MARIA,
EN EL MISTERIO DE LA ALIANZA
En
el Nuevo Testamento, la figura simbólica de la «Mujer-Sión» o de la «Hija
de Sión» se aplica a una mujer concreta, María, la madre de Jesús,
principalmente por los evangelistas Lucas y Juan. Es ésta una realidad que la
exégesis de estos últimos años ha puesto en evidencia.
Sobre este fondo podemos también comprender mejor cómo la figura de María se sitúa en una amplia perspectiva eclesiológica en estos dos evangelios. Ya no se trata exclusivamente de la mujer individual que es María, la Madre de Jesús, porque ella viene a ser considerada como la personificación mesiánica de todo el pueblo de Israel y se transforma en la nueva «Hija de Sión». Esta concepción teológica puede representarse mediante el siguiente esquema:

El
Antiguo Testamento acaba en punta, yendo a desembocar en una persona concreta,
María, la cual es, al mismo tiempo, el punto de partida y el comienzo del Nuevo
Testamento, del tiempo mesiánico, de la Iglesia. Es sumamente importante
comprender bien esta visión para poder penetrar en los textos marianos del
Nuevo Testamento, en todo su profundo sentido y plenitud.
Tendremos
ocasión de explicarlo con más detalle cuando expongamos la escena de la
Anunciación a María según Lucas (1,26-34) y las dos escenas joánicas en las
que interviene María: Caná (2,1-12) y al pie de la Cruz (19,15-23). Los textos
veterotestamentarios sobre la «Hija de Sión» se aplican aquí a una mujer
concreta. Como más adelante veremos, es precisamente por esta razón que en el
cuarto evangelio, tanto en Caná como en la Cruz, Jesús se dirige a María llamándola
«Mujer». En el tiempo de la salvación, el simbolismo de la «Hija de Sión»
se realiza en María, la Madre de Jesús, a través de la cual ha venido a
nosotros la salvación. Por este motivo, la tradición medieval se complace en
llamar a María Figura
Synagogae o Consummatio Synagogae2°.
Ella
es la imagen real, y al tiempo, el cumplimiento de la Sinagoga o, dicho de otra
manera, de Israel. María es la «Hija de Sión» escatológica. Toda la
esperanza de que ha vivido a lo largo de los siglos el antiguo Israel se recoge
y condensa en su persona. María se convierte así en la «Hija de Sión» mesiánica.
Con ella comienza el tiempo mesiánico, que no es únicamente el término de las
esperanzas mesiánicas, sino también el punto de partida del tiempo último, el
tiempo de la Iglesia, que se prolongará hasta la consumación final de la
historia de la salvación. María viene a ser, por ello mismo, imagen de la
Iglesia.
Entonces,
¿dónde hay que situar realmente a María, hablando en términos bíblicos? ¿En
la perspectiva del Antiguo Testamento o en la del Nuevo? ¿Acaso en la
perspectiva de los dos Testamentos a la vez? María se encuentra exactamente en
el umbral y, por consiguiente, puede ser considerada desde ambos lados. Ella es
la Figura
Synagogae, pero
es también Typus Ecclesiae,
el
arquetipo y la imagen ejemplar de la Iglesia, como los Padres de la Iglesia
gustan de llamarla. Justamente porque en ella se realiza de una manera concreta
la imagen veterotestamentaria de la «Hija de Sión» escatológica y mesiánica,
María es la personificación del nuevo pueblo mesiánico, la Iglesia.
Pero lo que resulta «nuevo» en el Nuevo Testamento es que, en contraste con las esperanzas proféticas, ¡el tiempo mesiánico aparece como un tiempo de larga duración! Los profetas pintan el tiempo de salvación de una manera idealizada, como un gran espectáculo que tendría lugar «al final de los tiempos» y en el que la gloria de Sión se haría realidad para el Israel mesiánico. Pero, a pesar de lo que digan las profecías todas, la fase final de la historia de la salvación se prolonga en el tiempo, como nos lo sugiere el siguiente esquema:

En
el versículo 2,18 de su primera carta, San Juan escribe: «Hijitos, esta es la
hora postrera»; San Agustín comenta: «La última hora se prolonga en el
tiempo, pero es la última». La última etapa de la historia de la salvación
dura largo tiempo, demasiado tiempo para algunos. De ahí la crisis que la
Iglesia hubo de atravesar en sus inicios, a propósito de la inminencia de la
parusía.
Precisamente
a causa de la «prolongada duración» del tiempo mesiánico, María no es tan sólo
el término de las esperanzas del antiguo Israel, sino que se convierte también
en la prefiguración de lo que será (o de lo que debería ser) la Iglesia en la
etapa final de la historia de la salvación. Es esto lo que constituye el
fundamento de la «dimensión eclesial» del misterio de María: en su persona y
en la función histórica que cumple con vistas a la salvación, María es ya
la Iglesia.
Es
posible que ahora se comprenda mejor el acierto de esta opción. Porque la
Iglesia nace en María; María es la Iglesia en el momento mismo de su
nacimiento. La escena que espontáneamente se evoca es, como no podía
ser menos, la de María al pie de la Cruz: es sobre todo aquí que ella es «la
Iglesia en su comienzo». H. Urs von Balthasar lo ha explicado muy bien en uno
de sus artículos: «La gracia de María es de una naturaleza muy particular; en
cierto modo es única, es arquetípica. Esta es la razón de que descubramos una
misteriosa identidad entre la Iglesia en su autenticidad más profunda y María.
Ya San Ireneo llegó a percibirla (a sospecharla, por así decir),
y
ella será objeto de un desarrollo cada vez más claro y distinto en la patrística
y, más tarde, en la Edad Media. Todos recordamos la iconografía simbólica de
la Edad Media: la Mujer que al pie de la Cruz recoge en su cáliz la sangre que
brota del costado atravesado de Cristo.
Esta
mujer es, al mismo tiempo, María y la Iglesia». P. Y Émery, nos dice: «María
es el ser humano que se halla más en el centro de la historia de la salvación.
Y esto no tanto por lo que ella ha hecho, sino en virtud de su aceptación,
sencillamente. Porque estaba enteramente unida a Dios con todo su ser».
Es ésta, justamente, la actitud de la alianza: decir sí a la invitación de Dios para hacerse uno con El. Esto es lo que significa la escena de la Anunciación a María.
Extractada
del libro "María, en el Misterio de la Alianza" de Ignacio
de la Pottiere de la Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid 1993.