plena de su comunión con el misterio del Cristo total, Cristo Cabeza y su Cuerpo Místico (la Iglesia), representada en el colegio apostólico. María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia. |
Jesús, en su vida pública, realza a María en su comunión salvadora con Él, y lo hace en una proclamación irónica y paradójica, realmente sorprendente, pero en un momento especialmente oportuno y significativo.
La admiración popular causada por Jesús se traduce, mediante la voz anónima de una mujer, en el elogio bienaventurado de su madre: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron». Y Jesús responde, haciéndose eco de este elogio y confirmándolo en su verdad plena: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,27-28).
Lo que a primera vista parece y ha sido interpretado por algunos como despectiva respuesta, de fría ironía, es realmente en su contexto evangélico la rúbrica solemne con que Cristo confirma la elogiosa intuición de la grandeza maternal de María. Ella es bienaventurada madre de Jesús, porque:
· escuchó la palabra de Dios, y
· correspondió a ella con su obediente entrega generosa de fe.
La
bienaventuranza que Jesús hace refiriéndose, con indirecta claridad, a su madre,
está a tono con la bienaventuranza con que la saluda Isabel en su visitación:
«Dichosa tú que has creído lo que te ha dicho el Señor» (Lc 1,45); la misma
bienaventuranza que, exultante de gozo, sintiéndose agraciada, proclamará con
profunda humildad María en su canto del Magníficat: «Dichosa me llamarán todas
las generaciones» (Lc 1,48).
Es necesario tener presente la escena de la Anunciación para comprender adecuadamente y en su verdadero y pleno sentido mariano-maternal la bienaventuranza proclamada por Jesús.
A través del mensaje angélico, María ha escuchado meditando la palabra de Dios y la ha aceptado comprometiéndose en alma y cuerpo con ella. María ha creído en la palabra de Dios, y la palabra de Dios se ha cumplido encarnándose en ella.
La fe ha suscitado en María una total disponibilidad humilde y generosa a la voluntad salvadora de Dios: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra» (Lc 1,38). La fe de María en la palabra de Dios es el primer acto dispositivo para su divina maternidad. Mediante ella se integra en la realización del misterio de Dios hecho hombre.
Porque ha creído, la Palabra de Dios se encarnó en ella, y la salvación se ha realizado: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has dado un cuerpo [...] He aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Heb 10,5-9).
Esta comunión de María con Cristo en la realización del misterio de la salvación revela a María iluminada por el misterio mismo, desde su designio planeado por Dios hasta su consumación escatológica. María no añade nada al misterio salvador, sino que por su fe el misterio se ha revelado en ella y la ha revelado a ella. María es incomprensible sin el misterio de la salvación, porque es inseparable de Cristo.
Cuando la Iglesia celebra el misterio de la salvación es consciente de la presencia de María en comunión con Cristo. En la celebración litúrgica María no es una figura decorativa, sino una persona plenamente comprometida con su totalidad existencial en el misterio salvador, que sin su pleno compromiso personal no se hubiese realizado.
Por ello, la liturgia realza en ciertas celebraciones la presencia de María, integrada indisolublemente en el misterio que celebra. Tal realce no es una enfatización ritualista; sino una confesión de fe, explícitamente proclamada de su cooperación redentora, en las celebraciones y en los tiempos litúrgicos de especial significación mariana.
En los días inmediatos a la
Navidad, la presencia de María se hace más vivencialmente litúrgica como
preparación de fe a la celebración solemne del misterio.
La respuesta de María ha sido su fe. La fe es la aceptación conscientemente confiada y comprometida a la palabra de Dios. No la resignación pasiva ante una imposición inevitable. Por su divina maternidad es incorporada al misterio salvador con Cristo. Pero su divina maternidad es consecuencia de su fe: «Porque has creído».
San Agustín resalta la fe de María en el mensaje de la anunciación con expresiones que a una «piadosa» devoción mariana pueden impresionar con extrañeza, y sin embargo constituyen la interpretación acertada y el comentario mejor sintonizado con el paradójico elogio que hace Jesús de su madre, revelando la verdadera grandeza de su divina maternidad (Lc 11,27-28), comenta San Agustín:
«Ciertamente cumplió Santa María la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula que la de Madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser Madre de Cristo [...] María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió, y llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su corazón la verdad de Cristo [...] Y es más importante lo que se lleva en el corazón que lo que se lleva en el seno».
María, discípula y madre de Cristo, dos aspectos esencialmente constitutivos de la persona de María, en los que aparece mutuamente integrada y plenamente compartiendo por Cristo y con Cristo el misterio de la salvación.
Ambos aspectos se contienen
expresivamente en el Ave María: «Dios te salve, María, llena de gracia», y
«Santa María, Madre de Dios».
Estas expresiones resumen la devoción más auténtica del «culto especial, que la Iglesia tributa a María por «su singular dignidad de Madre de Dios». Ellas garantizan también su verdad absteniéndose «de toda falsa exageración y excesiva mezquindad», y tanto en expresiones como en palabras «evitan cuidadosamente todo lo que pueda inducir a error a los hermanos separados y cualesquiera otras personas» (LG 66-67).
Inspirada en el libro “Manifestación de María a través de la Liturgia” de Juan Antonio Pascual Diaz, colección “Estudios y Ensayos” de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2004.